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Hay una forma de consumir de forma más responsable y sustentable que comienza a ganar adeptos fuera de Puerto Rico y que algunos boricuas quisieran importar a la isla.

El llamado consumo colaborativo tiene manifestaciones diversas, como prestar o intercambiar productos entre desconocidos, que en esencia proponen acumular menos bienes y compartir más.

En Estados Unidos y el Reino Unido, por ejemplo, existen comunidades virtuales para el llamado “swapping” en las que se intercambia desde discos y películas hasta artículos electrónicos y carros.

Javier Román, un artista y arquitecto que vive en el Viejo San Juan, asegura que algunos de los principios del consumo colaborativo se realizan en la isla de forma inconsciente.

“Ha sido algo que ciertas personas practican sin organizarlo como una práctica implícita... Para la gente que vive frugalmente y que apenas tiene qué comprartir, esto es algo completamente normal”, indicó.

Román, quien comparte apartamento con otras personas, considera que esa es una de las muchas formas en las que hasta ahora se ha puesto en práctica el concepto de aunar recursos para compartirlos y beneficiarse en colectivo.

Pero Gabriela Torres, una estudiante de quinto año de arquitectura de 24 años, considera que falta mucho por recorrer para que aquí se establezcan plataformas formales para practicar el consumo colaborativo, que tiene en la australiana Rachel Botsman a una de sus mayores promotoras.

Torres cree fielmente en esta corriente y, como parte de su tesis, propuso un apartamento multifamiliar en el que todos los espacios fueran comunes, excepto las habitaciones.

“El hecho de compartir hacía que tuvieras más espacios y que consumieras menos... pero ya estoy teniendo problemas porque los profesores no pueden entender el aspecto de compartir en el concepto de vivienda”, se lamenta.

Torres quisiera sumarse a las cientos de personas que ya intercambian sus bienes alrededor del mundo, pero reconoce que le falta confianza para prestar artículos a extraños.

Este es uno de los retos a los que se enfrenta esta modalidad, pero tanto Botsman como otros defensores del consumo colaborativo consideran que el cambio de paradigma puede darse de la mano de la internet y las redes sociales.

El protagonismo de la internet en las relaciones humanas ha hecho más que atar a muchos a algún artefacto electrónico. También, ha cambiado poco a poco un aspecto de la mentalidad moderna que parecería difícil de superar: el afán por poseer más y más bienes.

En una charla reciente disponible en la página ted.com, Botsman describió este fenómeno de la siguiente forma: “Estamos transformándonos de consumidores pasivos a colaboradores capacitados”.

La amplia y creciente vida virtual invirtió los papeles y ahora lo que importa no es ser dueño de un objeto o de una experiencia sino tener acceso a ellos.

Salvo para los fetichistas, ya no se aspira a tener un cuarto repleto de cedés, sino escuchar la música que hay en ellos; no interesa almacenar todas las revistas posibles, pero sí leerlas sin dilación.

Y, para ello, destaca, qué mejor que la colaboración y solidaridad entre consumidores que tienen en su casa desde la colección de su serie favorita, que no volverán a ver, hasta el taladro que compraron hace años y que usarán, a lo sumo, unas 12 o 13 horas en su vida.


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