Mayra Montero
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Permiso para los “extranjeros”

Parece que vamos mejorando. Hace once días que no hay muertes por COVID, y el toque de queda que ahora empieza a las diez, pronto se difuminará para los noctámbulos. No obstante, si los casos suben un poquito, un poquito así, volverán a encerrarnos a las siete. Así que prudencia.

Y ya que estamos en las de celebrar reaperturas o desescaladas, deberíamos pedir la atención de la gobernadora a ese fallo judicial contra las brigadas de veterinarios que vienen desde los Estados Unidos para esterilizar y vacunar gratuitamente.

Si hay una decisión contra la labor de esos “extranjeros” (alguien dijo que eran veterinarios “extranjeros”), la gobernadora debe auspiciar la formación de una brigada local que retome las tareas. No puede ser que las calles sigan llenándose de perros y gatos que, gracias a que no han sido masacrados por la falta de tráfico, se han ido reproduciendo con ganas.

La solución no es vacunar, eso sería para una segunda etapa, la solución es operar en masa a todos los animales, tengan dueño o no. Y los que por alguna razón se nieguen, porque desean que sus mascotas se reproduzcan, que paguen un impuesto. Porque el peligro sigue siendo que el animal se escape, o que los herederos le abran la puerta (eso se estila mucho), y entonces se reactive la cadena de reproducción descontrolada.

El registro de mascotas es secundario. En un país en quiebra, donde pocas cosas funcionan, si alguna, no me digan que va a haber una brigada de vigilantes persiguiendo a los animales realengos, con un aparatito que detecta el origen del chip para devolverlo, o multar al dueño si es que lo dejó tirado.

No somos capaces de localizar a las personas que llevan grillete electrónico y se escapan, vamos a ser capaces de recoger al perro y localizar al que lo registró.

Este periódico publicaba hace unos días que la brigada de mantenimiento de playas del Departamento de Recursos Naturales asignada al área metropolitana de San Juan tiene un solo empleado. Uno. Cierto que se trata de un área específica, la de Piñones, pues del resto se encarga la Compañía de Turismo, pero ni de broma es suficiente un hombre. Ni diez.

Eso es solo un ejemplo de lo apretados que estamos y de los pajaritos que vuelan en la cabeza de aquéllos que proponen el registro de mascotas como la gran solución.

Claro que sería fantástico que todos estuviesen registrados, pero cómo van a hacer, ¿ir de casa en casa en los residenciales y urbanizaciones, multando a los que tengan alguno que no ha sido declarado? Para empezar, en mi barrio hay un par de gatos, que originalmente fueron míos, esterilizados y vacunados por mí, que hace años decidieron mudarse (los gatos se divorcian), pero de vez en cuando pasan a verme, restriegan la cabeza en mis piernas, y veo que llevan collares y huelen a perfume, remilgos a los que no soy dada. Entonces, ¿qué hago? ¿Me subo a los tejados para buscarlos y llevarlos a que les pongan un chip? Bastante hago que a los de la calle los esterilizo cuando logro agarrarlos, y contribuyo con sacos de alimento en una ferretería donde los empleados los tienen para “matar ratones”. A ver, ¿les digo a esos hombres sudorosos, exhaustos, que recojan al gaterío y lo lleven a vacunar y registrar? Se me ríen en la cara. Otra cosa es que vayan voluntarios, atrapen a los mininos en unas jaulas especiales, y los devuelvan a la ferretería ya sin sus atributos sexuales.

Hace varias semanas un agente del CIC fue tiroteado y estuvo en coma varios días. Vivía solo y tenía varios gatos, el prototipo de investigador de la novela negra. Como ha quedado parapléjico, y aún no sale de la gravedad, sus colegas decidieron repartir a los animalitos que se habían quedado solos en la casa. Me preguntaron si aceptaba uno, en realidad una, me dijeron que era buenísima. Nunca le crea a un policía que intenta colocar un gato. Es una diabla, y la bauticé con ese nombre: Diabla.

Conozco a demasiadas protectoras que ya no pueden con su alma. No es que las cosas estén igual, es que están empeorando. Por mi parte, prefiero saber que los animales son dignamente sacrificados —con el menor sufrimiento posible— que enfrentar el lastimoso espectáculo de verlos agonizar en la calle.

En los Estados Unidos tienen muy asumida la gestión de las brigadas voluntarias que van de un estado a otro cuando ocurre un desastre. Rescatan a los sobrevivientes, les curan las heridas, los esterilizan si sus dueños no lo han hecho. La movilización cuando los fuegos de California fue ejemplar. Llegaron rescatistas y veterinarios “extranjeros” de estados como Oregón, Nevada, Arizona. En otros países del mundo es bienvenida la colaboración voluntaria de aquéllos que cuentan con más recursos.

¿Aquí los tenemos? Hasta la eutanasia tiene un costo excesivo y hay gente que prefiere meter a las camadas en un saco y ahogarlas. Estoy refiriéndome a una “modalidad” archiconocida, sobre todo en las zonas rurales. ¿No es mejor que se haga el mayor número de esterilizaciones posible, trabajando a destajo, para darle una solución civilizada al tema? Hace unos días, el senador William Villafañe presentó una medida para que los veterinarios “extranjeros” puedan venir a operar gratis.

Algo hay que hacer, porque el subdesarrollo es eso: los perros fantasmales tirados a morir.

La gobernadora, en su próxima salida, debe darse una vuelta por uno de esos refugios que salen adelante a pulmón. Que anuncie lo que tenga que anunciar, quizá el fin del confinamiento, rodeada de ladridos, más sinceros que los aplausos de sus aduladores.



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