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En el aeropuerto, los acondicionadores de aire estaban prendidos, pero todavía hacía calor dentro de la instalación. (horizontal-x3)
En el aeropuerto, los acondicionadores de aire estaban prendidos, pero todavía hacía calor dentro de la instalación. (Ricardo Reyes Vázquez)

Con el sistema de energía eléctrica operando en su totalidad, y dependiendo todavía de radares militares de larga distancia para monitorear y guiar los vuelos, el aeropuerto internacional Luis Muñoz Marín sigue en su camino de regreso a la normalidad, tras el paso del huracán María.

De acuerdo a Damarisse Martínez, portavoz de la empresa regente Aerostar, las operaciones todavía son limitadas a cerca de 30 vuelos diarios, puesto que quedan áreas de las instalaciones por arreglar, a la vez que siguen en reparación los radares que dañó el fenómeno atmosférico.

Otro factor que incide es que el equipo aéreo de las fuerzas militares ocupa el 60% de los espacios del aeropuerto, declaró, por su parte, el director de la Compañía de Turismo, José Izquierdo, a El Nuevo Día. Agregó que la operación militar se trasladará a Ceiba, pero solo después de la visita del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, programada para mañana, martes.

No obstante, la operación sigue camino a la normalidad, reiteró Martínez. Las tiendas y los restaurantes seguirán abriendo poco a poco, a medida que recuperen sus suplidos, que corroboren su combustible y su mercancía. “Poco a poco se van a ir mejorando las condiciones”, garantizó.

En ruta al orden

En el aeropuerto, los acondicionadores de aire estaban prendidos, pero todavía hacía calor dentro, ese calor que desprenden los cuerpos de cientos de personas cuando se aglomeran en largas filas mientras el sol del mediodía penetra las ventanas.

En las pantallas, se multiplicaban las letras rojas de vuelos cancelados a Washington Dules, a Baltimore, a Boston y Houston, a Punta Cana y Santo Domingo. Había vuelos confirmados a Chicago, a Fort Lauderdale, Miami y Orlando, a Nueva York, Philadelphia, Charlotte, Atlanta, a Panamá, a San Martín y a Santo Tomás.

“(La cancelación de los vuelos) está ocurriendo constantemente. Las aerolíneas están cancelando y reponiendo. La gente va a ser reseñalada con nuevas fechas de vuelo, por eso es importante que se mantengan en contacto con su línea aérea”, indicó Martínez. 

Contrario al caos de los primeros días, personas que hacían fila, que ocupaban las sillas de espera, que se recostaban contra las paredes, indicaron que no habían confrontado problemas para separar sus espacios en los aviones.

 En su caso, Ángela Santiago, ciudadana cubana de 72 años quien reside actualmente en Estados Unidos comentó que “nos sacaron los pasajes por internet allá (en Miami) y no hubo dificultad alguna”.

El consejo de Maribel Medina –quien buscaba la fila más corta cargando dos grandes maletas negras–, es orientarse primero. 

“Nos asesoramos antes e hicimos todo antes para que no nos pasara lo que le estaba pasando a algunas personas que llevaban una semana aquí… Parece que todo está volviendo a la normalidad”, compartió la residente de Río Grande.

 Su cuñada se marchaba del país. Estaba en el aeropuerto para despedirla. “La situación está bien difícil en el país”, dijo. No tiene agua, luz, ni teléfono, desde el huracán Irma que precedió a María. 

 “Pero no todos nos podemos ir. Tenemos que echar a Puerto Rico hacia adelante y yo estoy segura que, si todos ponemos nuestro granito de arena, algo bueno vamos a salvar”, sentenció.

Por las condiciones de vida

En las filas, en los asientos, en los rincones del aeropuerto, las estampas se acompañaban. Parada en una esquina, rodeada de maletas desiguales, con un bebé de un año y medio en los brazos, y con su vientre de embarazada, estaba Yashira Orta, de 23 años, aguardando su vuelo a Texas.

“Me voy por las condiciones de Puerto Rico. Tengo un nene pequeño y estoy embarazada. Tengo que cuidarme mi embarazo… Es bien complicado hacer fila para la comida, para la gasolina. Es bien difícil. Es el calor, son los mosquitos que están picando a uno”, dijo la joven de 23 años.

Dejaba atrás su casa en Carolina. la cual no sufrió daños, “aunque a la del vecino se le voló el techo completo de zinc”. Explicó que se marchaba porque tiene que cuidar su nuevo embarazo y todavía la mitad de los hospitales no están operando a capacidad. Se marchaba con su madre de 46 años, paciente del corazón, para quien conseguirles los medicamentos “fue de crisis”. Se marchaba con su abuela, paciente de asma, a quien le afectaba la ausencia de aire y el calor. 

“Entiendo que no (todos) se deberían ir, pero las condiciones de cada uno son diferentes”, comentó. “El gobierno se ha demorado. Entiendo que debe ayudar un poco más”, agregó.

Ya Maribel Franco –sentada al borde de la pared, rodeada de maletas de una familia próxima–, había notado que los rostros de los emigrantes tendían a corresponder a niños y envejecientes.

Fue a acompañar a su madre y a su tía, de 88 y 85 años, respectivamente, quienes se mudaban a casa de su hermano en Fort Lauderdale. 

“Se nos hace muy difícil ayudarla (aquí). No hay luz. Yo vivo en un piso 11 y no tengo elevador”, lamentó la residente de Santurce.

Lo que más le apenaba es que se marchen los niños –su voz se quebró cuando habló de ellos–. Niños que hubiesen estudiado aquí y ahora tienen que mudarse casi a la fuerza a nuevas escuelas en ciudades estadounidenses. 

“(Los que se van) no creo que sean cobardes. Están buscando seguridad… A veces se quedan las mamás, o se quedan los papás. Eso es un problema, pero seguimos. A pesar de lo que diga Trump de que somos unos vagos, no lo somos”, dijo al objetar los tuits del primer ejecutivo.

Un asunto de solidaridad

Para la pareja cubana de Ángela Santiago y su esposo, Idio Cruz, quienes desde el 2 de abril visitaban en la isla a su hija, ni siquiera la experiencia de pasados huracanes sobre la mayor de las Antillas pudo prepararlos para lo vivido el 20 de septiembre.

“Este fue horrible. El miedo. Aquello parecía una orquesta, uno no sabía si iba a amanecer o no… Nosotros al otro día salimos a ver lo que había dejado el huracán y fue temeroso. Fue criminal”, dijo Santiago.

Su plan era quedarse más tiempo en la residencia en Carolina, pero la falta de energía eléctrica motivó a sus hijas a sacarles el pasaje para evitar problemas de salud. No obstante, aseguraron que ayudaron a recoger escombros y a abrir caminos. Aseguraron que les encantó el país.

“Si no hubiera sido que los hijos nos sacan el pasaje por la situación y que estamos enfermos, yo me hubiera quedado y hubiera cooperado también, cortando un gajo o haciendo un hueco para levantar un poste”, dijo Cruz.

Sobre las ayudas que el gobierno cubano ofreció a Puerto Rico para subsanar la crisis de las líneas de distribución en el servicio eléctrico, así como para reforzar la atención médica en la isla, Cruz lamentó que disputas políticas impidan el flujo solidario.

“Nosotros lo hacemos con todos los países del mundo, cómo no lo vamos a hacer con los países caribeños y con los latinoamericanos. Nosotros somos solidarios, no tenemos nada que nos sobra, pero lo que tenemos, lo compartimos. Y no es para que nadie nos pague ni para que nadie nos agradezca. Es un deber, vaya, ciudadano”, concluyó.


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