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Vivir en un estado de sorpresa permanente. No saber dónde vas a dormir la semana que viene o quizás mañana. Comprar lo mínimo pero recibir mucho, a diario, de personas desconocidas, de viejos amigos, de amigos de tus amistades. ¿Te imaginas redescubrir tu isla de esta manera? 

Fernando Samalot, artista, músico  y  fotógrafo, tenía el sueño de hacerlo   al cumplir 30 años. Empezó a planificar la aventura el año pasado y el 26 de noviembre de 2015 emprendió, por fin, su  ruta. Contaba con suficientes ahorros  como para gastar $20 diarios durante varios meses, una deteriorada guagua blanca del 94 y varios bultos repletos de ropa, artículos de primera necesidad, baterías  y linternas, cosas eléctricas y otros objetos esenciales  para establecer un campamento en cualquier lugar. 

Una mañana libre de nubes lo encuentras en la plaza pública de Adjuntas para conocer cómo es un día corriente en su vida de nómada. De qué vive, cómo toma las hermosas imágenes que comparte a través de las redes sociales de su proyecto One Island, One Journey y otras curiosidades.  Por ejemplo: ¿dónde pasaste la noche?, ¿y la noche anterior a esa?, le preguntas.  Con su respuesta, este hombre de corta estatura, melena corta  alborotada y lentes redondos  empieza a soltar,  sin freno, sus anécdotas.  

“Todavía no ha faltado donde dormir”,  dice sentado frente a un kiosco de café en la plaza pública de Adjuntas junto a su compañera sentimental y de excursión, Bárbara Morales.

El viaje que ambos realizan se documenta día tras día a través de las redes sociales: Facebook (Simone Birch), Instagram (simonebirch) y Snapchat (birchendirch). Miles de seguidores, de Puerto Rico, y también algunos extranjeros, admiran sus fotografías y videos, les envían buenas vibras y, quizás lo más importante, ofrecen techo, orientación y compañía a la pareja.

“Me entrego y me encomiendo al momento presente”, dice con tranquilidad acerca de cómo maneja su impredecible calendario. 

Antes de llegar a Adjuntas, pueblo donde recientemente pasó una semana, Gabriel Portalatín le ofreció quedarse algunos días en la casa que comparte con sus padres.  Así es que, de la plaza, partes  a  buscarlo  con Fernando y Bárbara. Se monta en la guagua y cuenta que conoció a la pareja viajera hace algún tiempo, durante una visita a un río con unas amistades. Cuando encontró su proyecto en las redes sociales decidió  apoyarlo de alguna manera cuando estuviera en su pueblo. 

“Vivir en el campo ha sido una bendición para mi ”, asegura mientras nos dirige hacia un charco en el barrio Yahuecas. 

Camino al lugar, entre curvas custodiadas de árboles, Bárbara, una chica de 23 años, menuda y delgada, te dice con su voz suave que decidió unirse a Fernando a última hora, tras negarse repetidamente a dejar su trabajo en un restaurante de comida vegetariana.  

“Empecé a darme cuenta de que el dinero no lo es todo. Este es un proceso de crecimiento y es para bien. Puedo ser creativa todos los días”, asegura la chica, a quien Fernando considera su musa, su productora, parte fundamental de la travesía. 

Para llegar al charco, bajas por un corto camino empinado  hasta encontrar el ojo de agua turquesa rodeado de verdor. El lugar se llama Charco Azul y, al enterarse, Fernando se asombra. Ya son siete los charcos que conoce con el mismo nombre. Empieza a pensar en cambiarle el nombre. 

El cielo se ha cubierto de nubes grises pero eso no detiene a nadie. Gabriel y Bárbara se quitan la ropa de inmediato y, sin pensarlo mucho, se tiran al agua helada. Mientras, Fernando zigzaguea entre los árboles con su teléfono en la mano, un Iphone 6 que le consiguió la agencia de publicidad Synapse Social. Este aparato, junto a otro teléfono que  carga Bárbara, es el equipo que utiliza para tomar todos los videos e imágenes que diariamente asombran a sus 34,000 seguidores en Instagram, solamente.

Al encontrar un ángulo que le gusta, se rompe el silencio en el recinto. Fernando grita: “mi amor, nada para acá, por favor”. La figura de su pareja se abre paso hasta el punto indicado, y buscando ignorar el frío se mantiene en la posición indicada, moviendo brazos y piernas manteniéndose a flote con una fluidez pasmosa. 

Varias imágenes aparecen en la pantalla del teléfono y aunque el lugar es hermoso, sabes que lucirá todavía mejor cuando Fernando le coloque algunos  filtros que hacen ver cada fotografía como una pintura. 

Sentado sobre las piedras, cuenta que la gente le hace todo tipo de preguntas en las redes, pero ya no intentan descubrir dónde está. Saben que él pocas veces  revela sus coordenadas porque parte de lo que desea es inspirar a otros a descubrir la isla por sí mismos.  

Fernando no quiere convertir su proyecto en una campaña turística, al menos, no de la manera tradicional. Le interesa que la gente se motive a hacer lo mismo que él hace: preguntar, perderse, socializar con la gente.  Para él, la naturaleza “es sagrada”. Por eso, una de las cosas que más le duele es ver el maltrato que sufre. Para ayudar a combatirlo,  antes de empezar este viaje creó junto a un grupo de amigos el movimiento La Tribu, destinado a reunir a la ciudadanía para realizar limpiezas en lugares hermosos del país que la gente visita y deja llenos de basura. De ese esfuerzo nació La Tribu Contribuye, un colectivo  más grande que unió a otros individuos y conjuntos con intereses similares que también tienen una presencia importante en las redes sociales.  

A finales del año pasado, Fernando decidió separarse del grupo  para trabajar en su proyecto individual y,ni por un segundo, se arrepiente. Día a día, hace lo que ama. 

 Al terminar de tomar fotos en el charco, Gabriel invita a un almuerzo en su casa, preparado por su madre. Ya son las 2:00 p.m. y el hambre se siente, pero primero hay que averiguar si será posible hacer la segunda visita del día a una montaña llamada Puertas del Infierno.  Fernando ya conoce a la familia que vive al lado de la entrada al lugar porque pasó ayer a tomar unas fotos desde su patio. Una mujer sale al balcón y   le dice que si su esposo estuviera allí, los subía en su pick up. Como esto no es posible, ofrece su número de  teléfono para que  llame si surge algún problema. 

“En cada pueblo hay, literalmente, un sentimiento de patriotismo regional”, asegura Fernando. A esto atribuye el interés hacia  su proyecto y el hecho de que ni a él ni a Bárbara, les ha faltado nunca comida ni techo. En Adjuntas, antes de quedarse con Gabriel, pasaron algunos días con la gente de Casa Pueblo, quienes les recibieron para presentarles su proyecto ambiental y comunitario.

Subes con el grupo hacia  la montaña pero no hay forma de avanzar mucho en carro. Caminar es la única alternativa. Y como lo importante es intentar llegar, empiezas a caminar hacia arriba, hasta llegar a un área plana con una vista llena de montañas y nubes. 

“Nos encantan los días nublados”, dice Fernando y saca el  teléfono para tomar otras fotos. Además, le pide a Bárbara que camine para tomar un video para Snapchat.  Todos admiran la perspectiva alrededor, mientras comen unas chinas dulces, regalo de otro de los amigos encontrados en el camino. 

Es imposible seguir hacia arriba sin alguien que conozca el camino, así es que, como algunas veces sucede, Fernando decide que hasta aquí llegó el intento de subir a las Puertas del Infierno. 

La próxima parada es la casa de Gabriel, donde el menú es pechugas de pollo a la plancha, arroz con gandules, tostones y ensalada. Cariñosamente, ella sirve cada plato. Dice que apoya a “los muchachos” porque están haciendo algo muy lindo por Puerto Rico. Al rato llega su esposo y opina lo mismo. Cree que más personas deben tener proyectos de este tipo.

 En la mesa, Fernando trabaja en las fotos que subirá a Instagram, no sin antes pedir  opinión a Bárbara. Juntos deciden cuál será la imagen del charco adjunteño, que irá acompañada por una invitación a cambiar el nombre del lugar a otro que no sea el gastado Charco Azul. Eventualmente, la foto logra 1,633 “likes” y el sitio es bautizado Charco Esmeralda. 

Son casi las 4:00 p.m. y la jornada no termina. Es el último día en Adjuntas y queda  ir a Casa Pueblo porque Fernando quiere retratar el atardecer. No pesa continuar, pero ahí te das cuenta de lo que cuesta diariamente capturar tanta belleza. 

“Esto se ve súper chulo, y lo es, pero también es mucho trabajo. Lo más estresante es el editaje”,dice Fernando. A veces, el proceso de crear los videos que coloca en su página le toma un parde horas. Otras, pasa medio día en la computadora y no logra lo que quiere. También es retante vivir de esta manera porque surgen imprevistos, hay que planificarlo todo y estar dispuesto a resolver todo tipo de complicaciones, constantemente. Al principio del viaje, por ejemplo, la pareja ahorraba parte de su presupuesto diario gracias a la generosidad de la gente, pero se dañaron  la guagua y la computadora a la misma vez. 

Entonces, el presupuesto se redujo a $10 por día. 

“¿Cómo vamos a vivir con $10 diarios?”, recuerda que se preguntó entonces. Pero al día de hoy, la fortuna siempre aparece, con un rostro diferente cada día. En Adjuntas, se manifestó en  Gabriel, en su mamá, en la gente de Casa Pueblo. Hasta la fecha, One Island Journey ha documentado ríos, lagos y otros espacios escondidos en  Utuado, Lares, Las Marías, Maricao y Ponce. Falta el resto del país. El viaje continúa.