Refugiados en Ponce luego del terremoto, estos puertorriqueños viven entre el miedo y la esperanza.

Ponce - Juraban que servían un "suculento banquete", pero sus risitas contagiosas los delataban.

En medio de un campamento de refugio improvisado, en las montañas de Ponce, la pequeña Reneiliz Rivera Santiago, de 5 años, me dio una tacita llena de tierra con piedritas. Esa era la del "café con azúcar".

Yeideler Santana, de 7 años, aportó un platito con palitos de madera. Ese era el arroz con carne. Pero eso no era todo, pues Leriel Santana, de 5 años, le siguió con otro platito cubierto de hojas. Dijo que esos eran los mejores pancakes y se fue sin contener las carcajadas.

Por la alegría con que me llenaban la libreta de apuntes - como si fuera una bandeja - con tamañas "exquisiteces", era difícil imaginar que llevaran casi una semana fuera de sus casas, viviendo con sus familias en casetas, en una finca cerca de Adjuntas, buscando un lugar seguro para dormir.

Precisamente, por la intención de proteger a sus cuatro niños fue que Noel Colón decidió escapar de su casa en el sector El Sol de Ponce, al notar un desprendimiento de un cerro cercano tras el terremoto de la madrugada del pasado martes.

Noel Colón decidió escapar de su casa en el sector El Sol de Ponce. (Vanessa Serra Díaz)

"No se puede ser materialista. Primero es la vida. Si te quedas velando la casa y si viene un derrumbe y no puedes salir, es peor... o un tsunami...", expresó Colón.

"Se derrumbó un poquito allí y cogimos miedo, y por seguridad de los niños vinimos para acá", agregó mientras amolaba un machete.

Colón se disponía a continuar talando un pastizal de la finca que ha sido el hogar para varias familias por los pasados cuatro días. Le ayudaba Alfredo Feliciano, quien también llegó con su esposa de 60 años y su hija de 18 años.

Feliciano contó que primero se ubicaron a la orilla de la carretera PR-10, en el barrio Tibes, casi llegando a Adjuntas, cuando el dueño de la finca aledaña les abrió los portones para que se establecieran allí, alejados de la vía, por donde vimos pasar a los vehículos tan rápido como en una autopista.

"Me hablaron del refugio, pero me mandaron para allá por el coliseo (Pachín Vicéns). Para eso nos quedamos aquí, porque si viene el agua (de un tsunami)... aquí estamos más seguros que en el coliseo. Aquí la pasamos bien, hacemos comida con leña y gas", manifestó Feliciano, poco después de terminar de construir un baño con paneles de madera "para las nenas".

En la foto, Sonia Colón prepara café. (Vanessa Serra Díaz)

En las primeras horas de la mañana quedaban cuatro familias, pero Susana Alcázar relató que en la noche anterior hubo cientos de personas que llegaron en sus vehículos.

"No cabía nadie más aquí", comentó Alcázar, quien ya había perdido todas sus pertenencias y había tenido que reconstruir su casa de madera tras el huracán María.

"Venimos para acá con todo el temor del mundo de allá. La casa se jamaqueaba y se sentía como que se estaba partiendo bien duro. Se cayeron cosas... el televisor cayó y nos bloqueó la puerta. Si la nena no lo hubiera sacado, todavía estaríamos allí pillados", añadió. "Tuvimos que dejar la casa y salir corriendo, y alinearnos a la orilla, arriba de la represa, donde era más seguro por el momento. Si llega a explotar una de esas represas, se lleva a medio Ponce".

Frente a otra de las casetas, Rebecca Rodríguez y su hermana preparaban desayuno en una pequeña estufa de gas. Entre la faena y las conversaciones con su madre, de 74 años, intentaban mantener el ánimo en alto, evitando pensar en la espera incierta.

Nada más pensar con volver a sus casas, provoca que se le erice la piel a Rodríguez, vecina del sector la Playa de Ponce.

"Tuve que ir a buscar unas cosas y regresé (a la casa), pero uno llega allá abajo y, no sé, los nervios invaden a uno demasiado de fuerte", confesó Rodríguez.

El plan de los siete integrantes de su familia, en caso de una emergencia de terremoto, era de encontrarse en la Cruz del Vigía, pero cuando iban de camino temieron que la montaña podía derrumbarse, así que siguieron buscando hasta que se toparon con el campamento.

"No (van al refugio), porque hay más personas y aquí nos sentimos bien. No hay tanta gente y no estamos debajo de una estructura. Eso es lo que no queremos por ahora. Acá limpiamos y nos acomodamos como podamos", explicó Rodríguez, tía de la pequeña Reneiliz, quien ha entablado una amistad con los cuatro hermanitos Santana.

"La nena está más tranquila, pero al principio estaba nerviosa. Los (niños) de allá no sé, pero han estado jugando entre ellos mismos y han estado compartiendo. Han estado bastante tranquilos", expuso.

De momento, la situación no parecía calar en el ánimo de los niños, quienes se divertían inventando juegos con su "vajilla" de colores brillantes y algunas muñecas, así como meciéndose en la hamaca.

Para los adultos, por la incertidumbre, el tiempo parecía pesar un poco más, pero no los detenía. Doris Feliciano, de 18 años, toma el machete y se une al esfuerzo de preparación del campamento, segura de que saldrán adelante.

"Nosotros estamos aquí por seguridad, mayormente, porque la comodidad la podemos conseguir a largo plazo. Nosotros somos boricuas y estamos hechos para levantarnos. Es algo que a largo plazo podemos trabajar", manifestó la joven.

"Somos gente trabajadora y lo demás se consigue. Es cuestión de tiempo y que la situación se baje para que podamos seguir adelante", afirmó.


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