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El doctor Luis Cortés atiende a Yensen junto a su abuela, Rosa M. Corraliza. (Luis Alcalá del Olmo)

Utuado - En una casa a orillas de una loma de este municipio del centro de la isla, un niño de 11 años pasa días y noches hundido en una cama atiborrada de sábanas y cojines, siempre bajo el ojo vigilante de su abuela, quien tiene su custodia.

Lo refresca un débil abanico de mesa y lo entretienen los merengues con estática que saltan de un radio de baterías enganchado en la manigueta de una ventana.

Se llama Yensen y padece de casi tantas condiciones como años tiene de vida: entre otras, tiene perlesía cerebral, hemorragias intracraneales, hidrocefalia y epilepsia, lo cual le causa múltiples convulsiones diarias.

“En una de esas convulsiones, se puede ir…”, dice la abuela, Rosa María Corraliza, casi susurrando, como si fuera una historia de miedo que, de ser hablada en voz alta, pudiera hacerse realidad.

Antes del huracán María, Yensen, quien tiene la edad mental de un bebé de siete meses, ríe en todo momento y hasta se contonea como bailando con la música del radio de baterías, estaba en un cuarto con aire acondicionado, pues el calor exacerba la frecuencia de las convulsiones.

Después del huracán, y tras haberse quemado por exceso de uso los dos generadores que tenía la familia, fue mudado a un cuarto menos caluroso, donde intenta seguir viviendo.

“Si la temperatura le sube, le aumentan las convulsiones”, reitera la abuela, otra vez en voz baja.

En el barrio Palmas de Utuado, donde vive Yensen, no hay energía eléctrica, como en la mayoría del resto de Puerto Rico.

Sus abuelos, ambos pensionados por incapacidad, carecen de los medios para adquirir otro generador.

No han tenido ayuda, por ahora, de ningún gobierno.

Pero no están solos porque, como cientos de miles de otras familias puertorriqueñas, fueron tocados por la mano, tierna, sabia, omnipresente y solidaria, de incontables voluntarios y organizaciones no gubernamentales y comunitarias, que, desde las horas inmediatamente posteriores al paso del huracán, cuando el país y el gobierno no salían aún del aturdimiento, estaban en las comunidades atendiendo las necesidades más básicas de los cientos de miles de afectados.

En el caso de Yensen, sus necesidades más urgentes les fueron satisfechas por vía de Luis Cortés, un joven médico utuadeño que, tan pronto puso su familia a salvo tras el paso del huracán, se fue de voluntario por las comunidades a atender situaciones de salud y poner a los necesitados en contacto con quienes pudieran ayudarlos. Cortés, quien además de médico es el jardinero central de los Montañeses de Utuado, el equipo de pelota Doble A que es la adoración de este pueblo, entendió que era su deber dar la mano.

“Yo entendía que este pueblo me ha dado cariño, me ha dado amor, ha ido al parque a apoyarme y que, en el momento difícil, pues, me tocaba a mí apoyar a mi pueblito como mi pueblo me ha apoyado a mí”, dijo Cortés, de 40 años.

En el caso de Yensen, Cortés le certificó al alcalde de Utuado, Ernesto Irizarry Salvá, que el niño necesitaba urgentemente un generador, y el alcalde le entregó uno de decenas que le han sido donados por empresas privadas y organizaciones no gubernamentales de Puerto Rico y Estados Unidos. El generador no es lo único que necesita Yensen, pero al menos le resuelve a su familia parte del problema que los calores causan al niño y le ha permitido sostener en mejor condición la espera por el regreso de la energía eléctrica, que en el caso de este barrio no se sabe cuándo será.

Cortés dijo que, a través de sus gestiones, cerca de 50 pacientes encamados en Utuado tienen generadores donados.

Como un rostro al que de repente se le cae una máscara, Puerto Rico quedó al descubierto, en todas sus debilidades y vulnerabilidades, por el huracán María. Reveló la pobreza y el desamparo oculto bajo árboles y prejuicios y la debilidad de la infraestructura. Pero también dejó claro la precariedad en que opera la institucionalidad, con un gobierno sin medios para responder a las necesidades de todos sus ciudadanos en tiempos normales, menos todavía cuando hay emergencia.

Fue ahí que los voluntarios y las organizaciones comunitarias, la mayoría de las veces sin hacer publicidad de sus esfuerzos, llenaron el vacío llegando a comunidades apartadas, llevando agua, alimentos, generadores, purificadores de agua y mucho más.

"Siempre han estado"

“Las organizaciones no gubernamentales y de base comunitaria siempre han estado cargando, atendiendo y un poco atenuando la desesperación de la pobreza extrema en la que cotidianamente vive el país. Era de esperarse la respuesta primaria, primero, porque están allí, porque muchos de ellos viven en la misma pobreza que atienden”, dijo María de Lourdes Lara, directora ejecutiva de Agenda Ciudadana, una entidad sin fines de lucro que tiene como misión la facilitación de colaboraciones y alianzas entre sectores basada en el empoderamiento ciudadano.

No hay manera de cuantificar cuántas organizaciones no gubernamentales e individuos, de manera voluntaria, atendieron las necesidades de los afectados por María, ni los que siguen atendiéndolos todavía.

Pero un estudio de 2015 auspiciado por, entre otras, Fondos Unidos y la Fundación Flamboyán, dice que en Puerto Rico operan cerca de 11,500 organizaciones comunitarias, que en tiempos normales dan servicio a unas 700,000 personas y cuentan con un ejército de 381,000 voluntarios.

A esto se suman incontables organizaciones de Estados Unidos y otros países, más personas en su carácter individual, que dieron la mano durante la emergencia y se tiene una idea de la importancia de este sector en la atención de la emergencia y de cuántas vidas pudieron haber salvado.

“A través de esta emergencia y lo que hemos vivido se demostró la gran importancia del tercer sector y de nuestras comunidades. Fueron entes que se activaron rápidamente”, dijo Laura Arroyo, directora ejecutiva del Bosque Modelo Nacional, que es una corporación pública que trabaja en coordinación continua con organizaciones comunitarias.

Arroyo dijo que en la región central organizaciones no gubernamentales han estado ayudando a agricultores que lo perdieron todo a reanudar sus trabajos y entregando purificadores de agua individuales y comunitarios, entre muchas otras ayudas.

“Planet Water es una empresa que empezó a donar filtros de agua comunitarios a través de la organización Rayo de Luna. Fuimos a comunidades en Lares, Orocovis y Morovis. Esas torres de agua están sirviendo a alrededor de 10,000 personas”, dijo Arroyo, quien también destacó organizaciones no gubernamentales que además hicieron disponibles teléfonos satelitales en comunidades incomunicadas.

Hay cosas que las organizaciones no gubernamentales y los voluntarios no pueden hacer, como devolver la energía eléctrica a las incontables comunidades que a más de tres meses del huracán siguen a oscuras.

Pero lo que está a su alcance lo hacen, no pocas veces de manera heroica.

El doctor Cortés contó que en una ocasión caminó más de una hora entre escombros, cortando con sierra árboles caídos junto a un empleado municipal, para llegar a una paciente en estado crítico. “Esta paciente estaba malita, estaba crítica, no había manera de transportarla. El riesgo de sacarla era mayor que el beneficio tratar de sacarla. Gracias a papá Dios se coordinó para darle otro tipo de asistencia y la pudimos estabilizar y tengo entendido que está bien”, dijo el galeno.

Cortés es empleado de la Corporación de Servicios Médicos Primarios y de Prevención, que tiene oficinas en Utuado y varios municipios del norte. Pero tras la emergencia, sus jefes le permitieron que siga trabajando de voluntario y a diario visita pacientes en zonas de difícil acceso.

“Nosotros los puertorriqueños somos personas que luchamos. Pueden decir lo que quieran, pero a la hora de la verdad nos unimos”, dijo Cortés.


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