Julio A. Muriente Pérez

Tribuna invitada

Por Julio A. Muriente Pérez
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Carmen Yulín: ¿A dónde conducen los designios de la conciencia?

“Renuncié a la vicepresidencia del Partido Popular Democrático porque después de una larga discusión en la Junta de Gobierno se hizo evidente que son incompatibles los designios de mi conciencia y permanecer en la posición” (Carmen Yulín Cruz,, alcaldesa de San Juan; 21 de agosto de 2018). 

La vida va siendo una cadena de acciones y decisiones, que se toman o no, se asumen o se evaden, y a la larga determinan el valor o la pertinencia—o la insignificancia-- de la existencia de cada cual. Va quedando cada vez menos tiempo para el titubeo, en la medida en que uno se va comprometiendo, sobre todo si se asumen esos compromisos con seriedad y si está en juego, en mayor o menor medida, el destino o la vida de otra gente. 

Esto tiene mucho que ver con el cultivo o no de convicciones y principios, valores, patriotismo y transparencia. Igual se termina siendo un pusilánime, un hipócrita u oportunista. Los ejemplos abundan. Es menos complicado y comprometedor seguir esa ruta fácil y acomodaticia; la de los farsantes e inescrupulosos, que en demasiados casos se presentan como la hoja del yagrumo. 

Es más difícil la entrega verdadera; pero ello conduce a la felicidad mayor, a la satisfacción más alta, a la sensación inequívoca de que se ha cumplido, con el prójimo y con uno mismo.

Una vez se desarrolla la conciencia y se comprenden a plenitud las contradicciones y las carencias y necesidades de un ser humano, de un gobierno o de una sociedad, la persona enfrenta el dilema de qué hacer. Puede mantenerse indiferente, protegiendo su pequeño espacio de confort, dando falsas impresiones ocasionales de inquietud o preocupación, siempre cuidándose de no poner en riesgo su estabilidad individual. Como el falso filántropo que entrega unas monedas al mendigo, pensando que así asegura una parcela en el cielo. 

Lo que nunca podrá hacer ese o esa es justificar su cobardía diciendo que no sabía, que no entendía. 

Puede, en cambio, enfrentar la situación que sea, asumir la responsabilidad que exige cada ocasión y dar la lucha hasta las últimas consecuencias.

Guardando las distancias y los tiempos, ese pudo haber sido el dilema de aquel joven llamado Jesús, que según cuenta la tradición cristiana, se topó con que el templo de su padre había sido tomado por los mercaderes, ofendiendo su dignidad y atentando contra el valor sagrado del mismo. Igual pudo haber seguido de largo, mirando hacia el otro lado. Pero no. Los enfrentó con valentía, les increpó y los expulsó a ellos y sus pertenencias, reivindicando la afrenta que cometían impunemente.

Cada día que pasa, el dilema que podría estar enfrentando Carmen Yulín Cruz es mayor. Ella es consciente que, en medio del dime y direte cotidiano, de la politiquería indeseable y de los intereses creados que se cruzan y se entrecruzan, la vida le está ofreciendo la posibilidad de erigirse en dirigente aglutinador de un proceso genuinamente liberador para nuestro pueblo. Ella es lo suficientemente madura y seria como para distinguir entre el grano y la paja. No puede decir yo no sé, yo no entiendo, estoy confundida. Ella entiende plenamente que nuestro templo—nuestra patria—está tomado por mercaderes inescrupulosos, que nos utilizan, nos explotan y nos desprecian. Ella sabe con toda claridad que el partido político al que aún pertenece—ese que le genera conflicto en su conciencia—es una entelequia inservible cuyo liderato retrógrada solo aspira a atornillarse a cargos públicos sin importarle el futuro del país.

En lo que a Carmen Yulín respecta, todas las cartas van estando sobre la mesa. Va siendo cada vez menos el tiempo para deshojar margaritas. Quizá precise de menos cálculo y de más voluntad. Lo cierto es que no es mucho más lo que puede aguantar el país, a no ser que nos resignemos unos y otros con el colapso total.

Eso sí, de camaleones está harto llena nuestra historia colonial. No precisamos de un nuevo Muñoz traicionero del siglo veintiuno.  Requerimos con urgencia de la honestidad brillante de herederos de Albizu. De la disposición contundente de los hijos e hijas de Betances. De la bravura de Lolita. De la perseverancia de Rafaelito y Oscar. Así de simple.

Cada día que pasa es uno menos. A ver si la amiga se lanza al ruedo, con todos los riesgos que ello implica, o si se acobarda tristemente. A ver hacia dónde la encaminan los designios de su conciencia…

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