Eduardo Lalo

Isla en su tinta

Por Eduardo Lalo
💬 0

Dos países

Dos países comparten una geografía pero son distintos: uno es el país conformado por las ilusiones de la población y el otro es el que ha sido creado y permitido por ella. Ambos existen y conviven y no quisieran tener que verse obligados a reconocerse.

El primero, el de las ilusiones, lleva décadas empeñado en ocultar al segundo. Sin embargo, en los años que inmediatamente precedieron al huracán María, el segundo surgió de las tinieblas de las fantasías colectivas y se hizo patente con la contundencia de lo real. Para el segundo, la existencia del primero no fue, dolorosamente, más que una superstición.

La sincronía de estos dos países en un solo pueblo crea capas geológicas sobrepuestas en el espacio restricto de una misma era. Su resultado es un tiempo desconectado de sí mismo, plagado por la turbidez, la imprecisión conceptual y las ilusiones ópticas. La imagen del primer país no concibe al segundo y éste desconoce al primero cuando se mira en el espejo cada mañana.

Esta simultaneidad de mundos en un mismo mundo conforma a los puertorriqueños. Es el resultado de la experimentación con una territorialidad/colonialidad fallida, disfuncional y fracasada del expansionismo estadounidense. ¿A fines de 2017 dónde estamos?, ¿qué vemos con una mirada dañada, incapaz de reunir su percepción doble en una sola imagen? No lo sé, porque dos países coexisten y producen un eclipse prolongado y diario. Pero, desde hace dos meses, otros vienen y nos ven y en los medios de comunicación del mundo aparecen las imágenes de un pueblo, de un gobierno, de un país que a la vez producen una sensación de familiaridad y extrañeza, que simultáneamente provocan nuestra certeza y nuestra incredulidad.

¿Qué han visto los forasteros? En páginas de diarios y revistas, en pantallas de televisión y computadoras, en los pasillos del Congreso y la Casa Blanca, apareció a partir del 20 de septiembre un país que quiso olvidar que vive en zona de huracanes y sismos, que no produjo ni la educación ni la estructura para afrontar lo que tarde o temprano era inevitable.

Día a día, los forasteros vieron un gobierno sin capacidad de reacción, cuyos funcionarios incomprensiblemente se rehusaban a pedir ayuda o la rechazaban cuando se les ofrecía. Vieron un país de casas sin techo y sin paredes, con represas a punto de estallar, con el sistema eléctrico en el suelo; vieron la incomunicación con regiones enteras, las filas kilométricas de comida o combustible, vieron y escucharon a ciudadanos y alcaldes llorando de desesperación ante una cámara. Vieron miles de furgones de suministros varados en los puertos, miles de toldos que no llegaban a ninguna parte, millones de galones de diésel que no rellenaban los tanques de los generadores eléctricos de hospitales y égidas.

Vieron docenas de conferencias de prensa en las que el primer mandatario de los dos países afirmaba estar “descomunicado”. Vieron a sus secretarios y altos funcionarios dando cifras imposibles, prometiendo la inmediata aparición de lo que nunca llegaba, minimizando el número de muertos, responsabilizando a FEMA, al Cuerpo de Ingenieros, al Ejército por lo que no hacían o hicieron mal. Vieron la llegada de presidentes y vicepresidentes, sus charadas y pantomimas. Vieron cientos de escuelas a las que se prohibía su apertura. Escucharon la petición de extraordinarios fondos de salvamento, de prórrogas y cancelaciones de pago. Vieron un limbo inexplicable. Y luego se enteraron de contratos gigantescos a empresas que eran prácticamente fantasmas y, llamados a dar explicaciones, escucharon al gobernador y a sus funcionarios decir yo sólo sé que no sé nada.

A dos meses del huracán, he visto en estos días a hombres y mujeres caminando por el lado no peatonal de las carreteras. Sin explicación ni propósito aparentes, transitan contra el tránsito por el margen izquierdo de las arterias, donde ningún automovilista espera encontrarlos. Un hombre mayor miraba el suelo, abstraído de los autos y los bocinazos, pisando concienzudamente la línea amarilla trazada junto a la barrera. Colgada de su brazo, llevaba una bolsa en la que translucían un par de latas. Una mujer arrastraba una pequeña maleta con ruedas en el espacio entre los carriles de una carretera. Su mirada estaba clavada en el horizonte y aparentaba no percibir el peligro en el que se hallaba. Cargando siempre algo y ausentes, he visto a otros caminando por el borde exterior de los carriles de emergencia de las autopistas. ¿Quiénes son estos hombres y mujeres?

Acaso son los que han podido reunir en una sola imagen descarnada a los dos países que conformaron al Puerto Rico moderno. El huracán aceleró los finales: los términos de negocios e instituciones, pero también de personas. Sin embargo, nada hasta este instante preconiza una aceleración de principios o transformaciones. El país de las ilusiones malgasta la catástrofe y se niega a sacar una sola lección de ella.

Para muchos el primer país ya no existe y el derrumbe de los ídolos de barro los ha destrozado. Los hombres y mujeres que caminan absortos por una autopista o una carretera de tres carriles, contra el tránsito, por el lugar más peligroso, quizá sueñan con que algún automovilista no los vea y los transporte a la Florida de la muerte. Así se librarían de la imagen de la que ya no pueden desprenderse: el fraude del país de las ilusiones y la magnitud de la catástrofe personal que éste ha obrado en sus vidas.

Quizá estos hombres y mujeres, que el huracán María y la tormenta social posterior ha reducido a la desesperanza, poseen ya lo que muchos se empeñan en impedir que surja: la lucidez que duele hasta el alma, el desengaño que atormenta, la certeza de haber sido traicionado; la luz, que luego de una ceguera de décadas, convierte a dos países en uno y deja patente los crímenes y la impunidad de los responsables. Por eso, tentando el destino, esos hombres y mujeres caminan por las carreteras. Saben que han sido abandonados desde quién sabe cuándo, por los que hablaron y actuaron en su nombre.

Otras columnas de Eduardo Lalo

sábado, 3 de noviembre de 2018

La Gran Depresión

Eduardo Lalo señala que en la isla “la mentira ha adquirido una nueva dimensión: permite aparecer en los noticieros cuando no se tiene nada que decir, cuando todo el que escucha sabe que lo que nos dicen no existe, que lo que nos prometen no será”

viernes, 19 de octubre de 2018

´Tamos bien, yeah

El escritor Eduardo Lalo expone que la asimilación del país se ha consumado, pero no la soñada por el anexionismo, sino la mortal consubstanciación del retardo adquirido como política de Estado, como plan de gobierno, como estrategia electoral para el 2020

sábado, 29 de septiembre de 2018

El desagüe

El escritor Eduardo Lalo argumenta sobre la ausencia de soberanía e ironías de la vida en Puerto Rico

sábado, 15 de septiembre de 2018

La calma chica

El escritor Eduardo Lalo expone que el bipartidismo totalitario ha causado daños incontables, pero quizá uno de los más perniciosos que ha efectuado se centra en su renuencia a reflexionar y posicionarse sobre lo que es Estados Unidos

💬Ver 0 comentarios