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La situación que atraviesa   la Universidad de Puerto Rico no está ajena al resto del país, y la naturaleza del conflicto y cómo lo manejan las partes encontradas refleja patrones que se manifiestan en el día a día de los puertorriqueños.

La intransigencia y la falta de voluntad para un verdadero diálogo son algunas de las características de la disputa universitaria que están presentes en las dinámicas de los ciudadanos con sus familias, vecinos, compañeros de trabajo y en sus relaciones de pareja, indicó el sociólogo Manuel Torres Márquez.

Cuando una de las partes niega la existencia del conflicto en la universidad  se asemeja a la actitud de quien ignora a su pareja cuando le pide hablar de una diferencia que tienen en casa.

“Cuando mi pareja está trayendo de manera insistente una temática que entiende que es necesaria que nosotros enfrentemos, digamos que en el manejo de las tareas de la casa, una de las partes está insistiendo en que vamos a traer el diálogo y la otra insiste en que este no es el momento de hablar el tema", detalló la sicóloga social comunitaria Wanda Pacheco.

Y de esa negación del conflicto, luego se pasa a la evasión: "sigues posponiendo la posibilidad de traer el tema porque, cuando finalmente decides enfrentarlo, tú te has preparado", precisó.

Según Torres Márquez, lo que hace falta para resolver cualquier tipo de conflicto -sea el impasse universitario o una diferencia con un conductor en la carretera- es tener voluntad para el diálogo verdadero. "El diálogo requiere que cada una de las partes se ponga en el lugar del otro", manifestó el Director del Centro Agenda Puertorriqueña para la Calidad de Vida.

Por eso, cuando se aproxima el diálogo  o la negociación sin la disposición a escuchar y ceder, se realiza un ejercicio inútil que sólo desemboca en mayores divergencias.

"Diálogo no es sentarse a conversar,  diálogo es sentarse a escuchar lo que tiene que decir cada parte con el compromiso de que vamos a encontrar puntos de convergencia para resolver situaciones de conflicto", señaló.

Y Pacheco añadió que este ejercicio necesita de un análisis ponderado del conflicto que permita a las partes conocer, antes de dialogarlo, qué esperan obtener y qué están dispuestas a ceder.
"(Hace falta) la voluntad de reconocer que hay cosas que en el camino voy a tener que ceder porque, para manejar el conflicto de una manera efectiva, yo no voy a tener de mi lado todo lo que quería tener", manifestó.

Ya sea en una mesa de negociación o en una disputa vecinal, Pacheco insiste: "las cosas que acordé ceder hay que soltarlas; ya yo las cedí".

Los dos expertos coincidieron en que en Puerto Rico hace falta formación sobre cómo afrontar las diferencias mediante el diálogo y la concertación, pero que, aun sin conocer lo métodos específicos, las personas pueden identificar si lo necesitan y buscar ayuda.

“Debemos sentarnos a analizar el conflicto, mirarlo, mirar de qué se trata. Una vez que yo lo estudie, pod er decir: ‘estas son las áreas en las que yo puedo ceder y estas son las de índole mayor’, pero si las de índole mayor son conflictivas, pues debemos reconocer la necesidad de buscar la intervención de un tercero”, dijo la sicóloga social comunitaria.

"Si usted dice que 'en mi casa no nos ponemos de acuerdo porque cada uno asume una actitud intransigente y egoísta', si siempre quiere prevalecer, eso no es dialogar. Dialogar es escuchar", precisó, por su parte, Torres Márquez.


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