Edwin Sierra González

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Por Edwin Sierra González
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COPUR, la embajada del pueblo

En las últimas dos semanas, la colonia puertorriqueña ha estado sumida en una vorágine emocional que ha levantado toda clase de vociferaciones ardientes. El destaque mundial del equipo nacional de béisbol ha acrecentado una pasión intensa que ha rebasado las ideologías políticas y ha unificado al pueblo que atraviesa por uno de sus peores momentos.

En medio de las celebraciones se ha reclamado no politizar la situación, lo que es admirable y encomiable, sin embargo, casi imposible. A un país que he estado toda su existencia moderna subyugado a la voluntad extranjera, sin poder ni autoridad para determinar sobre los asuntos más básicos de la vida colectiva, y con un presente político sin definir, no se le puede pedir una neutralidad férrea así porque sí. Mucho menos, cuando la metrópolis y el gobierno colonial han utilizado el recurso deportivo para manifestar sus posturas políticas.

En los Juegos Olímpicos de Moscú, en 1980, el gobierno anexionista de Carlos Romero Barceló promovió un boicot alentado por Estados Unidos. El entonces presidente del Comité Olímpico de Puerto Rico, Don Germán Rieckehoff Sampayo se negó rotundamente a tal pedido ejecutivo, defendiendo así la soberanía deportiva de la Isla y los ideales del olimpismo por encima de la política.

Esta disputa había comenzado un año antes, en 1979, cuando el entonces gobernador exigía que la bandera estadounidense y su himno se enarbolase y entonase en la inauguración de los Juegos Panamericanos de ese año celebrados en la Isla, en clara violación al reglamento olímpico que exigía que solo se entonara el himno y se izara la bandera del país anfitrión. Rieckehoff Sampayo también se negó en esta ocasión previa sentando un precedente.

En aquellos Juegos Olímpicos de 1980, sobre sesenta países se ausentaron, pero Puerto Rico dijo presente. La misma prensa estadounidense no podía entender la decisión de la colonia, cuando la metrópolis había ordenado el boicot. Eso, lamentablemente, no se quedó ahí y en 1982 el COPUR recibió un nuevo golpe. Ese año la Isla acogería los Juegos Centroamericanos y del Caribe, pero los planes quedaron destrozados cuando el gobierno de Romero Barceló le quitó todas las ayudas financieras al COPUR por no plegarse a su voluntad, lo que también impactó a la delegación nacional, cuya participación estuvo en peligro.

En una rápida movida, Rieckehoff Sampayo negoció para que Cuba y su gobierno asumiera los juegos, lo que ocurrió. Además, el COPUR realizó la campaña “limosnero olímpico”, apelando al pueblo para sufragar los gastos de la delegación puertorriqueña a Cuba, lo que se logró, permitiendo los recaudos, además, el origen del Albergue Olímpico en Salinas.

El pueblo refrendó la postura de su Comité Olímpico Nacional y desautorizó las acciones frívolas de su gobierno. Una nación sometida al coloniaje y ausente del mundo se ha erguido sobre sus dos grandes columnas: la soberanía deportiva refrendada en 1948 y la soberanía cultural, producto de siglos de historia, porque nadie puede quitarnos nuestra lengua o decirnos quiénes somos.

Nuestros artistas y atletas nos han salvado de la ominosa ausencia mundial. El COPUR es un baluarte que la mayoría del pueblo no está dispuesto a entregar; por eso es una de las Embajadas del Pueblo, porque hemos tenido que defenderla hasta de nuestro propio gobierno.

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