Juan Caraballo Resto

Tribuna Invitada

Por Juan Caraballo Resto
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Dios como estrategia política

La política es el arte de gobernar; y como tal, requiere de estrategias para conseguir, conservar y utilizar el poder. En Puerto Rico, la religión ha sido utilizada como estrategia política por partidos, candidatos/as y gobiernos.

La maniobra más abarcadora ha sido la creación de partidos políticos religiosos. Entre ellos figura el Partido Acción Cristiana (PAC), surgido en 1960 luego de una manifestación contra la negativa de Muñoz Marín a enseñar religión en las escuelas. Posteriormente, en 2015, el Movimiento Ciudadano Pro-Familia (MCPF) intentó inscribirse como partido, en respuesta a la negativa de García Padilla a defender el artículo del Código Civil que definía el matrimonio como la unión entre hombre y mujer.

El electorado puertorriqueño, por su parte, ha rechazado el partidismo religioso. El PAC solo obtuvo 52,096 votos en las elecciones de 1960, mientras que el MCPF fracasó en la búsqueda de 55,910 endosos que le permitirían inscribirse como partido en 2016. 

El fallo de los “partidos de Dios”, sin embargo, no desalienta a nuestros gobernantes de utilizar la fe como estrategia política. Por el contrario, saben que el cristianismo aun conserva importancia en nuestra cultura popular, y que lo del PAC o MCPF fueron errores de calibración. Por ello, nuestra clase política se organiza en colectividades seculares, desde donde tan solo usan la religión como estrategia puntual. 

Actualmente, las maniobras más comunes son: 

La autorización de actividades religiosas en espacios gubernamentales; ejemplificada con el decreto de 40 días de ayuno en el Capitolio. 

La asistencia de políticos a espacios de culto; reflejada en la visita del gobernador a la cruzada del evangelista Franklin Graham.

Las alianzas entre religiosos y políticos; ilustradas con la “plancha” del Voto Moral que invitaba al sector de fe a “votar por valores y no por colores”.

El uso político de un lenguaje explícitamente religioso; ejemplarizado con la Pastora-Senadora que se autodenomina “mujer de Dios y gobierno”.

Y el uso político de un lenguaje ambiguo y confuso para referirse a asuntos religiosos; contenido en el proyecto de Ley de Libertad Religiosa que astutamente confundió “albedrío” con “falta de obligación civil” llamándole “libertad”.

En Puerto Rico no hay un problema de libertad religiosa. Por el contrario, hay un interés en hacer de la religión un pseudo-problema, y así trazar estrategias engañosas para manufacturar consensos. Y es que si bien el “voto religioso” fue importante en la victoria del PNP, es igualmente cierto que este sector de votantes no es mayoría. Recordemos que el PNP alcanzó la gobernación por “mayoría relativa”, toda vez que sólo obtuvo el 41.8% de los votos. Esto es, una mayoría menor del 50% más uno, que constituye mayoría absoluta. Contrariamente, la mayoría de votantes fue captada por un escuadrón de candidaturas que descuidó el "voto religioso” apoyando la legalización del cannabis, Perspectiva de Género, comunidades LGBTTQ+, o declarándose atea. Es por ello que el PNP ha terminado convirtiéndose en un partido sin mandato; y su estrategia para conservar su escaso poder es manufacturar una legitimación teocrática en un contexto político secular. 

Irónicamente, el principal objetor a esta estrategia parece ser el gobernador. Éste se ha distanciado del “voto religioso” con su aval a la nueva Ley de Adopción, y sus vetos a las Leyes de Menores y Libertad Religiosa. Contrario a sus legisladores, la estrategia del gobernador ha sido reconocer que el 59% de los electores que no votó por él tiene su mirada puesta en otros intereses que trascienden la religión. 

Consecuentemente, su distanciamiento respecto al “voto religioso” apenas le representará un escollo. Por el contrario, en el Puerto Rico pos María habrá de ser la torpeza de no gestionarse desde estrategias asertivas lo que provoque la crucifixión política sin resurrección del hijo del “mesías”. 

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