Héctor M. Pérez Acosta

Punto de vista

Por Héctor M. Pérez Acosta
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El acceso a los sicarios en Puerto Rico

El martes, 18 de enero de 1983, hace casi 37 años, los puertorriqueños despertamos atónitos ante la noticia de la espantosa y trágica muerte del afamado y muy querido productor y animador de televisión, Luis Vigoreaux Rivera. Y es que este apareció calcinado en el baúl de su auto Mercedes Benz en un solitario paraje de Cupey Bajo, en Río Piedras, cerca de las 9:30 de la noche anterior. Fue una de esas noticias que, por su impacto, todos recordaremos dónde estábamos y qué hacíamos al momento en que nos enteramos. 

Eventualmente se pudo probar que el asesinato de Vigoreaux se produjo por encargo de su esposa, Lydia Echevarría, a través de dos personas que contrató, conocidos de ella, David López Watts y Francisco “Papo” Newmann.

El jueves, 22 de septiembre de 2005 fue asesinado en una de las calles del Viejo San Juan, el empresario canadiense Adam Anhang. Por su implicación en este asesinato, Áurea Vázquez Rijos, una exreina de belleza, fue sentenciada a cadena perpetua. Según la prueba desfilada en el Tribunal Federal, Vázquez Rijos, junto a su hermana, Marcia, y el exmarido de ésta, José Ferrer Sosa, contrataron los servicios de un delincuente, Alex Pabón Colón, para matar a Anhang, con el propósito de heredar una millonaria suma. El autor material del crimen - Pabón Colón - confesó en el juicio que por encargo de los tres acusados, apuñaló mortalmente a Anhang. 

Según la prueba conocida, tanto el asesinato de Vigoreaux como el de Anhang tienen en común que fueron perpetrados por sicarios, es decir, por asesinos a sueldo, por encargo. El primero, por celos o motivaciones pasionales, el segundo por dinero - por una supuesta herencia. Dos casos parecidos a otros, en los que las víctimas no estaban vinculadas con actividades delictivas ni en la corriente criminal que nos afecta. 

El pasado 30 de septiembre, la joven Hilda Padilla Romero, de 34 años, fue asesinada dentro de su vehículo mientras lo conducía junto a sus dos hijas menores por la avenida Los Filtros en Guaynabo. Este asesinato conmovió a la ciudadanía por haber ocurrido a una hora de gran flujo vehicular y en presencia de las hijas de la víctima. Se han radicado cargos contra un presunto “gatillero”, Luis González Martínez y dos personas más: la hijastra de la occisa, Keishla Pérez Biggio, de 29 años y William Avilés, de 21 años, otro alegado sicario. Se alega que Pérez Biggio contactó y contrató a los sicarios para asesinar a Padilla Romero porque resentía el control que ésta tenía sobre los negocios de su padre; y que “buscó a unos amigos del camino Los Martínez, en Caimito, a los que les ofreció una cuantiosa suma para sacar a su madrastra del medio y poder tener acceso al dinero de su padre”.

Un sicario - “gatillero”, “hitman”, o “hired gun” - no es otra cosa que un asesino a sueldo; se dedica a cometer asesinatos a cambio de dinero o alguna otra prebenda o remuneración. Los hay de un solo encargo, aprendices, principiantes, aficionados, a tarea parcial; los más, son los “profesionales”, a tarea completa que generalmente trabajan para alguna organización criminal, como las dedicadas al trasiego de drogas. 

El asesino a sueldo o asesino por encargo “profesional” del llamado bajo mundo, está consciente de que su vida natural o vida útil en esa faena, por su naturaleza, es relativamente corta. Por eso, generalmente son jóvenes, muy recelosos, desconfiados, distantes, introvertidos, fríos, calculadores, solitarios y cobran caro. No suelen improvisar. Son cuidadosos. El acecho y la sorpresa son las marcas características de sus acciones y sus más efectivas armas. Generalmente, conocen a quienes los contratan; hay un grado de confianza, mayor o menor, entre ellos. De alguna forma se reúnen, se comunican y conspiran con estos para finiquitar detalles. Sin embargo, la última arma de defensa de todos, cuando son acorralados por las autoridades, consiste en delatar a quien o a quienes los contrataron para ultimar a las víctimas, con el propósito de negociar condenas menores o más favorables. 

Para cualquier ciudadano resulta difícil identificar a los sicarios como tales, por el sentido de autoprotección que éstos desarrollan. Es decir, no cualquier persona puede identificar, conocer y contratar a un sicario, poco o muy experimentado, para asignarle una “encomienda”, así porque sí. Por eso no deben sorprender las más recientes noticias en el caso de Pérez Biggio, que apuntan a que ésta conocía a los alegados sicarios. Este caso está aún en una etapa procesal temprana y habrá que esperar por sus desarrollos dentro de nuestro sistema de justicia. 

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