María Bird Picó

Punto de vista

Por María Bird Picó
💬 0

En memoria de José José

Dicen que los escritores pagamos deudas existenciales con nuestras creaciones literarias. Eso hice con un cuento de mi primer libro. A pesar de conocer el relato al dedillo, aún se me eriza la piel al leerlo, pues ha sido imposible olvidar la anécdota engendradora del lamento.         

El cuento, titulado “El deber”, está basado en una experiencia mientras cursaba estudios en la ciudad de Nueva York en la década de los ochenta. Un día, caminaba con prisa por las calles de la ciudad y pasé frente a una conocida tienda de música. Cuando miré hacia adentro, me topé con un famosísimo cantante latinoamericano sentado solo, frente a una mesa con varias “torres” de sus casetes. A pesar de su porte y elegancia, se veía triste e incómodo. La tienda estaba repleta de turistas y residentes, pero no había un alma en la sección en la cual estaba el cantante. Supe enseguida quién era pues había crecido escuchando sus hermosas canciones. Fue uno de los llamados “ídolos de América” que surgieron a partir de la década de los sesenta. Cuando lo vi, él aún era relativamente joven, pero sus problemas de alcoholismo no eran un secreto.

Me impactó verlo tan decaído, y debatí si entrar o seguir. Su mirada entonces se encontró con la mía; él se supo reconocido y percibí un asomo sutil de esperanza en sus ojos. Mi físico es tomado por muchos como anglosajón, y es a veces una sorpresa la revelación de que soy boricua. Pero mi asombro y el paso desacelerado cuando lo avisté habían delatado mi verdadera identidad ante él. Mi sangre latinoamericana exigía detenerme, pero la prisa era un combustible clave de mi motor existencial en ese entonces. No paré a pesar de sentirme desgarrada.

Han pasado tres décadas y todavía me arrepiento de no haberle rendido pleitesía ese día, o al menos sonreírle. No solo porque me encantaban sus baladas, sino porque era mi deber como latinoamericana reconocer abiertamente mi herencia cultural y rescatar del olvido, por solo unos minutos, al protagonista de apasionadas emociones mientras crecía escuchándolo, las cuales abonaron a mi sensibilidad como ser humano. A pesar del paso del tiempo, permanece imborrable en mi memoria la mirada triste de aquel gran artista.

Dicen que los escritores pagamos deudas existenciales al escribir, y no he sido la excepción.

Otras columnas de María Bird Picó

💬Ver 0 comentarios