La corona británica pasa de una generación a otra.
La corona británica pasa de una generación a otra. (Hannah Mckay)

Pasadas las pompas del funeral de Elizabeth II, Gran Bretaña empieza una nueva era, la de Charles III, y surgen las interrogantes sobre cómo será su reinado, y si la monarquía británica podrá sobrevivir a los cambios de la sociedad del siglo 21.

El respeto, y hasta devoción, que los súbditos profesaban a la difunta monarca tenían su origen no solo en la tradición y la aceptación de un sistema de siglos, sino en el impecable ejercicio de su cargo durante 70 años, adaptándose a los cambios, desde las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial hasta el Brexit, siempre en su papel prescindente en la política.

A sus 73 años, Charles acumula una enorme experiencia de actividades oficiales, lo cual es una ventaja, pero también significa que muchos tienen una opinión formada sobre él, y esta no siempre es positiva. Si bien su popularidad ha subido, no se acerca a la de su madre, de casi el 80 por ciento. La de Charles, según últimos sondeos, llegó al 63 %, desde el 24 % que tenía en marzo y 32 %, en mayo.

La capacidad y legitimidad de los reyes en una monarquía constitucional no se mide por popularidad, pero esta puede ser decisiva en una eventual discusión sobre el sistema.

En una sociedad multicultural, multiétnica y con diversidad religiosa, está en constante debate la vigencia de un modelo que para algunos ya no se justifica. Charles tendrá que demostrar con su comportamiento que la corona sobre su cabeza tiene tanto sentido como lo tenía en la de Elizabeth II.

En su primer mensaje, el rey dijo que quería seguir el ejemplo y estilo de su madre, reconocida como una “profesional”, que cumplía rigurosamente las normas, con cercanía a la gente, pero manteniendo el misterio sobre su persona. Aun sin el mismo carisma, a Charles no le será difícil esta actitud: la ha practicado toda su vida y lo demostró estos días, cuando saludó a miles de personas y hasta recibió un beso, totalmente fuera de protocolo. Su personalidad más emocional, antes considerada una debilidad, en los tiempos que corren puede ser una fortaleza que le consiga aprobación popular.

Como alguien que reina pero no gobierna, se espera del nuevo soberano que se mantenga neutral en política, y que evite declaraciones categóricas sobre temas que pudieran dividir a los británicos. Esto puede serle más difícil de cumplir.

Más de alguna vez se le ha criticado por manifestar sus opiniones sobre variados asuntos de alcance polémico, como las tendencias arquitectónicas, la medicina alternativa, la cacería de zorros o el cambio climático. Todos estos temas pueden llegar a tener eventualmente connotaciones políticas y posiblemente ya no estarán en sus discursos.

Sin embargo, su temprana y permanente defensa del medio ambiente quizás sea un punto a su favor con los jóvenes, precisamente los que menos afecto tienen por un sistema monárquico. El entonces príncipe de Gales fue un promotor entusiasta de la agricultura orgánica -llegando a tener su propia marca vegetal- como también un detractor serio de los alimentos genéticamente modificados.

Pesan sobre Charles las expectativas de muchos de ver cambios para modernizar la monarquía y hacerla más acorde a los tiempos, sin perder el valor de la tradición y la continuidad que le ha dado a Gran Bretaña su estabilidad institucional, ejemplo para las democracias de todo el mundo.

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