Mayra Montero

Antes que llegue el lunes

Por Mayra Montero
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Los gallos: regreso a clases

Como es ya conocido, cuando entró en vigor la prohibición de las peleas de gallos, muchos criadores les dieron vacaciones a sus aves. En algunos vertederos clandestinos aparecieron decenas de gallos muertos. Eran los menos valiosos, los que portaban heridas de guerra, y a los que retorcieron el pescuezo y tiraron de cualquier modo. En el mejor de los casos, se les abrieron las jaulas y salieron a buscarse la vida en terrenos baldíos y urbanizaciones.

Ahora los galleros seguramente sacarán del ostracismo a los gallos que han conservado, ante la noticia de que la gobernadora está evaluando “el momento para el reinicio de operaciones”.

Qué bonita frase. ¿Cuáles operaciones, las que han sido prohibidas por una ley federal desde el pasado enero?

Todos sabemos perfectamente que esto es una migajita de esperanza vinculada a las primarias del partido. Que el “momento” de reanudar las peleas de gallo no va a llegar nunca, ¿o es que piensan contratar más abogados para perder el tiempo en los tribunales de los Estados Unidos?

Como comenté en mi podcast del pasado viernes, ya la gobernadora contrató a tres importantes letrados para que reclamen en Washington, al Tribunal Supremo, la inhabilitación de la Junta Fiscal en lo concerniente a la manera en que se harán ajustes al presupuesto.

En otras palabras, lo que pretende la gobernadora, y todos los políticos que la apoyan, que son muchos y de los más variados sectores, es que la Junta Fiscal le informe la cantidad de billones que tendrá el gobierno a su disposición, pero que no intervenga en la forma en que se van a repartir. Así queda asegurada la fiesta, la distribución de tipo partidista, los favores mediante contrataciones en una agencia más que en otra, y toda una serie de maniobras que pueden hacerse cuando se tiene la potestad de darles más fondos a unos que a otros. ¿No fue lo que ocurrió con el escándalo de las pruebas rápidas?

En la Asamblea Legislativa, felices por supuesto.

No dudo que el apoyo que han prometido a la gobernadora algunos políticos esté condicionado a que mantenga la demanda que ya había incoado Ricardo Rosselló, para limitar las funciones de la Junta Fiscal, de modo que el dinero, lo que fuera que presupuestaran aquí, lo entregaran en bloque, y los del partido al mando lo repartieran de acuerdo con su mejor criterio. Que es el peor criterio.

A mediados de diciembre del año pasado, el Primer Circuito de Apelaciones de Boston reafirmó lo que anteriormente había dispuesto otro tribunal: que solo se pueden hacer ajustes presupuestarios con la autorización de la Junta. Dirigirse ahora al Supremo, pagando sumas astronómicas a tres abogados estadounidenses, llora ante los ojos de Dios. A leguas se ve que es una movida para congraciarse con legisladores y alcaldes. ¿Cuánto calculan que va a costar esa apelación en el Supremo?

Con los gallos, es poco más o menos lo mismo. La gobernadora ha dado órdenes a sus abogados —que son los nuestros y pagamos nosotros— para que, valiéndose de un tecnicismo, la interpretación de una frase del juez Gustavo Gelpí, quien dijo que la prohibición de las peleas no se puede revocar, “porque el gobierno de los Estados Unidos tiene injerencia sobre el comercio interestatal”, Puerto Rico escape a la ley federal.

Un consejo de sabios, en La Fortaleza, decidió que ese problema se resolvía facilito: bastaba con que la gobernadora firmara una ley que prohibiera la exportación e importación de gallos, y entonces la Isla quedaría fuera de cualquier prohibición estadounidense.

La verdad que es una idea que trae cola porque, bajo los mismos criterios, ¿saben cuántas cosas que prohíbe la ley federal se podrían estar haciendo en Puerto Rico, con tan solo sacar una medida que suprima la exportación y la importación?

En síntesis, la gobernadora va a dar luz verde para reiniciar las peleas de gallo, porque no se van a infringir leyes de comercio interestatal. Y el juez Gelpí, ¿se chupa el dedo? Cuando lleguen los federales a intervenir en la gallera, hasta los gallos les van a gritar que no se metan, porque nadie está violentando el comercio interestatal. ¿Es eso? ¿He entendido bien la jugada?

En estos momentos, yo no provocaría al presidente Trump. Ayer mismo desautorizaba a los gobernadores de los estados que aún no quieren reabrir las iglesias, ordenándoles que lo hagan cuanto antes y clasificando como esenciales los cultos y servicios religiosos.

Cuando le vayan con la noticia de que Wanda Vázquez abre las compuertas para reanudar las peleas de gallos, prohibidas en su gallinero, al mismo tiempo que envía abogados al Tribunal Supremo para que la dejen repartir el dinero como mejor le parezca, y no como lo dispone la Junta de Control Fiscal, nadie sabe cómo va a reaccionar.

¿Y si nos empuja otro perreo combativo? Yo de Trump no me fío. ¿Y si levanta el teléfono y ordena que ralenticen los fondos que vienen en camino?

Ah, ¿que no lo puede hacer? Puede hacer eso y veinte cosas más. Puede saltar por encima de 50 gobernadores para reabrir las iglesias. Wanda Vázquez está evaluando el momento de retar una ley en nombre de todos nosotros: la de la prohibición de las peleas de gallos, que creíamos que estaba asumida.

Pero no. Los gallos regresan a clases.


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