Cezanne Cardona Morales

Tribuna Invitada

Por Cezanne Cardona Morales
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Bigote

Es marzo de 1904, y los miembros de la Cámara de Delegados están a punto de aprobar una ley.

Atrás han quedado los ataques deplorables entre José Celso Barbosa y Luis Muñoz Rivera. Barbosa ya no llama “loco” ni “idiota” a Muñoz en la prensa. Las turbas republicanas que alguna vez destruyeron los talleres de “El Diario de Puerto Rico” -principal atalaya del Partido Federal- ya se han calmado. Todos los descontentos del Partido Republicano y los moribundos del Partido Federal –que lideraba Muñoz- han formado el Partido Unión y, con los votos de los obreros, han copado los principales puestos legislativos.

Ahora todo apesta a paraíso. Los anexionistas y los autonomistas están unidos bajo un partido con un único propósito: reformar la Ley Foraker o crear un gobierno propio. Rosendo Matienzo Cintrón, José de Diego, Luis Muñoz Rivera, entre otros, están dispuestos a timonear, con el filo de sus bigotes, el poder colonial. Y en medio de aquellos egos revueltos, se abre un espacio para discutir la “LEY PARA SUFRAGAR LOS GASTOS DE EDUCACIÓN DE LOS HIJOS DEL PEDAGOGO PUERTORRIQUEÑO D. EUGENIO MARÍA DE HOSTOS, NOMBRADO DON EUGENIO MARÍA, DON FELIPE Y DON BAYOÁN HOSTOS”.

Tal vez las letras mayúsculas sean solo un estilo de la época. Pero lo peor es lo que dice la SECCIÓN 1: “Que según vayan ocurriendo vacantes en la lista de jóvenes puertorriqueños que se educan en los Estados Unidos de acuerdo con las disposiciones de una ley aprobada en enero 30, 1901, se dará la preferencia para cubrir dichas vacantes a los tres jóvenes, Eugenio María, Felipe y Bayoán, hijos del difunto don Eugenio María de Hostos.”

No sé si los hijos de Hostos se beneficiaron de la ley, -tampoco me interesa saberlo- pero el hecho de que esté escrita en el libro de “Leyes y código de enjuiciamiento civil de Puerto Rico, 1904” me da vergüenza. Jamás me dejaré el bigote.

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Nadar para poder caminar

Pensé en todos aquellos escritores que practicaban la natación, no para recordar el peso de la tierra, sino precisamente para olvidarla. El poeta Lord Byron, aquejado de una lesión en el tendón de Aquiles, nadaba para olvidar su cojera y cruzó el Bósforo, al norte de Turquía, sin rastro de dolencia. El checo Franz Kafka solía nadar en la Escuela Civil de Natación, en la isla de Sofía, para olvidar la vergüenza que sentía por su cuerpo. En sus “Diarios”, bajo la fecha del 2 de agosto de 1914, Kafka anota: “Alemania declara la guerra a Rusia. Por la tarde, me fui a nadar.” En una entrevista, el colombiano Héctor Abad Faciolince, autor de “El olvido que seremos”, dice: “Nado para que nada me afecte, nado para estar solo.” Para el poeta argentino Héctor Viel Temperley nadar era la mejor forma de rezar. El misticismo de su poema “El nadador” es evidente cuando dice: “Soy el nadador, Señor, soy el hombre que nada / Tuyo es mi cuerpo”.

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