“Hasta lágrimas me salieron”. Familias boricuas de Yauco y Yabucoa aún cargan el golpe de haber perdido sus residencias o viven en casas inhabitables por el huracán María, realidad que se complicó por un nuevo impacto ciclónico.

Nota de la editora: Este reportaje forma parte de una serie publicada con motivo del quinto aniversario del paso del huracán María en Puerto Rico.

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Yabucoa / Yauco - Ángel Tirado Camacho y Zoraida Aponte Colón se encerraron junto a su familia en el baño de una casa de cemento que estaba vacía, frente a la suya de madera, mientras, a milla y media de distancia, el huracán María tocaba suelo puertorriqueño.

Desde su refugio improvisado, la familia Tirado Aponte sintió y vio por las ventanas —que costaba mantener cerradas— cómo los vientos del huracán más potente en llegar a Puerto Rico en 80 años arrancaban de cuajo el techo de zinc de su casa en las Parcelas Nuevas de Yabucoa.

Aun cuando sabían que, al cruzar la calle, todas sus pertenencias se echaban a perder bajo la lluvia del ciclón, no les quedó más remedio que esperar a que amainara la tormenta para comenzar el conteo de las memorias perdidas en el desastre, cargando ya el peso de la incertidumbre de no tener un hogar seguro para ellos, y tampoco para sus hijos y nietos.

Mientras Ángel y Zoraida rebuscaban entre los escombros de la que fue su casa desde finales de la década de 1990, a 65 millas de allí, en la urbanización Luchetti de Yauco, los vecinos se enfrentaban a una tragedia repetida: el río Coayuco se había salido de su cauce y, al romper el dique de tierra que lo separaba de las 155 casas que componen este sector a la entrada del pueblo, arrasó la comunidad y la dejó bajo agua por tres días.

La foto muestra los daños que sufrió la residencia de Ángel Tirado y Zoraida Aponte, ubicada en las Parcelas Nuevas de Yabucoa, tras el paso del huracán María en septiembre de 2017.
La foto muestra los daños que sufrió la residencia de Ángel Tirado y Zoraida Aponte, ubicada en las Parcelas Nuevas de Yabucoa, tras el paso del huracán María en septiembre de 2017. (Carlos Rivera Giusti/Staff)

Eneida García Quiñones y Joselito Velázquez Padilla intentaban llegar hasta Luchetti después de pasar el huracán con unos conocidos, pero el mismo río desbordado que había anegado su casa y las de sus vecinos les impedía el paso a ellos y a todos los carros que intentaban acercarse al pueblo por la carretera PR-2.

Al otro lado de la inundación, allí mismo en Luchetti, Zaymi Toro Gotay y Joel Asencio Ubarri intentaban lo contrario. Querían huir, pero el agua les impedía salir de la urbanización a la que se habían mudado hacía justo cinco años. Decidieron pasar el huracán en casa, y la crecida los sorprendió estando allí junto a su hijo menor, de 4 años.

“Nos quedamos dos días más porque no podíamos salir de la urbanización, nadie podía entrar ni salir. Entonces, cuando ya por fin tuvimos acceso, recogimos los bultos y nos fuimos, y dejamos la casa”, recuerda Asencio Ubarri.

Con esa huída, los Asencio Toro, que habían sobrevivido la crecida a la intemperie, protegidos en el techo, se quedaron oficialmente sin casa, como ya les había pasado a sus vecinos Eneida y Joselito; a la familia de Ángel y Zoraida en Yabucoa, y a miles de personas más en Puerto Rico que perdieron su hogar de un día para otro.

Así quedó la urbanización Luchetti en Yauco tras el paso del huracán María en el 2017. Hoy día, el gobierno interesa desalojar a las personas que permanecen en la comunidad por encontrarse en una zona altamente inundable.
Así quedó la urbanización Luchetti en Yauco tras el paso del huracán María en el 2017. Hoy día, el gobierno interesa desalojar a las personas que permanecen en la comunidad por encontrarse en una zona altamente inundable. (TERESA.CANINO@GFRMEDIA.COM)

Las experiencias que vivieron estas tres familias a partir del huracán María y los desenlaces tan distintos que han tenido sus intentos de recuperación, en estos cinco años, demuestran que la asistencia gubernamental posdesastre llega de manera desigual a sobrevivientes con necesidades apremiantes, y que, a pesar de tratarse de un derecho humano fundamental, en el Puerto Rico después de María, el acceso a una vivienda adecuada depende en gran medida de esfuerzos individuales condicionados por factores estructurales o, simplemente, de la suerte.

Esta semana, el huracán Fiona expuso nuevamente esas vulnerabilidades, y devolvió a muchos la sensación de impotencia e incertidumbre.

Cinco años de incertidumbre y espera en Yauco

Las casas de la urbanización Luchetti siguen en pie. Y, a pesar de que las autoridades gubernamentales determinaron pronto tras el huracán que la comunidad debía ser desalojada y, eventualmente, demolida, por encontrarse en una zona de alto riesgo de inundabilidad, muchas de las residencias continúan hoy habitadas, y es posible encontrar anuncios clasificados donde las ofrecen bancos y particulares por hasta $71,500.

Hay muchos vecinos de Luchetti que, como Eneida y Joselito, siguen en su comunidad a cinco años del huracán María, pero lo hacen mirando a las nubes, con el miedo de que cualquier lluvia repita la tragedia y con la angustia de no tener una casa segura. Ese temor se intensificó hace unos días, desde que Fiona amenazaba con convertirse en huracán en dirección hacia el Caribe.

Joselito y Eneida estaban ansiosos, sabiendo lo que era muy probable y que luego sucedió: con la llegada inminente de un nuevo temporal que traía muchísima lluvia, tuvieron que colocar sobre mesas, camas y cualquier superficie elevada todo lo posible, empacar lo necesario y lo más nuevo, y salir de su comunidad temiendo regresar a un escenario demasiado conocido. Aunque la comunidad quedó bajo agua nuevamente, la propiedad no sufrió daños.

El huracán Fiona inundó parcialmente la urbanización.
El huracán Fiona inundó parcialmente la urbanización. (Dennis M. Rivera Pichardo)

Eneida se crió en Luchetti, y heredó la casa donde vivió con sus abuelos, la que comparte hoy con su esposo y donde tuvieron a sus dos hijos. Todavía recuerda cómo, en 1975, cuando era adolescente, el huracán Eloísa inundó Luchetti de una manera similar a lo que ocurrió con María 42 años después. Por eso y por lo que muestran los mapas del Cuerpo de Ingenieros del Ejército de los Estados Unidos, ella y Joselito estaban convencidos de que, en cuestión de tiempo, la tragedia volvería a repetirse.

Fiona inundó parcialmente la urbanización, pero las aguas se quedaron, en la mayoría de los casos, justo en las puertas de las casas, como una nueva advertencia del riesgo latente y real para las familias de Luchetti.

En 2019, cuando el Departamento de la Vivienda estrenó el Programa de Reparación, Reconstrucción o Reubicación, conocido como R3, Eneida solicitó esa ayuda, y después de reuniones, orientaciones, consultas, llamadas y visitas a la oficina de la agencia en Mayagüez, finalmente, en diciembre de 2021, le notificaron que le otorgarían un vale para reubicarse.

Eneida, ya con 66 años, y Joselito, de 62, tienen hoy a la mano un vale del Programa R3 por $160,000 para comprar una casa. Pero siguen esperando, porque conseguir una vivienda a la venta que cumpla con todos los requisitos que establece el Programa R3 ha resultado casi imposible.

“No encontramos casa, y las ayudas que nos están ofreciendo son tan burocráticas y tan lejanas que ha ocasionado que yo tomara una determinación”, dice Joselito. Esa decisión fue comprar, en octubre del año pasado, por $48,000, una casa catalogada como estorbo público en una urbanización que queda en la parte alta de la zona urbana de Yauco.

El líder comunitario Joselito Velázquez y su esposa, Eneida García, frente a su residencia en la urbanización Luchetti que se inundó durante el huracán María y que estuvo a punto de volver a inundarse durante el huracán Fiona. La residencia debe ser desalojada, y pese a que el matrimonio tiene un vale para comprar una casa nueva, no han completado el trámite debido a la burocracia y requisitos del programa R3.
El líder comunitario Joselito Velázquez y su esposa, Eneida García, frente a su residencia en la urbanización Luchetti que se inundó durante el huracán María y que estuvo a punto de volver a inundarse durante el huracán Fiona. La residencia debe ser desalojada, y pese a que el matrimonio tiene un vale para comprar una casa nueva, no han completado el trámite debido a la burocracia y requisitos del programa R3. (Carlos Giusti/Staff)

Por tratarse de un estorbo público y, por lo tanto, una casa que no está en condiciones para vivirla, Eneida no podía usar el vale de R3 para comprarla. Estiman que han invertido cerca de $40,000 en reparaciones a la estructura, y la casa todavía no tiene ni siquiera puertas, tampoco baño ni cocina.

Por ahora, instalaron las losas de una de las habitaciones del fondo para utilizarla de refugio en caso de que sea necesario.

“Yo estoy haciendo mi propio programa de mitigación”, dice Joselito. El pasado sábado, con la entonces tormenta tropical Fiona amenazando a paso lento la costa sur de Puerto Rico, Eneida y Joselito se refugiaron, por primera vez, en el cuarto de su nueva casa. Cuando el huracán finalmente llegó, pasaron horas sujetando paneles de madera para cortarle el paso al viento por los huecos donde aún no hay ni puertas ni ventanas, y luego, sacando el agua de lluvia que, aunque no era un río, también se les acumulaba en la casa.

El líder comunitario se lamenta de que, aun con miles de millones de dólares en fondos federales disponibles en Puerto Rico para estos programas de recuperación —para R3, a la fecha, se han asignado $2.9 mil millones—, la gran mayoría de sus vecinos en Luchetti que quieren reubicarse siguen viviendo a merced del tiempo y la burocracia.

El mayor problema que tienen es encontrar una casa. En la zona sur, donde los terremotos de enero de 2020 dañaron cerca de 1,400 residencias, son muchas las personas con necesidad de una vivienda adecuada que buscan inmuebles con características similares.

Joel Asencio y Zaymi Toro Gotay también lo perdieron todo en la residencia que tenían en la urbanización Luchetti tras el paso de María, pero la pareja logró completar el trámite de obtener una nueva residencia en Yauco. Son apenas una de cuatro familias que han completado el proceso de relocalización mediante el programa R3.
Joel Asencio y Zaymi Toro Gotay también lo perdieron todo en la residencia que tenían en la urbanización Luchetti tras el paso de María, pero la pareja logró completar el trámite de obtener una nueva residencia en Yauco. Son apenas una de cuatro familias que han completado el proceso de relocalización mediante el programa R3. (Carlos Giusti/Staff)

No es raro, relata Eneida, que luego de echarle el ojo a una casa que tiene potencial, se enteren que otro vecino de Luchetti está intentando comprarla. Y, cuando consiguen una casa que está disponible y aparenta cumplir con los requisitos de R3 —que Vivienda ha flexibilizado con los años—, los trámites para la inspección de la estructura y la autorización de la transacción son tan lentos y engorrosos que los vendedores se cansan de esperar, y prefieren buscar compradores que no traigan las ataduras de este programa.

Eneida cuenta que, desde que solicitó la asistencia de R3, le han cambiado el manejador de su caso en cuatro ocasiones y que, cada vez que esto sucede, debe volver a explicar su situación e, incluso, enviar documentos y evidencia que debía estar en su expediente.

“¿Por qué estoy aquí todavía? Por todos los tropiezos. Porque, ahora mismo, no hay casas”, dice Eneida, quien ha buscado ayuda psicológica para manejar la ansiedad que siente cuando se anuncian lluvias, pero, también, para aprender a lidiar con la inminente pérdida de su casa, que no es segura, y de su comunidad.

Según datos que Joselito ha recopilado, 85 residentes o propietarios de casas en la urbanización Luchetti solicitaron la asistencia del Programa R3. Entre los que no solicitaron, hay un grupo decidido a quedarse en su casa y su comunidad, personas que consideran que las ayudas gubernamentales no reconocen el valor de su trabajo e inversiones en su propiedad y otras que nunca creyeron que esa asistencia se iba a materializar. El Departamento de la Vivienda dice que, actualmente, tiene 39 casos activos de vecinos de la urbanización Luchetti.

De esas solicitudes que sí se tramitaron, unas 15 fueron denegadas, de acuerdo con los datos que recopiló el líder comunitario. En su mayoría, las denegaciones se debieron a que las casas de los solicitantes todavía estaban hipotecadas —uno de los impedimentos que Vivienda luego eliminó— o porque, mientras esperaban por la decisión sobre su solicitud del Programa R3, obtuvieron un préstamo de la Small Business Administration —que ahora deben— para adelantar la compra de una casa y reubicarse.


Zaymi Toro Gotay y Joel Asencio tuvieron que batallar, y contar con un poco de suerte, para lograr adquirir una casa reposeída que entró al mercado en el momento preciso.
Zaymi Toro Gotay y Joel Asencio tuvieron que batallar, y contar con un poco de suerte, para lograr adquirir una casa reposeída que entró al mercado en el momento preciso. (Carlos Giusti/Staff)

En la mayoría de los programas de reconstrucción financiados con fondos federales, no se permite la duplicidad de asistencia o lo que, en el gobierno estadounidense, conocen como double dipping: recibir ayuda para la misma necesidad, aunque la primera sea sustancialmente inferior a la que aparece más tarde.

De las 39 familias que Vivienda identifica como que tienen casos activos, 31 tienen vales de reubicación, que oscilan entre los $160,000 para sustituir casas de dos habitaciones y $200,000, para las de cuatro.

La agencia no respondió cuántos participantes del programa de reubicación en Puerto Rico ya están en sus nuevas casas. De los vecinos de Luchetti, hasta la fecha, solo cuatro familias han conseguido reubicarse en una vivienda adecuada, según datos provistos por la agencia.

Mucha constancia y mucha suerte también

Una de esas cuatro familias es la de Zaymi Toro Gotay y Joel Asencio Ubarri. Después de subirse al techo de su casa para sobrevivir la crecida del río Coayuco, Zaymi y Joel tuvieron que enfrentarse a casi tres años de trámites, llamadas y, cuando no contestaban, viajes relámpago a las oficinas del Programa R3 en Mayagüez, a 27 millas de Luchetti, para conseguir una casa segura para ellos y sus tres hijos.

En ese tiempo, Zaymi enfermó de lupus, una condición autoinmune que se agudiza por el estrés, y que, está convencida, ha estado bien descontrolada debido a la incertidumbre de los pasados años. A finales de julio, hace solo dos meses, finalmente se mudaron a la casa que pudieron comprar con el vale de $185,000 que les adjudicaron a través del Programa R3.

Zoraida Aponte y Ángel Tirado llevan, en esencia, cinco años en el proceso de reconstruir su hogar en Yabucoa que quedó destrozado tras el paso del huracán María.
Zoraida Aponte y Ángel Tirado llevan, en esencia, cinco años en el proceso de reconstruir su hogar en Yabucoa que quedó destrozado tras el paso del huracán María. (Carlos Rivera Giusti/Staff)

Pero el éxito de este caso, más que a la eficiencia del programa, se debió a una conjunción de voluntades y suerte que comenzó con una llamada hecha prácticamente al azar.

Joel, que estudió terapia del habla, pero trabaja de jardinero, sugirió a Zaymi, que había tenido que dejar su empleo como trabajadora social por la enfermedad, que llamara a los bancos a preguntar si tenían casas reposeídas disponibles en la zona de Yauco.

Zaymi siguió el consejo, y el 15 de diciembre de 2021, llamó a Oriental Bank, donde una supervisora respondió y le dijo que acababa de recibir, ese mismo día, el expediente de una casa reposeída en Yauco, pero que los trámites necesarios para ponerla en el mercado tomarían cerca de un mes. La casa no solo era en Yauco, sino en la urbanización donde Zaymi siempre había soñado vivir.

Zaymi le explicó su situación, y la mujer le hizo una promesa. Le dijo que, aunque ella no había trabajado con ningún caso del Programa R3 y desconocía qué iba a requerir, deseaba ayudarla, y se comprometía a que, cuando la casa estuviera lista para salir al mercado, la llamaría para confirmar si seguía interesada y poner en marcha el proceso. Mientras esperaba por noticias del banco, en la Navidad pasada, el lupus volvió a atacar a Zaymi, que estuvo hospitalizada 10 días, desde el 7 de enero de 2022.

“Cuando salí del hospital, el mismo día que me dieron de alta, por la noche, encontré en mi teléfono las llamadas de ella. Tenía muchas llamadas perdidas del banco. Y la llamé al otro día, y entonces fue que nos enteramos de que la casa estaba disponible. Y mi esposo y yo nos tiramos, en ese mismo momento, a la oficina de R3 (en Mayagüez) para empezar el proceso”, recuerda Zaymi, todavía emocionada.

Ángel Tirado relató que, poco a poco, han ido comprando los materiales necesarios para reconstruir y reforzar la vivienda y que todo el trabajo lo han realizado ellos y sus familiares.
Ángel Tirado relató que, poco a poco, han ido comprando los materiales necesarios para reconstruir y reforzar la vivienda y que todo el trabajo lo han realizado ellos y sus familiares. (Carlos Rivera Giusti/Staff)

Que lograran cerrar la compraventa requirió muchas llamadas de Zaymi y Joel para darle seguimiento al caso, y de un último viaje urgente a la oficina de Mayagüez, después que, del banco, les avisaran que ya habían esperado demasiado, que estaban llegando al tiempo límite para la venta y que había un tranque en la negociación con el Programa R3 para el pago de honorarios por la transacción.

“El banco necesitaba, por lo menos, un compromiso por escrito de que (en R3) están interesados en comprar esa propiedad... Y ahí fue que fuimos (a la oficina de Vivienda en Mayagüez) y les hicimos todo el cuento: que no hay casas, que los realtors no quieren bregar con nuestros casos, y que necesitamos que nos digan si quieren que nos quedemos en Luchetti, si no nos quieren ayudar”, recuerda Joel.

De ese reclamo, surgió el acuerdo para que Zaymi y Joel pagaran los $500 de trámites bancarios y notariales, y al fin podría cerrarse la compraventa. La casa de cuatro habitaciones en una de las veredas yaucanas y a la que todavía hay que hacerle unas cuantas reparaciones era, por fin, de Zaymi Toro Gotay y Joel Asencio Ubarri.

“Yo veo esta casa, y yo quedo maravillada con las bendiciones de Dios, después de todo lo que hemos pasado”, dice Zaymi.

Una familia unida para volver a empezar

En Yauco, los vecinos de Luchetti, con vales de hasta $200,000 en mano, hacen maromas para sortear la burocracia de la reconstrucción posdesastre y, al fin, conseguir una casa segura. En Yabucoa, Ángel Tirado Camacho y Zoraida Aponte Colón hacen, junto a su familia, de tripas, corazón.

Tirado, quien es carpintero y que labora en construcción, colocó junto a un amigo tablones de madera que sirven de pared.
Tirado, quien es carpintero y que labora en construcción, colocó junto a un amigo tablones de madera que sirven de pared. (Carlos Rivera Giusti/Staff)

Cuando el huracán María los dejó sin casa, sin ropa y sin comida, Zoraida y Ángel emprendieron, como tantos puertorriqueños esos días, una búsqueda desesperada y urgente de alternativas para sobrevivir. Eran siete en la casa: el matrimonio, sus dos hijas mayores —una con un bebé recién nacido— y los dos hijos menores, que Zoraida y Ángel adoptaron y que tenían entonces 11 y 10 años.

“Aquí, lo que quedó fue el piso”, recuerda Ángel, que hoy tiene 66 años y ha trabajado en todo, desde fábricas textiles y de mecánica en Nueva Jersey hasta la construcción en Puerto Rico.

En los días posteriores al ciclón, Ángel trabajaba junto a sus hijos y vecinos para remover árboles y escombros e intentar abrir paso en la calle de las Parcelas Nuevas donde viven. Zoraida, que entonces tenía 51, caminaba con sus hijas por el vecindario en busca de información y ayuda, la única opción que les quedaba con los celulares sin conexión.

Ella estima que estuvieron casi dos meses sin lograr comunicación con los hijos mayores, que viven en Estados Unidos, hasta que, en una de esas caminatas, una de sus hijas se enteró de que, en Caguas, había un poco de señal. Guiaron las 26 millas que separan a Yabucoa de Caguas, que en esos meses se hacían eternas, y lograron finalmente hablar con ellos. De esas llamadas, salió la única ayuda monetaria que esta familia recibió.

Fue el mayor de los hijos quien, desde Estados Unidos, tramitó para sus padres la petición de asistencia de emergencia ante la Agencia Federal para el Manejo de Emergencias (FEMA), que el 14 de diciembre de 2017 les aprobó una ayuda de $7,666 para reemplazar artículos personales que perdieron en el huracán y $6,647 para reconstruir la casa. O, lo que es lo mismo: $14,313 para volver a empezar.

Eneida García y Joselito Velázquez muestran algunas de las pertenencias que sufrieron daños cuando su residencia en la urbanización Luchetti se inundó luego del paso del huracán María.
Eneida García y Joselito Velázquez muestran algunas de las pertenencias que sufrieron daños cuando su residencia en la urbanización Luchetti se inundó luego del paso del huracán María. (Carlos Giusti/Staff)

FEMA también les aprobó $1,848 para dos meses de renta, pero Zoraida y Ángel no los usaron porque no estaban pagando alquiler.

“Mi hijo mayor fue el que me llenó todo lo de FEMA, todo. Cuando nos mandaron (el dinero), empezamos poquito a poco. Fuimos, y compramos los materiales. Los cargábamos pa’ dentro de la casa, y hasta mis nietos me ayudaron a cargar bloques, y los nenes ayudaron al papá a ligar cemento”, explica Zoraida.

Van cinco años desde María y casi cinco también desde que recibieron esa asistencia gubernamental y, en casa de Ángel y Zoraida, todavía queda trabajo por hacer. Regresaron a la casa en septiembre de 2018, cuando aún no estaba terminada, y hoy sigue habiendo una lista de cosas pendientes. Los enseres esenciales —la nevera y la estufa— los consiguieron a través de donaciones de entidades sin fines de lucro contratadas por el gobierno federal.

“Sinceramente, todavía no hemos terminado la casa porque la parte de atrás completa no está empañetada, y estoy en esas”, dice Ángel, quien muestra orgulloso las losas que instaló solo y los paneles de madera que un amigo le ayudó a poner.

Tuve que irme a trabajar porque lo que estaba cogiendo del Seguro Social no me cubría para los gastos. Yo soy carpintero, yo brego con la construcción. Y, entonces, con lo que ganaba por allá (en la construcción de una urbanización en Fajardo), pues resolvía acá, y así fui terminando la casa, poco a poco”, dice.

El matrimonio mantiene varias de sus pertenencias en cajas en caso de que finalmente se puedan mudar del área, y para hacer más fácil el proceso de salvar los objetos de ocurrir otra inundación.
El matrimonio mantiene varias de sus pertenencias en cajas en caso de que finalmente se puedan mudar del área, y para hacer más fácil el proceso de salvar los objetos de ocurrir otra inundación. (Carlos Giusti/Staff)

La casa, aunque incompleta, aguantó el paso del huracán Fiona. Esta vez, solo perdieron unos cuantos árboles frutales de la pequeña finca que Ángel mantiene detrás de la casa.

Aun con las reparaciones pendientes, Zoraida se alegra del progreso de estos años. “Ya no tenemos que correr si viene algo”, dice. Hoy las paredes de la casa son de bloques, y no madera, y en una de ellas cuelga uno de dos cuadros que sobrevivieron al huracán María. Seis ninfas relajadas, tiradas al sol en el campo, con laúd, canasta y flores incluidas, adornan la sala comedor. Es la misma sala donde, los sábados por la tarde, Ángel, Zoraida y sus hijos montan un cine efímero, “con nachos, papitas y refrescos”.

Acomodados juntos, entre el sofá y las sillas que colocan dando la espalda a la calle, se pierden en la película del día, que proyectan en la pared del fondo y que a veces es de misterio y otras veces de acción, pero que siempre la escogen entre todos.

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