Eduardo Villanueva

Tribuna Invitada

Por Eduardo Villanueva
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Elegía para Fufi Santori

Conoci a Fufi Santori en el año 1969. Yo tenía 16 años de edad. Él dirigía a los Gallitos de Isabela en su regreso al Baloncesto Superior.

Viví cerca de su casa en la urbanización Lamela y con él aprendí a jugar baloncesto, a hacer el tiro brincado en el máximo del brinco, como corresponde. A gardear a los derechos con la pierna izquierda al frente y a los zurdos con la derecha al frente. A hacer el tiro libre, sin driblear mucho para no trincar el brazo y con la bola sobre la frente para ver mejor. Es decir, desde entonces, lo conocí en su faceta de maestro, que luego aprendería que no solo era en deportes, sino también en filosofía, música, historia, cultura y entrega patriótica.

Fufi era un hombre renacentista, amigo constante y generoso. A él le debo mi primera matrícula para estudiar en el Colegio de Mayagüez, en una época de gran pobreza familiar. Le reciproqué su acto de caridad, enviándole una carta cuando me gradué de abogado y revalidé, de modo que supiera que su inversión rindió frutos.

Tomé clases de tenis y de baloncesto con él. Luego fui testigo en la Secretaria del Tribunal de Aguadilla, cuando sometió su declaración jurada para renunciar a la ciudadanía que llaman Americana.

Era un hombre de principios constantes, pero pragmático con sus amistades, a las cuales creía que podía ayudar y que eran seres humanos valiosos independientemente de cómo pensaran políticamente.

Escribir, hacer música en guitarra y piano, cultivar la mente y el espíritu como ejercicio de sanidad era su norte su disfrute y su enseñanza. Pensar y tener la certeza absoluta de que los puertorriqueños están más que preparados para mandar en su tierra, sin sujeción a amos extraños ni juntas foráneas, es un legado imperecedero que nos deja. Toca seguir en la lucha para concluir su agenda vital: Puerto Rico para los puertorriqueños.

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