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"Recuerdo claramente el día que nos mudamos a la casa de la Calle del León, en el año 1910. La niñera me llevaba de la mano, y nos fuimos caminando por la Calle de la Reina. Pasamos frente a la Plaza de las Delicias y entonces yo miré hacia la Calle del León. La calle me estuvo interesante, algo nuevo, un nuevo mundo que se abría ante mis ojos. Recuerdo que le pregunté a la niñera que dónde estaba el león, y ella me contestó que allí no había ningún león; que solo se llamaba la Calle del León. La casa también era de madera, levantada medio piso. Tenía un balcón de cemento al frente, con balaustres de madera pintados de color verde (más tarde Papá los sustituyó por unos hermosos balaustres de hierro colado, pintados como si fueran de plata) y tenía piso de losetas de mármol gris. Tenía plafón de madera, y dos ventiladores redondos que parecían dos sombreros de latón, a cada lado del techo de planchas de zinc. Había un jardín grande atrás, donde Mamá sembraba sus rosas y Papá tenía un parral, que daba uvas moradas. El número de la casa era el 13, y por eso ha sido siempre mi número preferido. El 13 es para mí el número de la buena suerte; yo siempre que puedo lo escojo.


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