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Benito trabaja turnos alternados de seis y ochos días.
Benito trabaja turnos alternados de seis y ochos días. ([email protected])

Benito López Rodríguez lleva exactamente la mitad de su vida laborando tras el mostrador del emblemático Café Manolín, del Viejo San Juan.

Hace 30 años, recibe diariamente a los clientes del restaurante de la calle San Justo y los atiende con gentileza mientras se mueve silenciosa y certeramente por el espacio que comparte con otros meseros. Serio y de poco hablar, aunque presto a soltar una sonrisa franca y una mirada risueña ante un saludo o comentario, Benito es el segundo mozo de mayor antigüedad en el local, que se fundó hace cerca de 80 años.

Natural de Cataño, estudió ebanistería en lo que fue la escuela vocacional Ramón Baldorioty de Castro, que más tarde sería un cuartel de la Policía y que actualmente alberga la Universidad Carlos Albizu.

De allí, salió a trabajar a un negocio de ebanistería, pero pronto comenzaría a laborar en la industria de alimentos. Era la época de oro en el Viejo San Juan, con un comercio vibrante y la presencia de grandes empresas como Colgate Palmolive, Texaco, Almacenes González Padín y J.B. Commercial. Entonces, Benito comenzó a laborar en el negocio de comida Welcome Bar, trabajo que posteriormente combinaría con un “part time” en la cafetería de El Escambrón.

Uno de los clientes del Welcome Bar era Tomás Javier Molina, quien, en 1987, compró Café Manolín junto a su entonces esposa Ana Rivera. Este le ofreció empleo y, desde entonces, Benito labora ininterrumpidamente en ese restaurante de comida criolla, que combina mesas con un mostrador que se extiende formando curvas a lo largo de uno de los costados del local.

Inicialmente, laboraba seis días a la semana y, hace unos años, trabaja turnos alternados de seis y ochos días. En las mañanas, hace inventario de los productos que hay en el congelador y la alacena y trabaja con los menús de la semana para el cocinero; a medio día, sale a atender público como mozo y, luego, hace parte del mantenimiento.

He conocido de todo, he conocido muchas personalidades del gobierno y de la farándula” dice Benito cuando habla del variopinto grupo de clientes que asiste al local.

Sobre los clientes que más le han impresionado, Benito menciona artistas. “Uno de los que me impresionó, con el que hice mucha amistad fue el cantante Tito Allen (Roberto Romero), uno de los cantantes principales de Ray Barreto; otro, con el que tengo una gran amistad, es Jerry Medina, gran trompetista y director de orquesta; y otro que me impresionó y una persona a quien admiro mucho es Humberto Ramírez”, cuenta.

La confesión no debía extrañar a quien conozca bien a Benito, quien es salsero y luce una cadena en la cual tiene un dije en forma de maracas, instrumento que toca como pasatiempo.

“Soy salsero y he tenido el placer de tocar en algunos grupos, aunque no ha sido estable, sino que lo hago como un ‘hobby’. He hecho coro en algunas orquestas. Una de mis pasiones principales es la música. Lo poco que sé lo he aprendido escuchando, mirando y observando”, revela el residente del Viejo San Juan.

Rehabilitado

La vida nocturna de la antigua ciudad le permitía aprender y practicar su pasatiempo, pero en ese ambiente también se convirtió en alcohólico.

“Yo cerraba todos los negocios de San Juan. Me amanecía los siete días, pero nunca falte al trabajo y era puntual”, recuerda Benito, cuyo desayuno y almuerzo en ese entonces eran cervezas. “Llegó un momento en que ya estaba alcoholizado”, lamenta.

Al ver la situación, los dueños de Café Manolín le ofrecieron referirlo a un programa de rehabilitación, lo cual inicialmente rechazó, pero luego, cuando tuvo que faltar a su empleo porque “lo único que me calmaba los nervios era el alcohol”, acepta.

Estuvo ingresado durante 21 días en la Unidad de Emergencia y Desintoxicación de Alcohol de la Administración de Servicios de Salud Mental y Contra la Adicción (Assmca), en Centro Médico. Luego, se mantuvo con un tratamiento ambulatorio y, durante cinco años, asistió a las reuniones de Alcohólicos Anónimos.

Debido a su pasión por la música, sin embargo, Benito continuó visitando clubes nocturnos durante tres años, mientras participaba de los programas de rehabilitación. “Estuve amaneciéndome en los negocios sin probar alcohol, solo jugo de ‘cranberry’ y agua”, confiesa el mozo, quien celebra su noveno año de sobriedad.

El hombre, quien es divorciado y tiene tres hijos, asegura que, aunque es importante buscar ayuda profesional, es fundamental tener voluntad para rehabilitarse.

“El programa (de rehabilitación) está en la persona. Si la persona dice: ‘Esto me está perjudicando, esto no me deja nada’, puede echar para adelante. Pero la persona tiene que reconocerlo”, afirma Benito, quien indica que ya no tiene vida nocturna.

Apoyo

No obstante, Benito expresa varias veces agradecimiento hacia su patrono. “Mis jefes me ayudaron”, dice sobre el respaldo recibido para que pudiera rehabilitarse.

Por su parte, Tomás Javier, dueño del restaurante, dice que de la misma forma que les exigen a los empleados que ofrezcan buen servicio, tengan buena apariencia y mantengan las áreas limpias, entre otras cosas, es importante apoyarlos en asuntos de salud.

Asimismo, destaca que gran parte de sus 18 empleados son jóvenes, pero también cuenta con las experiencia de Benito y de Fernando Nelson Cruz, de 97 años, quien se encarga de lavar los platos. Fernando explica que tiene que trabajar a esa edad “por la situación”, ya que no recibe ni pensión ni Seguro Social pues nunca trabajó formalmente. Sobre su lugar de trabajo de hace más de 15 años, el hombre, quien labora cinco días a la semana, dice que “me gusta el ambiente y la gente me quiere mucho”.