José A. Hernández Mayoral

Tribuna Invitada

Por José A. Hernández Mayoral
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El gran ciclón del año 1837

Entre el 2 y el 3 de agosto de 1837 Puerto Rico fue azotado por el huracán de los Ángeles. Nadie sabía durante la tarde de ese miércoles que a la noche venía un huracán. No había como enterarse. Entonces no existían satélites, ni radio, ni teléfono. Solo había una imprenta. Podían estar muriendo cientos de personas en St. Croix sin que en Puerto Rico se sospechara que pronto lo tocaría el golpe.

La población de 300,000 era predominantemente rural. La mayoría vivía en bohíos esparcidos por el campo. Era gente sin dinero y poca cosas. Los negros eran esclavos. Los más cómodos vivían en casas de madera.

La economía se sostenía sobre siembras de caña, de plátano, de café y de arroz. No había industria, salvo por algunos trabajos con cuero, la elaboración de aguardiente y alguna que otra producción menor.

En la bahía de San Juan había a principios de década: 18 goletas, 12 bergantines, 25 balandras, una lancha y 94 embarcaciones menores de pesca y tráfico interior. A su puerto entraban cerca de 400 buques al año, mayormente de España y Estados Unidos.

Cuando se comenzaron a sentir los vientos, no se sabía dentro de los bohíos, en toda esa oscuridad, cuan peor se pondrían las cosas, ni cuanto duraría. Solo cabía imaginar lo que estaba sucediendo en el resto de la isla, por no decir en el propio pueblo o en la casa más vecina, si es que había espacio para pensar más allá de la propia supervivencia.

Al salir el sol, las siembras habían quedado devastadas y con ellas la economía del próximo año. Los barcos en la bahía de San Juan se habían hundido.

Nadie se quedó sin electricidad o agua pues entonces no existían esos servicios. Tampoco se cayó la red de internet, ni la de teléfonos, ni la radio, ni la televisión. A nadie se le daño la planta. Las preocupaciones eran otras. Cosas básicas como el hambre y la muerte.

El gobernador Francisco Moreda y Prieto rechazó el pedido de rebajar los impuestos que para entonces rondaban por los 300,000 pesos anuales. Explicó que lo peor en una crisis como esa sería dejar al gobierno sin medios suficientes para operar. De Madrid no mandaron ayuda.

Hoy la vida es diferente. Aquí llevábamos una semana jugando a los pronósticos porque todos éramos peritos en eso de las trayectorias.

Siempre me irritó la creencia en la isla bendecida, con su problema de fondo: ¿Qué hemos hecho para merecer esa bendición? Por encima, digamos, de los mexicanos a quienes que, con todo y eso de que una vez los visitó personalmente la virgen, le han mandado un terremoto de escala siete. Y cómo compaginar hechos como Hugo y Georges.

Mejor era la tesis laica de que justo antes de tocarnos, giraría hacía el norte, porque así muchas veces sucedía.

Al final, nos dio y duro. El huracán María será la experiencia colectiva más significativa de nuestras vidas. La noche larga de anticipación, el miércoles interminable dehoras que parecían días. La destrucción masiva, la señora encamada que se ahogó indefensa, las miles de personas bajo una represa a punto de romperse. Penchi e Ismael, ambos de voz tranquila, por WAPA Radio. Nada lo puede borrar.

Hoy hay muchos más recursos que antes para recuperarnos. Cuando el huracán de los Ángeles se las entendieron creando juntas de beneficencia en los pueblos, poniendo a cargo a los más pudientes. Así, muy poco a poco, sin FEMA y sin gobernador y alcaldes incansables, se fueron recuperando.

Sabemos que se levantaron porque somos sus hijas e hijos.

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martes, 26 de septiembre de 2017

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