Mayra Montero

Antes que llegue el lunes

Por Mayra Montero
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“Hello, I must be going”

La renuncia está cantada. Es lo mejor para él, para Puerto Rico, para los flecos que quedan de su administración, y para las autoridades federales, que aún tienen mucho camino por andar, y muchos arrestos por diligenciar.

Aunque se fuera hoy, mañana mismo, no se puede decir que se va a tiempo. Entre las virtudes de Ricardo Rosselló no está ni remotamente la intuición. Debió haber hecho mutis hace meses, cuando era evidente que el país entraba en una etapa de eventos complejos, donde la Casa Blanca y el Congreso habían decidido tomar las riendas, y no contaban para nada con él.

La orden de Washington, sin embargo, bajó en las últimas 24 horas. Y es inapelable.

El país tiene otro gobierno informalmente constituido, pero fuerte y aceitado, que es el que conforman la Junta de Control Fiscal y su brazo de seguridad e inteligencia, encarnado por el hiperactivo FBI.

El hecho de que en las pasadas semanas se trabajara noche y día en los cuarteles generales de la Chardón; a todo vapor en los cuarteles de la Junta Fiscal, para tener a punto el andamiaje de donde va a emanar la nueva gobernanza, ha debido significarle algo.

No hay que ser muy suspicaz para pensar que Estados Unidos tampoco tiene intención de negociar nada con nadie, con ningún partido por ahora. Están hasta la coronilla, y mientras corra el dinero federal, de la manera copiosa en que parece que va a correr, las reglas del juego son las que tenemos a la vista, no las que imaginamos, o las que queremos soñar.

La falta de coherencia está presente en varias instancias, no solo en las gubernamentales. Ese grupo que se manifestó en las afueras de La Fortaleza el jueves, y que exigía la renuncia inmediata del gobernador, ¿qué planes tenía si, en efecto, el mandatario hubiese renunciado entonces? Ninguno. En blanco. En modo improvisación.

En ningún momento se oyó: que renuncie, y convocamos elecciones. Que renuncie, y nombramos un triunvirato (se usan mucho los triunviratos en estos casos). Que renuncie, y ocupamos el Capitolio. Son arrebatos que se quedan en el mero fogonazo ocasional, donde no se analiza, no ya lo que ocurrirá en los meses venideros, sino siquiera en las semanas (traumáticas) que vendrán enseguida.

¿Cuál es la agenda de la oposición para el día después? Hay que tener un plan, una mínima estructura de respuesta. Y resulta que no tienen nada, porque si no se parte de la realidad arraigada, concluyente y brutal, se parte desde la utopía, y la utopía resbala. Uno los veía, a los que protestaban en la calle mientras el gobernador hablaba, empleando con intensidad los improperios que parecían querer sustituir la escasa asistencia, y se daba cuenta de que no hay sustancia.

Elecciones no pueden convocar. Las tendría que convocar la Asamblea Legislativa y organizar la Comisión Estatal de Elecciones, que hoy por hoy es un desastre entero y no tiene dinero más que para los derroches. Ocupar el Capitolio y La Fortaleza, pues tal vez. Se instalan allí y giran órdenes al Departamento de Hacienda para que libere los pagos a la policía, al Centro Médico, a los sistemas de pensiones y a las escuelas cerradas, que seguramente intentarán reabrir. El hecho de que Keleher nos haya salido una especie de gangster, no significa que no hubiera necesidad de cerrar escuelas. Pero pongamos que las reabran todas.

No sé si en medio de esa escabrosidad, Estados Unidos accedería a depositar los fondos de la tarjeta de la familia, atenidos a que, hasta que no se aclare la situación y se definan jerarquías, no podrán desembolsar las enormes sumas de dinero de las que depende una cierta continuidad social. Y así con el resto de las transferencias, incluyendo las de Educación y Salud.

Claro que siempre hay espacio para las protestas, pero ese espacio, hoy por hoy, es extremadamente absurdo. Habría que cerrar los puertos, inundar la Milla de Oro, ocupar las farmacéuticas y nacionalizar los bancos. No hay condiciones para eso. Ni media condición. Ni una partícula de una partícula elemental de condición. Además, estamos muy lejos de Washington: los puertos se llenarían de moscas; la Milla de Oro, de tormenteras; las farmacéuticas se mudarían a Irlanda, y los bancos pondrían un letrerito para que los clientes se dirijan a la sucursal de Tortola. Eso está cantado también. El mundo no es el que era.

La breve comparecencia del gobernador, el jueves pasado, me recordó a Groucho Marx y una de sus frases predilectas. Esa noche, sinceramente, yo apostaba a que iba a renunciar. Pero con tal de hacerlo todo al revés y dejarnos sin resuello, solo soltó un “Hello”.

“Hello” como si saludara a la normalidad.

Mañana, si lo permite Dios, completará la frase:

“I must be going”.

“¡Hola y adiós!” Una buena despedida al caos.




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