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"Recuerdo claramente el día que nos mudamos a la casa de la Calle del León, en el año 1910. La niñera me llevaba de la mano, y nos fuimos caminando por la Calle de la Reina. Pasamos frente a la Plaza de las Delicias y entonces yo miré hacia la Calle del León. La calle me estuvo interesante, algo nuevo, un nuevo mundo que se abría ante mis ojos. Recuerdo que le pregunté a la niñera que dónde estaba el león, y ella me contestó que allí no había ningún león; que solo se llamaba la Calle del León. La casa también era de madera, levantada medio piso. Tenía un balcón de cemento al frente, con balaustres de madera pintados de color verde (más tarde Papá los sustituyó por unos hermosos balaustres de hierro colado, pintados como si fueran de plata) y tenía piso de losetas de mármol gris. Tenía plafón de madera, y dos ventiladores redondos que parecían dos sombreros de latón, a cada lado del techo de planchas de zinc. Había un jardín grande atrás, donde Mamá sembraba sus rosas y Papá tenía un parral, que daba uvas moradas. El número de la casa era el 13, y por eso ha sido siempre mi número preferido. El 13 es para mí el número de la buena suerte; yo siempre que puedo lo escojo.

 

Mamá tenía una nodriza, que era la que le daba el pecho a los nenes. Para una familia de seis hijos, nos supervisaban bastante bien porque nunca sufrimos ninguna pérdida en esa casa. Solo se murió un niño, que se llamó Maurice, y que nació después de Isolina, así es que fue después de 1914.

Parece que cogió una infección de los riñones y se murió de ocho a diez días. Recuerdo su agonía y los esfuerzos que hicieron por salvarlo; también recuerdo que tenía las uñitas cuadradas.

Para esa época Papá manejaba él mismo su carro; no fue hasta después que tuvo un chofer. En una ocasión por aquellos años, iba en carro hacia Santa Isabel y un jíbaro que salió a la carretera, al ver el carro, cogió miedo y se le tiró al frente. Papá lo pisó y le partió una pierna. Esto lo afectó bastante; le mandó a poner una pierna de palo y siempre se ocupó de él. Recuerdo que ese señor siempre estaba sentado frente a la casa de la Calle del León, esperando que Papá llegara para que lo ayudara. Para el 1920, cuando ya Papá tenía más dinero y había fundado la Puerto Rico Iron Works, se compró un Stutz rojo que tenía el tanque redondo atrás, grande como un barril. Sobre ese tanque se acostaba mi hermano Hermán a oler la gasolina.

El año 1910 pasó el Cometa Halley, y eso también es algo que relaciono a nuestra llegada a la casa de la Calle del León. Papá me despertó y me llevó al balcón de atrás. Me paró en la baranda de la galería que había al fondo para que yo pudiera ver el cometa que pasaba por encima del palo de níspero que estaba detrás de la casa. En aquel entonces no se sabía nada sobre los cometas, y la gente les tenía mucho miedo. Pero como yo estaba con Papá, no sentí miedo, sino que lo vi con una gran curiosidad. Era un fenómeno extraño, aquella estrella con un rabo largo, un espectáculo muy bonito.

Lo recuerdo con gran claridad. Hoy estamos a 5 de enero de 1986, y en febrero cumplo 82 años. Han pasado 76 años desde que vi pasar el Cometa Halley con Papá, y volverá a pasar este año por encima de Puerto Rico. Quería aprovechar el Cometa Halley para dar la fecha en que he decidido escribir estas memorias de mi vida en Ponce.

A los ocho años yo era muy sociable, y había hecho amistad con Ada Cabrera, una muchacha muy linda que era la hija de don Carlos Cabrera, que vivía en la Calle Marina, en una casa que por cierto se cayó con el temblor de 1918, allí donde Jorge Lucas Valdivieso hizo el nuevo Casino de Ponce.

Hoy el Municipio de Ponce lo acaba de restaurar y está muy hermoso; tiene sus grandes columnas dóricas y sus lámparas; solo le faltan las consolas y los espejos originales, que quién sabe a dónde han ido a parar.

Yo iba a menudo a la casa de don Carlos Cabrera a visitarlos, porque me gustaba compartir con las personas mayores, oírlos y conversar con ellos. Ada Cabrera se casó con el Dr. Rafael López Nusa, y así fue que perdí a mi primera novia. De su boda recuerdo el incidente siguiente: Papá le hizo un regalo muy bueno a los novios, un centro de plata muy bonito. Yo oí a Mamá protestando por aquel regalo tan costoso, y había cerrado la discusión con Papá diciendo: "Con el tiempo y un palito, todo se hará un agujerito". Poco antes de la boda, me invitaron a cenar a casa de la novia, y en la conversación salió lo del regalo de plata.-- Mire, le dije al Dr. López Nusa, ese regalo que Papá le hizo a usted y a Ada, Mamá dijo que "con el tiempo y un palito, todo se haría un agujerito," con lo cual todo el mundo soltó la carcajada.

Otra familia que yo visitaba entonces era la familia Franceschi, en la Calle Cristina, frente al Parque de Bombas. Allí vivían el viejito Franceschi, que tenía setenta y pico de años, y su esposa. Tenían un automóvil nuevo muy bueno, pero como eran tan macetas, nunca lo sacaban del zaguán de la casa. Lo tenía trepado sobre los gatos, para que no se le gastaran las gomas, y todos los días se subían a él y el marido le decía a la mujer: ¡Mira, Margarita, qué lindo el paisaje! ¡Mira qué lindo por aquí! ¡Mira qué lindo por allá!, y nunca habían salido del garaje. Pero los Franceschi eran siempre muy buenos conmigo. Yo los visitaba a menudo; tenían un piano Pleyel muy hermoso, y me dejaban tocarlo.

Otra cosa que me sucedió por aquellos tiempos, cuando yo tenía más o menos nueve años, fue la tragedia del caballo. Yo era muy amigo de las cosas mecánicas y eléctricas; me pasaba todo el tiempo leyendo libros de mecánica. Había un magacín que se llamaba Popular Mechanics, y allí venían muchos inventos, y un día yo me puse a imitarlos. Las baterías antiguas tenían un centro de carbón sólido, y yo saqué el centro de carbón y lo clavé en la tierra. Lo conecté con la corriente eléctrica de la casa para echar a andar unos motores, que no recuerdo para qué eran. Frente a la casa había un poste que tenía un transformador con un alambre que iba a tierra. En eso llegó el doctor Gabriel Villaronga, que venía en calesa a atender a Mamá, y amarró el caballo del poste. Al rato el caballo se fue a rascar del poste, y se electrocutó. Eso creó una conmoción, y me dieron una pela.

Al año siguiente, para el 1916, me pasó otra cosa curiosa. Julio Conesa y yo habíamos montado juntos un equipo de radiotelégrafo, el primero que se montó en Ponce, y nos comunicábamos por telégrafo de casa a casa, con unos aparatitos que se llamaban "cat whisker detectors", un alambrito que tocaba una piedra de silicón que brillaba. Uno buscaba un punto sensitivo, y entonces se cogía la onda adecuada. Un día, cuando ya la Primera Guerra Mundial había empezado, se aparecieron en casa unos agentes del gobierno federal, y nos lo vinieron a quitar.

Un día yo andaba entusiasmado con los experimentos, y me puse a pensar que las bombillas de luz eléctrica se calentaban mucho, y se me ocurrió que podría haber una manera de hacer una bombilla que no se calentara. Entonces le escribí una carta a Robert Millikan, un gran físico que vivía en los Estados Unidos, que había descubierto la bombilla especial que se usaba para la transmisión en el telégrafo inalámbrico. En mi carta le preguntaba que por qué razón no se podía hacer una bombilla con doble cristal, es decir, un cristal sobre otro en el vacío. Así no se retransmitiría el calor de la bombilla a la parte de afuera, sino que se conservaría el calor dentro de la bombilla. Ese fue el comentario que se me ocurrió, y yo se lo escribí en mi carta, para ver si se podía poner en práctica. Lo sorprendente es que me contestó; todavía guardo su carta, fechada el 15 de noviembre de 1918, --a pesar de que tiene que haberse dado cuenta de que yo no era más que un niño-- y me dijo que eso era imposible, porque el calor se transmitiría por radiación de cualquier manera, aunque afuera hubiera un vacío, y la bombilla siempre se calentaría igual; y al final me daba las gracias por la idea.

En una ocasión, cuando tendría yo diez o doce años, vino a Ponce un señor con un globo y se tiró de él con un paracaídas. El paracaidista cayó en el patio de casa; yo lo vi caer muy despacio, hasta aterrizar casi encima de las uvas parras. A mí me interesó muchísimo el asunto, y recuerdo que fui donde Papá, que se estaba peinando en ese momento frente al chiffonier, y le dije --Papá, yo quiero tirarme de ese globo en paracaídas. Papá ni se volvió. Me dijo: ¡Mira muchacho, no digas tonterías! Vete a estudiar. Y salió camino de su despacho. Pero yo no me olvidé del asunto. Llamé a todos mis amigos; a Gustavito Newmann; a los Colón; a los Catinchi; a los Mayoral, y les dije: --¡Vénganse muchachos, vamos a hacer un experimento! Y los llevé a casa, me trepé encima del techo con el paraguas abierto al patio. Como yo era un niño, no pesaba mucho entonces. Me di un gran culetazo, pero afortunadamente no me pasó nada. Ese cuento me hizo famoso en Ponce; en adelante yo era el que me había tirado del techo con un paraguas.

Una aventura de aquella época que recuerdo claramente fue el día que le robé a Mamá la correa de dos patas con que nos castigaba. Era una correa de máquina, que tendría como tres pulgadas de ancho y que estaba partida por el medio, y todos le decíamos la Santa Catalina. Un día Joe y yo nos encaramamos en el techo, y la paramos encima del zinc, con las dos patas abiertas. Cuando Mamá lo averiguó, me dieron una tunda, pero Joe se desapareció. Se trepó encima de un ropero, y Mamá andaba furiosa por la casa, diciendo: ¿Dónde estará ese muchacho, que cuando lo coja le voy a dar la pela del siglo? Entonces Joe, poco a poco, sacó una pierna por la esquina del ropero, para que lo vieran.

En casa Mamá era siempre la que nos pegaba; Papá no nos pegaba nunca. Solo una vez recuerdo que Papá me diera un coscorrón, y fue porque había que quitar un tapón eléctrico de un switch, y yo no me atrevía a hacerlo. Y él me decía: --no tengas miedo, que yo te digo que no te va a pasar nada, pero yo no me atrevía, era todavía un niño. Papá era un hombre alegre, y le encantaban los animales. Como tenía que ir a menudo a Venezuela a montar las maquinarias de las centrales, traía animales raros de por allá. En una ocasión trajo un perezoso muy bonito, que estuvo en casa un tiempo y se murió después. También traía cotorras, monos, patos, chiripias; hasta trajo una vez un jaguar pequeño de América del Sur, al que le hicimos una jaula, y gozábamos muchísimo viéndolo, y que después se murió también.

Cuando vivíamos en la casa de la Calle del León, Mamá quiso que yo empezara a aprender piano, y compró un piano Cornish vertical, porque quería que tocáramos. Mi primer maestro de piano fue Federico Ramos, el padre de Ramos Antonini, y era un maestro medio cascarrabias, que le daba a uno en las manos con lápices. Yo tenía entonces siete años, eso fue en 1911. Cuando vio lo corajudo que era don Federico, Mamá decidió cambiar de maestro, y empecé a dar clases con don Arístides Chavier. (Antes de que Chavier me empezara a enseñar, ya yo le había cogido el gusto a la música con mi tía Pepita Aguayo, hermana de Mamá, que tocaba mucho el piano; piezas muy bonitas, como los nocturnos de Leybach). Chavier era una persona mucho más preparada y un gran maestro; se había graduado del Conservatorio de París, y con él estuve dando clases de piano hasta el año 1919, cuando me fui para Estados Unidos a estudiar la carrera. Chavier era amante de la música romántica de Chopin, y las primeras piezas que aprendí con él fueron su Marcha Fúnebre, así como la polonesa Militar Num.1, su Impromptu Num.1, sus valses y preludios, el concierto de Hummel y varias fugas de Bach. Durante los últimos años que pasé en Ponce, antes de irme para Morristown, me tenía como su discípulo predilecto.

Chavier venía de una familia de clase media, pero humilde; su madre lo había enviado a estudiar a París haciendo un sacrificio enorme. Era como Oller, que también estudió en París con mucho sacrificio. Yo me iba con él a su casa, a oírlo tocar en su pianito de cola. Tocaba mucho en la noche, se ponía a recordar vieja música, cosas que ya no se tocaban y que yo no conocía. Le gustaba mucho la música de Madame Chaminade, una compositora francesa que tiene cosas sencillas. Nunca tocaba a los modernos, no había aprendido nada de Debussy o de Ravel. Stravinski no había llegado todavía a Puerto Rico por aquel entonces. Chavier se quedó simplemente con el grupo de Chaminade, que era, yo diría, el más ortodoxo de la música francesa. A veces tocábamos a cuatro manos las sinfonías de Beethoven. Él las admiraba mucho, y me hizo aprenderlas para tocarlas juntos a cuatro manos, y eso fue una gran educación para un niño de once años. Yo me quedaba algunas noches con él, porque vivía en la Calle Salud, y su casa estaba bastante cerca de la nuestra.

En aquel entonces había en Ponce una lucha entre la música de danza y la música clásica, y Chavier era el que llevaba la batalla en contra de la música de danza. Él decía que la danza era superficial, sin gran valor. La mayor parte de los músicos puertorriqueños por aquel entonces eran partidarios de la danza. Estaba Quinton, el compositor de Coamo; estaba Domingo Cruz (Cocolía), que además de músico y director de orquesta, era también compositor; estaba Tomas Clavell, quien como Morel, era mulato. La Lira Orfénica de Ponce la había fundado Morel Campos y tocaba solo música clásica; eran jóvenes mayormente de clase media que estudiaban para profesionales y con bastante educación. En la Banda Municipal de los Bomberos, sin embargo, que por aquel entonces dirigió Domingo Cruz, los músicos venían de todas las clases sociales, y eran muchas veces gente del pueblo.

La Banda de los Bomberos solo tocaba en la Plaza de las Delicias; en la Retreta de los domingos, a la que venía todo el mundo. La Retreta era el centro de actividad de Ponce; los domingos la Plaza se llenaba, todos los hombres caminaban por la derecha y las mujeres por la izquierda. Al pasar nos mirábamos y nos saludábamos, y por fin se despegaba alguno de la línea de los hombres y se metía en la línea de las mujeres. Nosotros íbamos siempre a escuchar la Retreta, porque además de danzas, tocaban marchas y oberturas, hacían veinte mil arreglos de música y tocaban selecciones de ópera.

La orquesta se sentaba en el Pabellón o Quiosco Árabe, que se construyó para la Feria de Exposición de Ponce en el 1882, igual que el Parque de Bombas. Era como en Viena, donde las bandas tocan al aire libre, en el parque. Así, el pueblo se educaba a través de la Banda de los Bomberos. La Lira Orfénica tenía un público más limitado; tocaba solo en el Teatro Broadwayy en el Teatro Delicias (que no se llamó Fox hasta mucho después, gracias a la Twentieth Century Fox).

El Municipio pagaba por la Banda. Los músicos estudiaban en Ponce mismo, con los demás músicos que les daban clase. Juan Morel Campos enseñó a muchísimos músicos, fue un gran maestro. Estaba Julio Alvarado, que tocaba la guitarra y la flauta y que después también fue director de la Banda de los Bomberos; Tomas Clavell, que tocaba el bombardino y el violoncello, y fue director de la Banda; estaba Piris, que tocaba el clarinete; Taobada, que tocaba el oboe; Juan Ríos Ovalle, el pintor de Ponce que pintaba las bambalinas del Teatro La Perla, también enseñaba música y tocaba en la orquesta. Don Federico Ramos, el padre de Ernesto Ramos Antonini, era profesor de piano y tenía un gran interés por la música. Mercedes Arias era otra magnífica maestra de piano; así como Arturo Pasarell. Jaime Pericas era director de orquesta, y también enseñaba. Por supuesto, después que murió Morel, el que tenía más discípulos en Ponce era Domingo Cruz, alias Cocolía. Cocolía fue el Charlie Parquer del bombardino en Ponce, así como el maestro más importante de instrumentos musicales. Había sido íntimo amigo de Morel Campos, quien compuso muchos de los pasajes más difíciles de sus danzas para desafiar a Cocolía, retándolo a que no podría tocarlas.

Cuando venía la ópera a Ponce se formaba una pequeña Orquesta Sinfónica. Cogían a los mejores músicos de la Banda de los Bomberos, se reforzaban con músicos locales, como Tomas Clavell, que tocaba el violoncello, y varios violinistas más; y esa era la orquesta que tocaba en el Teatro La Perla.

Dirigiendo esa orquesta fue que se murió Morel Campos de un ataque al corazón en el 1896, cuando tenía solo 39 años. Morel también dirigía ópera y, en medio de una función de la zarzuela "El reloj de Lucerna," le dio un dolor terrible en el pecho, y se murió poco después. Campos no fue nunca a estudiar a Europa, que yo recuerde; estudió algo de composición con Tavárez, pero fue mayormente autodidacta. En Ponce nació el tenor Antonio Paoli, como todos sabemos. Yo recuerdo a su hermana, Amalia, que vivía en la Calle Vives, una casa de medio alto entre la Calle Unión y la Calle Méndez Vigo.

Tenía voz de soprano, y cantaba de vez en cuando en distintos conciertos, en los recitales de la ciudad.

Cuando regresé a Ponce en 1925 de los Estados Unidos, organicé en la casa de la Calle del León soirees musicales con programas escritos, que se celebraban semanalmente. Es una pena que este ambiente musical tan extraordinario que existía en Ponce, haya desaparecido. La música es una necesidad para el hombre; escucharla en discos o en tapes satisface esa necesidad parcialmente. Pero la música auténtica tiene un valor emocional enorme, mucho mayor que la de la música oída en reproductores, que no pueden dar el timbre perfecto. El timbre perfecto se oye nada más que con el instrumento en sí, y solo se percibe en las salas de concierto. Por más equipo que pongan a trabajar y por más exacto que quieran hacerlo, nunca se logra el timbre. Se oye la nota, se oye el tono, pero el timbre no. El timbre es lo que diferencia el oboe de la flauta, la madera del metal.

La danza tuvo su verdadero apogeo en el siglo XIX, cuando Ponce era el centro de actividad artística de Puerto Rico. Manuel Tavárez, el creador de la danza puertorriqueña, era de San Juan y estudió también en París. Pero se vino a vivir a Ponce, y está enterrado en el cementerio viejo. Quintón nació en Guaynabo, pero se fue a vivir a Coamo, para estar cerca de Ponce. En Ponce tocó Louis Moreau Gottschalk, el gran pianista alemán, en el 1850.

También tuvo que ver con mi afición a la música entonces el que frente por frente a la casa de la Calle del Leon, quedaba la barbería de Miguel Trujillo, hijo de dona Clemencia, una señora mulata que nos visitaba a menudo, porque era amiga de Mamá. A esa barbería se iban a recortar los músicos de Ponce, y todo el mundo se ponía a hablar de música. Yo me iba a recortar allí también. Trujillo era partidario de la danza, y yo recuerdo que decía: "Pianistas como Chavier salen como 50 todos los años del Conservatorio de París, y no son más que pianistas. Pero Juan Morel Campos solo hay uno".

Y ahora, después de setenta y cinco anos, tengo que reconocer que Trujillo tenía razón. Chavier componía muchísimo, tenía un gran talento de composición para el contrapunto y la armonía, pero todo tenía el sello de París, eran cosas que no tenían inspiración verdadera. No se puede decir que sean feas, pero no son tampoco inspiradoras. Las danzas de Morel Campos, sin embargo, estaban llenas de armonía, de melodías hermosas que habían nacido en las calles de Ponce. En ellas se usaba mucho el bombardino, que era precisamente el instrumento que tocaba Cocolía en la Banda de los Bomberos, de una manera muy original. Las cuerdas y las maderas no eran importantes. En Ponce había alrededor de sesenta orquestas de baile para finales de siglo, y para los años de mi niñez todavía quedaban algunas.

En la barbería fue que oí hablar por primera vez de la ópera, porque Miguel Trujillo era un gran admirador de ella. Entre los que iban a recortarse estaba Domingo Cruz. Cocolía siguió dirigiendo la Banda de los Bomberos de Ponce cuando murió Campos, y tenía una pequeña orquesta de baile.

Tocaba el bombardino y el violoncello, y el otro día me impresionó mucho ver de nuevo ambos instrumentos expuestos en una vitrina del Museo de la Música en Ponce, porque la última vez que los vi, hace más de sesenta años, estaban en manos de Cocolía cuando tocábamos juntos. Domingo le empezó a dar clases de violoncello a mi hermano Hermán, y también le dio clases de violín a mi hermano Carlos. En casa todos tocábamos algún instrumento; mi hermana Rosarito llegó a tocar bastante bien el piano, y estudió también con Chavier; e Isolina también estudió piano. El único que no era músico era Joe, que tocaba la flauta "por casualidad," como le decíamos para molestarlo.

Recuerdo un incidente que se relaciona con mi entusiasmo por la música entonces. Para el 1917 Graciela Aguayo, mi prima, tenía 18 años, y estaba aprendiendo el Rondo Caprichoso de Mendelsohn, para tocarlo en un concurso que se celebraría en la Logia Aurora, frente al Parque de la Abolición. Yo tenía solo 13 años, y Chavier me dijo que ese Rondo era todavía muy difícil para mí. Pero me empeñé en estudiarlo, y me lo aprendí más ligero que Graciela. Cuando llegó la fecha del concurso, ambos tocamos el Rondo, y yo me gané el premio. Un poco después toqué en el Teatro Broadway varias piezas de Chavier; su "Air de Ballet," y también unas variaciones en Re Menor que él había compuesto. También recuerdo que toqué la Marcha Fúnebre de Chopin en la Escuela Grammar, cuando estudiaba octavo grado, para el año 1915. A los 15 años empecé a estudiar el concierto en La Menor de Hummel con Chavier, así como el Rondo de la Patetica de Beethoven, Opus 13, que me gustaba mucho. Poco después de esto me fui a Morristown, Nueva Jersey, a estudiar mi último año de Escuela Superior. Allí también estudié piano con un profesor italiano, que se llamaba De Vitalis.

En esa época hacíamos música en las casas. Había distintos grupos musicales. Por ejemplo, nosotros teníamos un trío, iba Lolita Tizol, que tocaba el violín, con Cocolía, que tocaba violoncello, a casa de un abogado que vivía cerca de casa, Fernández Corona, que tocaba la viola. Yo aprendí a tocar en trío con ellos, y tocábamos música juntos, arreglos hechos por Cocolía y el Vals de Fausto de Gounod, entre otras cosas. Esto todo era con pianos verticales, porque en aquel entonces no había pianos de cola en Ponce. El único piano de cola lo tenía Chavier en su casa.

En Ponce existía un gran ambiente musical; las tertulias en las casas privadas, la Retreta de la Banda de los Bomberos en la Plaza los domingos, y las visitas anuales al Teatro la Perla de alguna compañía de ópera eran actividades que fomentaban el interés por la música. Empecé a tocar piano y órgano portátil en la Liga Orfénica para el 1918, a los catorce años. Allí tocaba junto a muchos compañeros, como Carlota Méndez, que tocaba el piano; Pepín Méndez, su hermano, que tocaba el violín; José Méndez, primo hermano de Carlota, que tocaba el cornetín; Pedro Méndez, hermano de José, que tocaba el violín; Fernando Colón, que tocaba la flauta; Carlos mi hermano, que tocaba el violín; Librado Net, que tocaba el violoncello; Carlos Gadea, que tocaba la viola; Heriberto Rodríguez tocaba el contrabajo; Lolita Tizol, que tocaba el violín; Taboada, que tocaba el oboe. Tocábamos frecuentemente en el Teatro Broadway. Esto era una manera de reunirnos para hacer música juntos; nos sirvió de aprendizaje y de oportunidad para cambiar de impresiones, para estimularnos y entusiasmarnos con la música. Entonces había las victrolas, que tenían un número muy limitado de discos. No había discos de grandes orquestas, así que nosotros mismos hacíamos nuestra música.

La ópera era también muy popular; el Teatro La Perla se llenaba de bote en bote cuando las daban. El que traía las óperas a Ponce en aquella época era don Genaro Gautier, el papá del que luego fue marido de Felisa Rincón, al que le decían "Garabato". Gracias a don Genaro, muchos de los jóvenes de entonces, los amigos de sus hijos, íbamos a las operas sin que nos costara dinero. La primera vez que fui a la ópera fue en 1912, cuando tenía 8 años. Fui con Mamá y Papá; y en esa ópera cantaba María Barrientos, una cantante española; y la acompañó Hipólito Lázaro, un tenor español. La ópera fue Rigoletto y recuerdo que cuando salió la cantante de la habitación del duque, cantando un aria muy alta, me sorprendí, porque yo nunca había oído cantar así a ninguna mujer. Y recuerdo que pregunte "¿Mamá, por qué esa señora está dando gritos?" Luego fui educando mi oído, y la próxima ópera que vi en el Teatro La Perla fue Tosca; en el 1917 vi a Ana Pavlova bailar allí la Muerte del Cisne. Todas estas funciones tomaron lugar en el primer Teatro La Perla, el que se quemó en 1918. Lo diseñó el arquitecto Juan Bertoli, que hizo muchos de los edificios importantes de Ponce. Cuando se quemó el Teatro La Perla, la ópera dejó de venir a Ponce con la frecuencia de antes; aunque se dieron algunas óperas más en el Teatro Broadway.

Una de las compañías de ópera que venía más a menudo a Ponce se llamaba la Bracalle. Recuerdo que muchas veces no podíamos pagar el ticket; comprábamos ticket para el gallinero, o nos íbamos por la Calle Cristina donde había una ventana que dejaban abierta, y por allí oíamos la ópera, aunque no veíamos nada. En las ocasiones en que si pagábamos, porque íbamos con Papá y Mamá, recuerdo que al terminar la función a menudo nos íbamos a tomar un chocolate caliente a La Margarita, un restaurante que había en la plaza, frente a la catedral. Esto fue alrededor del 1916 o el 1918. Para el 1925, cuando ya yo estaba de vuelta en Ponce de mis estudios en los E.U., íbamos después del teatro a tomarnos algo al Tibidabo, el restaurante de la Calle Isabel, donde Felipe Segarra siempre nos recibía con mucho cariño.

En el patio de la casa de la Calle de León, Mamá organizaba verbenas para recoger dinero para los pobres; y en ellas se servía una comida muy rica. En el 1918 dio una verbena muy bonita, y la casa se decoró con luces colgando de la parra y de los árboles. Esa verbena la describió Nemesio Canales en uno de sus Paliques, el XLV, que intituló "En casa de Ferré".


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