El terremoto registrado el pasado martes provocó el desplome de múltiples estructuras, como la de esta ferretería en Guánica, uno de los pueblos de la zona sur que resultó perjudicado. (Ramón “Tonito” Zayas)

El martes 7 de enero, la isla se sacudió como nunca lo había hecho en un siglo, tal y como advirtieron expertos en el tema y que durante años habían pronosticado que Puerto Rico estaba en la víspera de un sismo fuerte.

Así, los puertorriqueños de esta generación sintieron por primera vez un terremoto de considerable potencia, observaron casas e iglesias desplomarse, carreteras agrietarse, y familias pernoctando a la intemperie por el terror que les produjo esa sacudida el pasado martes, a las 4:24 de la madrugada.

El terremoto de 6.4 de magnitud fue el gran susto que les cambió la vida a los boricuas, quienes tendrán, por la fuerza, que desarrollar una cultura sísmica, tal y como ocurrió cuando en 1989 el huracán Hugo mostró su fuerza destructiva y tatuó en una generación entonces inexperta la idea de que vivir en el paraíso supone en ocasiones convivir con el despliegue de la fuerza de la naturaleza.

Una de esas voces que por años advirtieron acerca de un repunte sísmico peligroso fue la geóloga Christa von Hillerbrandt, quien dirigió la Red Sísmica de Puerto Rico entre 1990 y el 2010. Cuando exhortaba al país a prepararse porque ya habían pasado casi 100 años desde el gran terremoto del 1918, y avisaba que otro sismo fuerte estaba por asomarse, algunos la criticaban acusándola de ser una “profeta del desastre”.

Y el sismo llegó, y fue tan fuerte que causó que áreas en el sur de la isla se hundieran 5.5 pulgadas, según reportó ayer la NASA al afirmar que este efecto se pudo detectar desde el espacio.

“Cuando vi las fotos de lo que ocurrió en la planta Costa Sur y vi anaqueles en el piso, no podía entender por qué no se aseguraron cosas que son no estructurales. Eso me frustra y me hace sentir impotente, pues los científicos hemos estado llevando el mensaje, pero la política pública le toca al gobierno y también toca a la gente prepararse”, dijo Hillerbrandt.

Mientras que la temporada ciclónica dura seis meses de cada año, los temblores están presentes en la isla casi todos los días, pero pocos hablan de ello.

Tan solo en el 2018, más de 4,000 temblores se registraron en Puerto Rico, según datos de la Red Sísmica. Si bien no siempre la gente los siente, la tierra boricua tiembla a diario y ello da cuenta que Puerto Rico está, sismológicamente hablando, en el ojo de huracán.

Es el sismo más fuerte que ha experimentado esta generación”, afirmó el geomorfólogo José Molinelli Freytes, otra voz que pronosticaba lo que estaba por ocurrir sin que muchos leprestaran genuina atención. “Pero el terremoto fuerte, de una intensidad de 8 como el que ocurrió el 2 de mayo de 1787 y que ha sido el único que ha agrietado las murallas de El Morro, ese aún no ha ocurrido”, advirtió.

El del martes tuvo una magnitud de 6.4. Antes de este, el más poderoso registrado ocurrió el 11 de octubre de 1918, hace 102 años. Tuvo una fuerza de 7.1, causó la muerte de un centenar de personas, pérdidas estimadas entre $4 y $29 millones y hasta tenía nombre de un santo, porque era la época en que a los terremotos fuertes, al igual que con los huracanes, se les bautizaba así según el día. El del 1918 se llamó San Fermín, según la Red Sísmica de Puerto Rico. Hoy día se les identifica con la zona donde se origina el sismo.

La Red Sísmica de Puerto Rico fue creada en el 1974 por el Servicio Geológico de los Estados Unidos (USGS) para proveer datos para la Autoridad de Energía Eléctrica (AEE) de manera que encaminara dos plantas nucleares planificadas para Aguirre y Arecibo. Estas plantas nunca se construyeron, debido al riesgo sísmico que mostraron los nuevos sismómetros que se habían instalado en la isla.

En 1987, la Red Sísmica fue mudada al Departamento de Geología del Recinto Universitario de Mayagüez (RUM) que es parte del sistema educativo de la Universidad de Puerto Rico, uno de los entes que ha estado sufriendo recortes fiscales debido a la crisis económica que afecta a la isla desde hace más de 10 años.

Aunque esos equipos detectaron mucha actividad sísmica en el suroeste de Puerto Rico, no precisaban físicamente dónde estaban las fallas geológicas que la provocaban, narró Hillerbrandt. Pero entre 1980 y el año 2000, se realizaron investigaciones que permitieron confirmar su presencia y ubicación, y una de ellas fue la falla de Punta Montalva, donde se generó la secuencia sísmica que inició el pasado 28 de diciembre.

Algo diferente

Por mucho tiempo, los expertos habían estado preocupados por la actividad sísmica en la trinchera de Puerto Rico, al norte de la isla, y que es el lugar más profundo del océano Atlántico. Por allí convergen dos placas tectónicas: la del Caribe (que se mueve hacia el este), y la placa de Norteamérica (que se mueve al suroeste).

En ese movimiento, hay una placa que se mete debajo de la otra, explicó la geóloga. “Es como si un carro pequeño chocara a toda velocidad con un camión que viene en dirección contraria. Parte del carrito va a quedar bajo el camión y la otra parte se va a romper. Ese roce en direcciones contrarias, en contra de las manecillas del reloj, hace que ocurran terremotos”, explicó.

A lo anterior se suma que al este de Puerto Rico está la placa de Suramérica, y bien al oeste de la isla, está la placa de Cocos. Todas se mueven.

“Aparte de eso, hay fallas geológicas alrededor de la isla, pero dentro también. Estamos rodeados y cruzados por fallas”, dijo Hillerbrandt.

Falla del Cañón de Guayanilla

La secuencia sísmica que comenzó el 28 de diciembre y el temblor de 5.8 el Día de Reyes se originaron en la falla Punta Montalva, en Lajas, un lugar que apenas se ha comenzado a estudiar. Se extiende desde la bahía de Boquerón, en Cabo Rojo, hasta la bahía de Guánica.

Los estudios que se han realizado en la falla de Punta Montalva revelan que esta no es muy profunda. Y a menor profundidad, más fuerte se sentirá un sismo. Allí, los temblores pueden alcanzar una magnitud de 5.

Pero Hillerbrandt explicó que el terremoto del martes 7 de enero ocurrió en otro lugar, pues fue un movimiento telúrico diferente. Mientras que el temblor generado en la falla de Punta Montalva tuvo un movimiento horizontal, el del martes se manifestó de forma vertical. “Eso nos hace pensar que se trata de otra falla, la falla del Cañón de Guayanilla, que está en el mar, pero muy cerca de la costa”, dijo la geóloga.

“Se trata de una secuencia sísmica sumamente complicada que nunca vi en los años que estuve dirigiendo la Red Sísmica”, dijo Hillerbrandt, quien ahora es gerente del Proyecto de Tsunamis del Caribe de la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica (NOAA).

Estos temblores son el resultado de la liberación de energía acumulada en las rocas bajo la tierra. Esa energía es liberada cuando las placas tectónicas se mueven y ajustan. En ese proceso, puede ocurrir una liberación repentina de energía en forma de ondas sísmicas que producen el terremoto, explicó la geóloga.

Lo positivo fue que al sismo del martes le antecedieron temblores que hicieron que la ciudadanía estuviera alerta y se preparara. Pero la realidad es que un sismo más fuerte es una posibilidad latente, reiteró.

De hecho, en un cambio que podría interpretarse como un paso hacia el futuro de la pronosticación de terremotos, el Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS) emite cada semana un informe de posibilidad de terremoto. Tras el temblor del martes, la posibilidad de que ocurra un terremoto más fuerte es de un 3%, informó el USGS en un comunicado de prensa.

¿Qué esperar?

Puerto Rico seguirá temblando, sobre todo porque luego de un sismo fuerte, las réplicas suelen continuar por algunos días o por varios meses, explicó Molinelli Freytes. “La pregunta es si estos temblores son premonitorios de un terremoto mucho mayor que el que tuvimos. La probabilidad es baja, pero es latente”, afirmó.

El terremoto de la madrugada del 7 de enero cobró una vida, dañó carreteras, casas, edificios, plantas eléctricas, pero el daño mayor parece ser el golpe al estado anímico de una población que aún no se recupera emocionalmente del desastre humano que se desató tras el paso del huracán María en septiembre de 2017.

En el mundo de las ciencias, no se habla de “desastres naturales”, sino de eventos naturales extremos –terremotos, huracanes– que adquieren proporciones catastróficas cuando interactúan con los humanos y sus asentamientos inadecuados. Sin lo anterior, no hay desastre.

De aquí, la importancia de la mitigación, es decir, reforzar viviendas, fortalecer puentes y hacer códigos de construcción que incorporen las experiencias sísmicas recientes. Por suerte, los huracanes pueden vislumbrarse con antelación para propiciar la preparación de la población. Pero la ciencia aún no puede hacer esto con los sismos más allá que exhortar a los gobiernos a tomar acción real para mitigar, como, por ejemplo, desalentar la construcción en áreas vulnerables, fortalecer puentes y construir siguiendo los códigos más actualizados.


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