Silverio Pérez

Punto de vista

Por Silverio Pérez
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Conocí a otro Gallisá

“Hay hombres que luchan un día y son buenos. Hay otros que luchan un año y son mejores. Hay quienes luchan muchos años y son muy buenos. Pero hay los que luchan toda la vida: esos son los imprescindibles.” Esa sentencia de Bertolt Brecht, que recoge Silvio Rodríguez al inicio de una de sus canciones parece hecha a la medida para describir a Carlos Gallisá. Pero tuve el privilegio de conocer otros aspectos de su vida que a mi entender lo engrandecen aún más.

Conocí a un Carlos Gallisá que tenía ese intangible que no se aprende, se tiene, el tempo narrativo, lo que en inglés llaman timing, el del humorista y excelente narrador de anécdotas. Contaba sucesos de tal forma que uno deseaba escuchar más. Sus anécdotas, del periodo en que fue legislador, con representantes de esos que parecen sacados del realismo mágico de García Márquez merecen rescatarse. Recuerdo una ocasión en que Los Rayos Gamma tuvimos unas funciones en el oeste, creo que hace cuarenta y tantos años, que un amigo mutuo nos invitó a su casa después del espectáculo. Carlos nos compartió muchas de ellas, y llegó el amanecer sin que disminuyera nuestro deseo de seguir escuchando. Al anfitrión le llamó la atención que ya a esa hora nuestro aspecto era precisamente el esperado, el de unos amanecidos, pero Carlos seguía intacto, con su pelo negro perfectamente peinado y sin rastros en su rostro de no haber dormido.

Conocí a Carlos el padre amoroso de Sofía, la amiga de mi hija Cecilia Cristina, cuando coincidieron en Nueva York en los estudios de una estación de televisión pública. Su rostro se iluminaba cuando hablaba de ella. Compartíamos preocupaciones y gozos, y la convicción de que todos los otros menesteres de la vida palidecían al lado de la responsabilidad de ser padres.

Conocí al Carlos amante del deporte y de la cultura. Al lector voraz, al historiador natural, a la enciclopedia ambulante que habitaba en su mente privilegiada. Cuando me disponía a escribir La Vitrina Rota, lo hacía inspirado por Desde Lares, un libro de Carlos, que confirmaba algo que Jacobo Morales no se cansa de repetir: lo sencillo no es incompatible con la profundidad. Cité a Carlos a una panadería y le manifesté mis intenciones de hacer ese libro de historia que teorizara sobre por qué nuestro país fue llevado a la quiebra. Yo iba preparado, con bolígrafo y libreta. En pocos minutos Carlos me dio una guía, década por década, qué eventos, nombres y estadísticas sobre las que debía investigar, corroborar y complementar.

Y conocí a un Carlos amigo. Plantado frente al kiosco del semanario Claridad en el festival de apoyo a dicha publicación, saludando con genuino afecto a los tantos que se le acercaban para darle un abrazo, comentarle su más reciente participación en el programa radial Fuego Cruzado, o para saber su opinión del más reciente suceso de la administración colonial. A todos saludaba con una genuina sonrisa que era su cédula de identificación.

La tristeza que me produjo la noticia de su muerte, cuando me bajé de una tarima donde me presentaba ante un entusiasta grupo de puertorriqueños en Dallas, iba más allá de la pérdida de un amigo, de un mentor, de un verdadero patriota. Era la tristeza de saber que el querido Carlos Gallisá se nos iba en el momento en que esa patria a la que tanto amó y por la que tanto luchó, está pasando por su peor momento histórico, cuando la relación colonial, esa que él denunciaba a la menor oportunidad, alcanza su máximo de injusticia.

Nos queda recordarlo, y más aún, honrarlo. Y tal vez la mejor forma de hacerlo es seguir su ejemplo de verticalidad, humildad y dedicación a construir ese país posible, de justicia y libertad, a la que consagró su vida.



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