Familias puertorriqueñas conviven en este espacio por los interminables sismos.

Adjuntas - Los campamentos saltan a la vista a orillas de la carretera PR-10, en dirección a este municipio desde Ponce. La escena de casetas de campaña, carpas y toldos se repite hasta llegar al refugio oficial en el casco urbano, donde decenas de ciudadanos pasan día y noche desde el terremoto de la semana pasada.

Hoy, en la cancha bajo techo Fernando Belvis amanecieron 52 personas, entre adultos y niños, precisó el alcalde Jaime Barlucea.

Entre los refugiados estaban los hermanos Aníbal y Ana Elba Soto, de 74 y 72 años. Él, quien es sobreviviente de un derrame cerebral y un infarto, está encamado y padece, además, de diabetes, entre otras condiciones. No habla y “tiene la columna vertebral como elástica”, relató ella.

“Llevamos como seis o siete días aquí, porque en casa los temblores eran demasiado fuertes. Estábamos durmiendo en un carro frente a la casa, y nos movimos al refugio para estar un poco más cómodos”, dijo Ana Elba, quien vive cerca de la cancha bajo techo y quisiera que a su hermano le donaran pañales y sábanas.

Los esposos Luis Manuel López y Magda Cruz, de 37 y 39 años, respectivamente, habían pasado la primera noche en el refugio tras desalojar su hogar en el barrio Guilarte.

“Nos movimos por miedo. La casa se agrietó. Yo no he dormido bien desde el temblor del Día de Reyes, no he descansado”, dijo López, mientras mostraba fotos de los daños en su casa que tomó con su celular.

“Estoy nerviosísima. Jamás me imaginé que terminaría refugiada, pero aquí estaremos hasta que nos sintamos un poco más tranquilos”, añadió Cruz, quien aprovechó la presencia de empleados del Departamento de la Vivienda para solicitar un apartamento en alguno de los residenciales adjunteños o mediante el programa de Sección 8.

Cuando El Nuevo Día visitó esta mañana en el refugio, también había personal de la Administración de Servicios de Salud Mental y contra la Adicción (Assmca), el Departamento de Salud y el Departamento de la Familia.

“Me moví para acá por el bienestar de las niñas”, expresó, por su parte, Lisaurie López, de 32 años y residente enel barrio Juan González, al tiempo que cargaba a su hija menor, Deborah, de 10 meses de nacida. Junto a López, duermen en la cancha bajo techo su otra hija, Adriana, de 3 años, y seis parientes más.

“Mi casa ya no es segura. Se formó una grieta entre la cocina y el comedor, y en la parte de atrás, arriba, hay unos peñones que me preocupan. Aquí nos han tratado muy bien, no tengo ninguna queja, pero ya pasé más tiempo del que quería… quisiera tener mi propio espacio”, sostuvo.

Aparte de agencias estatales, en el refugio también estaba un grupo de la Iglesia Presbiteriana del Presbiterio del Noroeste, en San Sebastián. Liderados por la pastora Iris Dalila Santoni, los voluntarios repartieron artículos de higiene personal, ropa, meriendas, hielo y juguetes para niños, entre otros suministros.

“Nos vamos con otra lista de necesidades para un segundo viaje. Estaremos trayendo mascarillas, pañales para adultos, papel de baño, más artículos de higiene personal y ropa de cama”, dijo Santoni.

Ocupan predios del coliseo

El estacionamiento del coliseo Rafael Llull Pérez se ha convertido en otro espacio en el que decenas de adjunteños y residentes de municipios aledaños pernoctan.

Bianka Marcucci, de 22 años, y Carlos Morales, de 23, son pareja y están durmiendo en un carro.

“No tuvimos daños en la casa, pero las columnas dan para un risco y, cuando tiembla, se siente bien fuerte. Nos vinimos para acá por precaución. Queremos irnos, pero cada vez que llegamos a la casa vuelve a temblar y nos regresamos”, relató Marcucci, quien dijo estar “bien atemorizada”.

A su lado, los esposos Anthony Torres, de 24 años, y Kay Rivera, de 29, montaron una caseta en la que duermen junto a sus dos hijos, de 4 y 7. La familia vive en el residencial Alturas de Adjuntas y desalojaron su apartamento preventivamente.

“Dizque certificaron que el residencial estaba bien, pero una de las paredes, en uno de los edificios, se agrietó. La gente está desalojando por cuenta propia porque tienen miedo. No está bien quedarse allí”, sostuvo Torres, tras agradecer la ayuda que han recibido de ciudadanos particulares y entidades privadas o sin fines de lucro.

Un poco más retirado, pero aún en el estacionamiento del coliseo, estaba Wilfredo Matías, de 42 años, junto a su esposa y tres hijos, de 11, 15 y 16. También desalojaron su hogar, de forma preventiva, en el complejo Valle Verde Housing.

“Confiamos en que lo peor ya pasó. Queríamos estar aquí hasta que llegara la luz a la casa, pero ayer volvió a temblar fuerte y decidimos quedarnos un poco más. Nos aguantamos, porque vivimos en un cuarto piso y allí se sienten fuertes las réplicas”, contó Matías, al resaltar que el estacionamiento “se llena bien brutal” por las noches.

Los entrevistados en los predios del coliseo contaron que el alcalde les entregó ayer catres.

De acuerdo con Barlucea, la cifra estimada de personas durmiendo en campamentos no oficiales asciende a 207.


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