Luis Alberto Ferré Rangel
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La respuesta

Luis Alberto Ferré Rángel

Principal Oficial de Innovación SocialGrupo Ferré Rangel

El insulto del presidente estadounidense a Puerto Rico es repudiable. Pero la mejor respuesta que los puertorriqueños podemos darle es revertir lo que contribuyó a que perdiésemos 3,000 vidas - o más. Su discurso se combate con gestiones colaborativas que hagan al país referente de prevención, unidad y resiliencia, incluso, para Estados Unidos.

Los ciudadanos podemos hacer mucho. Lo primero, olvidar los colores para encontrarnos como personas. Luego, observar hacia dónde se mueven las soluciones más constructivas y justas, aquí, como en el resto del mundo. Informarnos, conocer las mejores alternativas a los sistemas que tenemos, corroídos por el tribalismo y el oportunismo.

Tenemos un sistema energético arcaico, adicto a recursos que aceleran el cambio climático.

Tenemos un sistema de salud que se sostiene de la enfermedad, mientras se traga recursos valiosos. Drena las arcas, pero no resulta en una población más saludable. No es casualidad que mucha de la gente que murió tras el huracán padecía de enfermedades crónicas. Muchos eran mayores, segregados por la sociedad.

Tampoco es casualidad que quienes vivían en la pobreza estuvieron en más riesgo de morir. Tenemos un sistema socioeconómico que mantiene a la mitad de los ciudadanos sin acceso a recursos que les permitan condiciones de vida adecuadas.

Hay alternativas responsables e inclusivas a estos vicios sistémicos. Contamos con una prensa incisiva, que todo el año ha informado cada aspecto de la emergencia y soluciones posibles. Con pensamiento crítico, con apoderamiento, con formas de hacer y de relacionarnos que abracen en vez de empujar, se puede mover la balanza.

Políticos populistas como el actual presidente se cuecen al calor de lo contrario: de la división, de la exclusión y del miedo. Ganan poder a fuerza de negar la verdad, deshumanizar y descartar lo que se desconoce o se teme.

Pero Puerto Rico tiene, en su fibra más honda, una cultura solidaria indestructible. Gracias a esa ética, mucha gente sobrevivió al huracán. Gracias a que los ciudadanos, a que las iglesias, a que los sindicatos, a que las organizaciones comunitarias, a que las organizaciones sin fines de lucro se tiraron a la calle no murieron más personas.

Esa ética solidaria es uno de nuestros recursos más valiosos para edificar todo lo que colapsó aún antes del huracán María. Si se adopta en las reestructuraciones que están en marcha generaría, por ejemplo, un sistema de salud integrado, preventivo, que fomente bienestar.

Desde ese valor cultural, el sistema educativo incubaría ciudadanos empáticos, emprendedores, que guíen a un progreso más democrático, sostenible y digno.

Estamos próximos al primer aniversario de nuestra más dura experiencia de dolor y crecimiento colectivo en tiempos recientes. La mejor respuesta que merecemos enviar como país, por quienes más han sufrido, trasciende la provocación. La energía de la indignación y la frustración es más poderosa si se transforma en acciones que conjuren la apatía, la negligencia y la ineptitud, agravantes del desastre.

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