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Los problemas fiscales del gobierno se deben, principalmente, a la baja en recaudos, los que a su vez, dependen de la actividad económica que genera el país. Y la única manera de mejorar la economía de Puerto Rico es aumentando la producción, coincidieron varios expertos.

Cuando se habla de producción, no se refiere a algo abstracto. Así es como se le llama a los productos que se manufacturan y los servicios que se ofrecen en el país. Es decir, lo que se necesita es producir más bienes y servicios y, obviamente, venderlos.

“Si no se resuelve el problema que tenemos de producción el país no va a mejorar”, explicó el economista Elías Gutiérrez.

El problema está en cómo mejorar la producción. La falta de continuidad en los gobiernos y la mezquindad política de los partidos, han impedido que se desarrollen las iniciativas a largo plazo que produzcan cambios favorables para la Isla. Y el tiempo es importante porque “tú no construyes un nuevo modelo económico y obtienes frutos en un año”, manifestó el economista Gustavo Vélez.

En 1950, el entonces gobernador Luis Muñoz Marín enfrentaba el dilema de cómo aumentar la producción. La solución que proponía era ahorrar e invertir en proyectos que incentivaran directamente la productividad de la economía puertorriqueña. No hablaba de préstamos, sino de una sabia selección de prioridades y un norte en común. A continuación su mensaje de 1950.

Mensaje de Luis Muñoz Marín

Gobernador de Puerto Rico

A la Decimoséptima Asamblea Legislativa

En su Segunda Legislatura Ordinaria

 

23 de febrero de 1950

 

Señores miembros de la Asamblea Legislativa:

 

En mi mensaje del año pasado hablé de las proporciones y prioridades que hay que examinar a la luz de conciencia bien informada, al darle consideración a la obra grande y difícil, de pueblo y de gobierno, en que estamos empeñados. En esa forma nos hemos esforzado todos por proceder en el año que acaba de pasar. Tan decisivo es para Puerto Rico que actuemos cada día con mayor precisión sobre este entendimiento, que creo útil ahondarlo ahora.

El objetivo económico de Puerto Rico es aumentar la producción con la mayor eficacia para que el número mayor de puertorriqueños que hay cada año tenga menos días desempleados, viva a un nivel más alto y dependa cada día menos de ayudas y privilegios que no sean de la acción productiva misma del pueblo. De más está decir que el objetivo económico no es tan sólo finalidad deseable en sí, sino que es también base y medio para una más tangible justicia entre los hombres y una más ancha posibilidad en el disfrute de los valores de la cultura y el espíritu. La justicia hecha con escasez, no por ser buena justicia deja de ser desesperantemente corta en sus resultados prácticos. El espíritu humano, asediado por reclamos inatendibles de la vida material, no es todo lo libre que debe ser.

También tiene la producción que nivelar el desbalance entre las importaciones y exportaciones. Durante la guerra, Puerto Rico llegó a acumular un balance favorable líquido de $260 millones, enviando a Estados Unidos continentales esa cantidad en mercancías por encima de lo que, por restricciones de la guerra, recibió del Continente. Terminada la guerra, restablecido el libre tránsito por los mares, levantadas las restricciones de emergencia, Puerto Rico comenzó a importar más de lo que exportaba. Sin embargo, a Puerto Rico ingresan muchos millones de dólares en otras formas que no son la de la exportación comercial, como por ejemplo, los pagos a veteranos, gastos de Ejército y Marina y de las agencias civiles federales, ayudas para carreteras, salud pública, educación vocacional. Estos ingresos reducen notablemente el desbalance comercial, pero no lo eliminan. En 1948, por ejemplo, las importaciones fueron de $170 millones más que las exportaciones; pero como ingresaron por los conceptos no comerciales antes señalados $128 millones, el desbalance neto en ese año fue tan sólo de $42 millones. En ese año, después de restados los $42 millones de ese desbalance neto, le quedaba a Puerto Rico un balance favorable acumulado de $191 millones. Para 1949, se calcula que el desbalance neto ha sido de $22 millones y que, por lo tanto, todavía tenemos un balance acumulado favorable de $169 millones. Sin embargo, se nos va reduciendo esta deuda que tiene la economía de Estados Unidos continentales contraída con la economía de Puerto Rico, y si no se corrige el desbalance comercial, en un número de años desaparecerá por completo tal deuda y comenzará a acumularse un desbalance real en contra de Puerto Rico. Esto puede agravarse por el hecho de que se están reduciendo los gastos del Ejército y la Marina y se están agotando los derechos a pagos que por ciertos conceptos tienen los veteranos. El aumento necesario en la producción es para corregir esto., además de para reducir el desempleo, y además de para seguir mejorando los niveles de vida, y además de para sostener los muchos miles de habitantes nuevos que hay todos los años en Puerto Rico, y además de para hacer que nuestro pueblo necesite cada día menos de gastos y ayudas federales, que no dependen ni de nuestro esfuerzo ni de nuestra voluntad. Para lograr todos estos fines, es que tenemos que proseguir por la empinada jalda que hemos emprendido.

El objetivo económico se expresa en lo que hemos llamado la “Batalla de la Producción”, batalla que no es solamente del gobierno responsable al pueblo, sino también del pueblo mismo, en todos sus sectores económicos, que da la orden de entrar en esa batalla a su gobierno.

Para dar esta batalla y ganarla, no basta con tener la voluntad que tan evidentemente ha desarrollado el pueblo de Puerto Rico y que tanta simpatía y prestigio le dan a su esfuerzo a los ojos de los que desde afuera nos observan y nos ayudan. Tampoco basta con el desarrollo en marcha de las técnicas, de las destrezas del trabajador, del saber-hacer, en todas las ramificaciones prácticas de la producción y su mercadeo. Teniendo todas estas cosas, como las tenemos o las vamos teniendo, todavía faltaría una: Esta es la disposición firme y austera de sostener un concepto claro de prioridades en cuanto a las múltiples cosas que se quieren hacer y que hay que hacer por la mejor vida de este pueblo. Es mucha la claridad de cabeza que se necesita para determinar a conciencia entre mil cosas importantes que no se pueden hacer al mismo tiempo, ni con los fondos disponibles de un solo año o de un solo periodo de años, cuál es la cosa importante que debe ocupar el lugar número uno en las prioridades y cuál es la cosa importante también que dolorosamente hemos de tener en el lugar número mil.

A este logro nos hemos aplicado, pero tenemos que aplicarnos a él cada día más.

Naturalmente, en un país con amplios recursos naturales -con una población suficiente, pero no extrema con relación a sus recursos, con la necesidad más bien de mantener estable una buena situación que se ha logrado-, el vigor con que hay que aplicar el concepto de prioridad puede ser mucho más laxo que en una comunidad como Puerto Rico, donde escasean los recursos naturales, es problema grande la densidad de población y están por resolver múltiples cosas antes de que llegue por la cuesta empinada a la attiplanicie donde se puede dedicar su pueblo sencillamente a estabilizar una buena situación ya lograda.

El dilema básico de prioridad -entre otros grandes, pero de menos proporción- es el que está envuelto entre escoger entre los grandes servicios que grandemente necesita nuestro pueblo y el gran esfuerzo productivo que grandemente necesita nuestro pueblo para desarrollar y mantener esos mismos servicios, y para todos los demás aspectos de una vida mejor. De una mayor producción salen los medios para darle mejores servicios al pueblo, mientras que solamente de algunos servicios se desprende indirectamente una ayuda a la mayor producción; y de otros, meritorios en sí desde un punto de vista humano, no se desprende ayuda alguna a la mayor producción.

Nuestra tendencia, como hombres profundamente identificados con los grandes sufrimientos que estoicamente sobrelleva la masa de nuestro pueblo, es extenderle los servicios que necesita y que tan noblemente merece, hasta el límite del último centavo accesible para ser gastado en tales servicios. Pero si nosotros dejamos conducir al nombre garete de esta tendencia tan humana y tan decente, jamás podremos salvar de verdad y con permanencia a nuestro pueblo de esos mismos sufrimientos que tan hondamente conmueven el corazón, con riesgo de que el corazón dicte que se empleen todos los medios en el alivio transitorio para caer después en la impotencia de poder curar de raíz y para siempre. Gran fuerza de voluntad ha de ejercitar el agricultor pobre en exceso para no aliviar el hambre de sus hijos, dándoles a comer la semilla que tiene para sembrar su pequeña finca. Pero si no ejercita voluntad, más grande y más irreparable será su hambre un poco más tarde; y si la ejercita, la cosecha recompensará su sacrificio.

La decisión que el pueblo de Puerto Rico tiene que tomar básicamente, y que tiene que tomar en múltiples detalles, en armonía con la decisión básica que haga, es: cómo dividir su ingreso actual entre las cantidades que van a dedicarse, de una parte, a consumo en la comunidad privada y a servicios en el gobierno y, de otra parte, las cantidades que van a dedicarse a mejorar y estimular y cooperar con el aumento de la producción.

Es decir, el dilema es entre invertir y gastar. Mientras más se gasta, menos se invierte. Mientras menos se invierte, menos hay para gastar después. Mientras más se invierte, más hay para gastar después. Gastar es lo fácil y, además, es lo que alivia más visiblemente aunque más pasajeramente. Por eso hay que hacer voluntad para invertir lo más posible y gastar lo menos posible, siendo esa la manera de acortar la actual situación de nuestro pueblo y llevarlo cuanto antes a liberarse de la miseria, a una vida de modesta prosperidad y buena seguridad.

Al señalar la prioridad que debe tener invertir sobre gastar, no me refiero tan solo a las orientaciones fundamentales del gobierno, sino a las que deben arraigar en toda la comunidad puertorriqueña. En los niveles más humildes: algunos granos para el surco, no todos para la olla. En los niveles más altos: los menos lujos inútiles, más canalización del capital hacia el surco de la nueva y dinámica producción. Naturalmente que en los niveles muy bajos a veces no hay el grano para el surco que no se necesita para la irreducible nutrición, mientras que en los niveles más altos es considerable la multiplicidad del consumo de lujo que se podría convertir en una inversión productiva.

La obra de gobierno, en lo que concierne a prioridades, se divide en tres partes: Una, creación de producción o estímulos directos a la producción; dos, servicios que contribuyen indirecta pero básicamente a la producción; y tres, servicios de indiscutible valor humano que sin embargo no contribuyen, salvo muy indirectamente, a la producción. Entre los que, sin ser producción, ni estímulo directo a ella son, sin embargo, servicios necesarios a la productividad, contamos los servicios de educación, de salud -especialmente salud preventiva-, de aguas puras, de carreteras y caminos, de estudio y experimentación en los campos industrial, agrícola y de mercadeo. Es evidente que una civilización industrial no puede alcanzar un punto alto de eficacia y oportunidad competitiva en una comunidad que sobrelleva fuertes cargas de analfabetismo, deficiente educación general y técnica, mala salud. Tales servicios son, por lo tanto, deseables, no solamente por el valor humano envuelto en ellos, sino también porque forman parte imprescindible del desarrollo económico que perseguimos en la “Batalla de la Producción”. Desde luego que, si se quiere estirar la interpretación, no faltarán algunos argumentos para demostrar que casi cualquier servicio debe tener prioridad, porque en alguna forma remota se relaciona con la producción. Pero el no querer rebuscar artificiosamente o en forma remota tales interpretaciones, es parte de la austeridad de pensamiento que requiere la situación.

Esto nos trae un gran dilema en cuanto a lo que debe ser nuestro sistema contributivo en su relación con: 1. Estimular la inversión privada en las industrias y cosechas necesarias para ganar la “Batalla de la Producción”, y 2. Proveer aquellos servicios que no son solamente buenos humanamente, sino que son parte inseparable de la eficacia productiva del país. El mejor estímulo a la inversión probada en la producción es un sistema contributivo que en general sea bajo y, por lo tanto, atrayente a la inversión. Comprendo que esto es mejor que el sistema contributivo alto con exención total de contribución a determinadas industrias. Estamos buscando la manera de establecer tal sistema cumpliendo, desde luego, todos los compromisos de ley, por todo el periodo envuelto en la ley, contraídos con las industrias nuevas que ya se han establecido bajo la ley de exención. Pero no es fácil encontrar, en el caso de Puerto Rico, un sistema que, además de ser atractivo a la inversión, produzca lo suficiente al gobierno para dar aquellos servicios de educación, salud, experimentación, estudio, sin los cuales no será realmente eficaz la industrialización que resulte de las inversiones.

Con esta difícil disyuntiva estamos bregando, y en la atención que le damos percibimos también la posibilidad de un sistema contributivo que, sin exenciones especiales, sea liviano sobre todos los que aumentan la producción y derive los fondos necesarios para los servicios inherentes a la producción, y dé cargas más pesadas a aquellas actividades que no son las más estrechamente ligadas al estímulo productivo. El Tesorero de Puerto Rico hace algunas recomendaciones sobre este problema, pero todavía no estamos en posición de conocimiento para afrontarlo fundamentalmente.

Yo sé que este pueblo está decidido a libertarse de la pobreza extrema y de la inseguridad. Sé también que está dispuesto a realizar el sacrificio que lograrlo conlleva. Sé que estamos dispuestos a apretarnos el cinturón durante estos años iniciales de nuestro desarrollo económico, si vemos claro que ello nos conduce, con lenta certitud, a vencer de una vez y para siempre la difícil situación de nuestro pueblo. También señalo que si el espíritu de sacrificio ha de residir en todos, hasta en aquellos a quienes por su pobreza tiene que ser más doloroso, el ejemplo han de darlo aquellos para quines, por su mejor nivel económico, el sacrificio requerido ha de ser menos difícil. Estoy plenamente consciente también de la responsabilidad que esto impone sobre nuestros hombros, los de ustedes, legisladores, y los míos. A nosotros nos toca velar porque ese sacrificio no sea en vano. Cada dólar invertido, en vez de gastado, representa un renunciamiento de necesidades humanas en pos de una esperanza. A nosotros nos corresponde resguardar que a esa esperanza no se le malogre su necesaria realidad.

En este punto debo informar que aunque la economía puertorriqueña está ahorrando e invirtiendo al año entre $35 y $50 millones, esa inversión es mucho menos de la que necesitamos. Nuestros estudios revelan que no menos de $80 millones al año, y probablemente hasta $100 millones, es lo que debe ahorrar e invertir productivamente la economía puertorriqueña -privada, tanto como pública- cada año, si es que nuestra expansión ha de llevarnos a la meta de un periodo de tiempo que no sea demasiado largo, aún para el más robusto estoicismo y la más vigorosa esperanza. Nuestra economía tiene que cerrar esa diferencia a base de mayores inversiones, y no debemos contar tan solo con las que puedan venir de afuera, sino también con las que sean fruto de un sobrio entendimiento de la situación, de una actitud de todo el pueblo basada en ese entendimiento, y de una legislación que valientemente reconozca estas realidades y disponga de lo necesario para bregar con ellas.

El gobierno de Puerto Rico tiene una obligación contraída, con el pueblo que ha confiado en el para luchar con su difícil problema de vida, de examinar cuidadosamente este balance entre lo que se necesita invertir y lo que no se puede dejar de gastar, a la luz de la obligación básica de ensanchar la productividad de Puerto Rico. Esta obligación que tiene el gobierno en cuanto a las erogaciones del erario debe ser también responsabilidad de conciencia y de visión del futuro en cuanto a las inversiones que libremente hagan los ciudadanos privados por iniciativa propia.

Al tirar el balance que se crea apropiado entre lo que el gobierno deba invertir en ensanchar la producción, directa o indirectamente, y lo que deba gasta en dar servicios que de por sí no ensanchan la producción, continuemos cada días más armónicamente la práctica establecida de que tanto el Ejecutivo como el Legislativo somos motor y freno, en vez de repartirnos las funciones de manera que unos tengan las de motor y otros, las de freno. Es decir, que no sea yo el que proponga el jubiloso pero secundario parque de pelota; y ustedes, los que me tengan que recordar que el esfuerzo productivo viene antes, ni viceversa; sino que ambos, aunque a veces con distintas conclusiones, sintamos la responsabilidad del riesgo creador y del concienzudo sacrificio. Que ambos, y todos, sepamos lo que significa el pensar en términos de un gobierno de pobres para pobres.

Un gobierno de pobres para pobres no es un gobierno que invierta poco o gaste poco en servicios legítimos. Eso, si acaso, sería un gobierno de ricos para ricos que, por ricos, no quisieran contribuir de lo suyo, y que, por ricos, no necesitaran que otros contribuyeran a lo suyo. Un gobierno de pobres para pobres es un gobierno que debe usar toda su fuerza económica, sin regateo, pero dentro de un sistema de prioridades cuidadoso y estricto, en llevar la producción del pueblo, lo más rápidamente posible, al nivel en que quede abolida la pobreza extrema y la inseguridad en la vida de los hombres.

El pensamiento que quiero llevar a ustedes y a todo el pueblo de Puerto Rico es el de énfasis, el de punto de vista, el de atención preferente, el de prioridades de acción. Cada cual debe colaborar, con su libre esfuerzo de pensamiento, para hacer más certero el entendimiento de todos sobre cuáles son en cada caso las verdaderas prioridades dentro del objetivo común. Lo que les pido es que nos entrenemos juntos y juntos velemos por que al decidir sobre cada partida de gasto o de inversión pública, y sobre el estímulo que damos a la inversión privada, usemos, a estricta conciencia, el criterio de qué es lo que mejor ayuda a terminar, pero a terminar de raíz y no tan sólo a aliviar en parte, la pobreza extrema de nuestro pueblo.

Compatriotas de la Asamblea Legislativa: Mi más profundo reconocimiento por la noble colaboración que he recibido de ustedes durante nuestro primer año de gobierno, tanto en la atención que de ustedes han recibido mis recomendaciones como en la crítica y mejoramiento de las mismas con las que eficazmente han contribuido a la buena obra de nuestro gobierno.

Nota de la editora:

El Nuevo Día, WAPA-TV y Radio Isla se unieron en este proyecto periodístico que explica la evolución en las políticas públicas que llevaron al gobierno de Puerto Rico a los actuales niveles de endeudamiento y al estancamiento de la economía.

No te pierdas hoy, domingo, la cobertura especial en WAPA-TV a las 9:00 p.m. 


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