Tentados por la migración familias puertorriqueñas (horizontal-x3)
Gabriel González Laza, camionero, perdió su casa y empleo tras el paso de María. Se va a Tampa, Florida, con su familia, el próximo 20 de octubre. (Xavier J. Araújo Berríos)

San Sebastián - Habían pasado ya unos días desde que el huracán María lo dejó sin casa y sin trabajo, cuando Gabriel González Laza, un camionero de 35 años del barrio Ballajá de esta población, logró al fin llegar hasta Arecibo y llamar a los familiares de su esposa en Tampa, Florida. 

Bien temprano en esa conversación, casi como un saludo, con el carácter perentorio de una orden, vino esta expresión: “vénganse para acá a vivir con nosotros”. 

La oferta tuvo para Gabriel y para su esposa, Listhmarie Martínez, de 37 años, más sentido del que quizás hubieran querido reconocer. El huracán María arrancó el techo y derribó la marquesina de la casa de madera en que vive la pareja y sus dos hijos, Ixchel Marie, de 15 años, y Gabriel, de ocho, y los obligó a hospedarse con la madre de Listhmarie. 

En el estado de crisis en que a dos semanas del paso del huracán sigue Puerto Rico, no se sabe cuándo volverá a haber trabajo para Gabriel, cuándo habrá clases para sus niños, cuándo llegará la ayuda que le permita reconstruir su casa. No le dieron más vueltas al tema y, aunque nunca tuvieron entre sus planes irse de Puerto Rico, ya los cuatro tienen pasajes para mudarse a Tampa el  viernes, 20 de octubre. 

“Estoy en parte triste y en parte no. Triste porque aquí se quedan mis viejos y mis abuelos, y yo nunca he vivido fuera de San Sebastián. Siempre he estado en este cantito. Pero, por otra parte, tengo que echar pa’ lante a mis dos hijos, que están floreciendo ahora. Ahora mismo no se sabe ni cuándo empezarán las clases”, dijo Gabriel, en una entrevista en el balcón de lo que quedó de su casa, en un terreno junto a la casa de su suegra. 

Puerto Rico, agobiado por una crisis económica sin precedentes, lleva más de 10 años vaciándose a pasos agigantados, en una ola que está por superar la emigración histórica de la década de 1950. Expertos estiman que el grave daño que María infligió al país en todos los órdenes aumentará exponencialmente los ya alarmantes niveles de emigración, un fenómeno que ha tenido efectos notables en el perfil demográfico de la isla, en la actividad económica del país y en la base contributiva, aparte de la inmensa cantidad de familias separadas.  

“Me parece probable que, entre ahora y diciembre, salgan unas 30,000 a 35,000 personas, y que el saldo neto para el 2017 sea unas 100,000 a 110,000 personas”, dijo el sociólogo Héctor Cordero Guzmán,  profesor en la Universidad de la Ciudad de Nueva York. 

En el 2006, la isla tenía 3,780,000 habitantes. En el 2016, son 3,411,000, para una reducción de 10% en apenas 11 años. 

La emigración neta de la isla durante los pasados 10 años se estima en 445,000. En el 2015, el último año analizado, 89,000 personas salieron de la isla, 25,000 más que en el 2014. 

Un informe del Instituto de Estadísticas difundido enmarzo de este año dice que la ola superará pronto las 500,000 personas que se fueron de Puerto Rico entre 1945 y 1960.

Irrumpe María

Pero el huracán María ha desbaratado todas las proyecciones. Desde el paso del ciclón hacia acá, abundan las historias de personas que perdieron casas, empleos u otros medios de vida, y que han hecho las maletas y arrancado.

Se ven a toda hora desde que se reanudaron los vuelos en el aeropuerto Luis Muñoz Marín. En los aeropuertos pequeños, es continua también la salida de familias en aviones fletados. Aquí y en Estados Unidos, a toda hora, se oye hablar sobre gente que hace gestiones para sacar a sus familiares de la isla. 

La cantidad exacta no la vamos a saber hasta dentro de algún tiempo. Pero una visita a cualquier aeropuerto confirma que una cantidad sustancial de puertorriqueños está dejando la isla tras la devastación que dejó aquí María.

Rubén Hernández, dueño de Western Aviation Services, una empresa de aviación que opera desde el aeropuerto Rafael Hernández de Aguadilla, envió a su esposa, su hijo, una de las abuelas, una tía y un sobrino a una residencia que tiene en Orlando. 

“Yo me quedo aquí trabajando y no puedo quedarme pendiente de ellos”, dijo Hernández a El Nuevo Día. “Estarán un tiempo en lo que esto se estabiliza”, agregó.

 En días recientes, Yesenia Suárez despidió en el aeropuerto Muñoz Marín a sus dos hijos de 18 y 20 años, quienes se fueron a Hialeah, Florida, con su hermana, porque en el barrio Sabaya Hoyos de Arecibo, donde viven, no se han restablecido los servicios. 

“Se va la razón de mi vida”, dijo Suárez, al despedirlos.

“La UPR en Arecibo quedó destruida y no sabemos si mis hijos podrán estudiar. En la casa, no tenemos agua ni luz y no tenemos planta (eléctrica). Para comunicarnos con la familia, tenemos que venir a Bayamón, y es muy difícil conseguir gasolina. Las filas de hielo son de cuatro horas para que te den dos bolsas por familia”, añadió Suárez, quien tiene junto a su esposo, Ramón Águila, un colmado que tampoco ha podido volver a abrir.

 Milagros Cruz, de Caguas, se fue a Nueva York, donde vivió hasta que tenía 16 años, porque su esposo necesita servicios médicos para una condición que no especificó y no tiene esperanza de encontrarlos en el estado actual en que está Puerto Rico.

  “Me voy con dolor en el alma; dejar mi casa y mis cosas. Espero volver cuando Puerto Rico se recupere”, agregó la mujer.

Se preparan en EE.UU.

En Estados Unidos, las autoridades de los estados preferidos por los puertorriqueños -Florida, Connecticut y Nueva York- se están preparando para recibir esta nueva ola migratoria.

El gobernador de Connecticut, Dannel P. Malloy, dijo que el Departamento de Educación de ese estado, que en el censo de 2010 registró a 252,000 puertorriqueños, ha solicitado orientación sobre cómo manejar la llegada de residentes de Puerto Rico.

“Anticipamos que muchas familias afectadas por el desastre en Puerto Rico podrían buscar refugio en nuestro estado. Según lo requiere la ley federal, es imperativo que los niños que hayan sido desplazados se matriculen de inmediato en las escuelas y se les provean los servicios de salud y de otra índole que sean necesarios”, dijo Malloy, quien ordenó el establecimiento de un protocolo para atender a los migrantes de Puerto Rico. 

En Florida, que ya superó a Nueva York como el estado en que más puertorriqueños viven en Estados Unidos, una portavoz del gobernador Rick Scott dijo al diario Usa Today que, en esa jurisdicción, se dará “toda la asistencia que sea necesaria” a las personas procedentes de Puerto Rico.

Muchos de los que han salido o planifican irse de la isla en estas circunstancias dicen que lo hacen de manera temporal, mientras la situación en Puerto Rico se normaliza. 

Ese es el caso del cirujano ortopédico mayagüezano José Cancio, quien envió a su padre, paciente de Alzheimer, y a su madre a casa de una hermana en Fort Lauderdale, Florida. 

“Mi padre tiene Alzheimer y su condición ha retrocedido mucho en el último año, y al edificio de ellos se le estaba acabando el agua, están dependiendo de una planta que están prendiendo esporádicamente, y ha llegado al punto que no sé si, para la cosas de salud de él, está bien aquí”, dijo. “Si Dios quiere, esto va a ser un viaje bien corto, dos semanas. Tenemos la confianza de que, gracias a Dios, parte de Mayagüez ya tiene luz y está regresando el agua. Así que estamos confiados de que vaya a ser bien corto”, añadió.

El sociólogo Cordero Guzmán dijo que, por un lado, la salida de personas en edad productiva puede representar un problema para el país porque supone otra reducción en la base contributiva y porque se espera que haga falta mano de obra para la reconstrucción. 

Pero, por otro lado, para el momento difícil que vive el gobierno, puede resultar de alguna manera un alivio que personas como los que, por ejemplo, requieren servicios médicos especializados, no estén en este momento en un país que confrontará problemas para atenderlos. “En este momento de emergencia, se puede ver como beneficioso, pero es un sistema social complejo”, dijo Cordero Guzmán.

“Yo no me quería ir"

En casa de Gabriel González, en San Sebastián, no es posible hablar de la decisión de emigrar que tomó la pareja sin que se oiga un sollozo aquí o allá. “Con la partida de mis nietos, estoy destrozada”, dijo la suegra de Gabriel, María del Carmen Rodríguez. “Pero yo sé que es por el bien de ellos”, agregó.

Listhmarie, la esposa de Gabriel,  no puede hablar del tema sin llorar. “No es tanto la decisión de irme, sino de dejar mi hogar, porque yo no me quería ir. Pero no tenemos dónde vivir y sé que eso de las ayudas se va a tardar. Me voy aunque no me den na’”, dice.

En Tampa, Florida, la familia va a vivir con una hermana de Listhmarie, con la expectavia de encontrar empleo rápido y mudarse a su propio hogar. Gabriel no sabe inglés, pero cree que sus niños, que tampoco lo hablan, lo aprenderán rápido y él mismo quiere tomar un curso. “Los fines de semana, si estoy libre”, dijo. “Tenemos que echar pa’ lante de alguna manera”.

Las reporteras Nydia Bauzá  y Femmy Irizarry colaboraron con este reportaje.


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