Miriam Montes

Punto de Vista

Por Miriam Montes
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María: lo que somos y no lo sabíamos

Es cierto. Lo hemos comprobado. Lo éramos, lo somos, pero no lo sabíamos. María, aquella bruja que tanto nos hirió, nos hizo el regalo. Se llama “ganas de vivir”. De vivir bien. Descubrimos una nueva definición. Podríamos llamarlo “vivir para el bien” o “vivir con el bien”. O tal vez, “vivir del bien”. De repente el “bien” asumió un sentido colectivo. El “bien” no lo es si no incluye al otro. Las dos bolsas de hielo que obtuvimos luego de hacer una fila de cinco horas bajo un sol furioso, abejas y mosquitos despiadados, dejaron de ser “mi derecho”. Supimos, como las madres del reino animal, que un bocado no existe para mamá, si no lo recibe también el crío. Por eso regalamos una de las bolsas de hielo, casi derretidas, al que se quedó con ninguna. Lo que en otras circunstancias hubiéramos pensado que era “lo justo”, lo que “me pertenece”, lo que “me gané con mi esfuerzo y sacrificio”, se convirtió en nada. Se trataba de que mi vecino tuviera electricidad para operar su nevera de seis de la tarde a seis de la mañana con la ayuda de mi generador. De invitar a una antigua vecina a lavar a mano las sábanas orinadas de su madre encamada con el chorrito de agua que aún me quedaba. Se trató de un grupo de mujeres humacaeñas que, en vez de quedarse llorando su desgracia, cocinó en ollas grandes sobre fogón un día tras otro, y otro, y otro, para repartir a tutilimundi. Escogimos usar “mis” ahorros, “mi” tiempo, “mi” sudor y “mi” talento para ayudar a otro que perdió tanto o más que yo. Sin recibir nada a cambio. O, mejor dicho, el regalo guardado. 

Ocurrió porque nos sentimos desprovistos, desdichados, desconsolados. Y porque descubrimos que la desgracia es una compañera más leal que la opulencia. Por eso logramos diálogos eficaces entre extraños. Coordinamos esfuerzos e inventamos soluciones que beneficiaran al otro. Nos arropó un enorme sentido de compromiso. No faltó la empatía y generosidad. La palabra “solidaridad” se convirtió en el vocablo más conmovedor y poderoso jamás escuchado. Y nos supimos humanos. Sensibles. Fuertes. Valiosos. Y nos sacudimos la queja y el lamento y nos atrevimos a luchar sin excusas. Lo hicimos. Apoyamos al más débil, o más triste, o más enfermo, o más empobrecido que yo. 

No lo sabíamos, pero nos atrevíamos a defender el nuevo “bien” que comprendíamos. Por eso nos arriesgamos a protagonizar el Verano del 2019. Por eso marchamos, cantamos, bailamos, perreamos, remamos, chillamos motoras, resonamos cacerolas, musitamos el silencio de la Yoga y rugimos consignas pueblerinas. A toda boca. Sin cansarnos. Sin escatimar horas de sueño. Sin que importaran los tapones, el calor, el gentío y hasta el peligro que afrontamos. Sin diferenciar el insulto dirigido a mi persona o al otro. Daba igual. El insulto a la mujer, al que expresa su sexualidad como escoge hacerlo, al que piensa en términos políticos distinto (o igual) que yo, al muerto que no puede defenderse, fue el insulto propio. Fuimos uno y fuimos todos a la vez. La capacidad para autoproclamar el derecho a una dignidad que intuimos nuestra, amplificó nuestro reclamo. Revivimos, como un recordatorio de nuestra historia patria, la valentía que nos nace de adentro ante el gesto de superioridad de algún poderoso. Evocamos, acaso sin saberlo, el arrojo de los combatientes nacionalistas, de los pescadores viequenses, de los libertadores decimonónicos ante la esclavitud negra.  

Gracias a María y al Verano del 2019 el gentilicio “puertorriqueño” se escuchó más allá de los mares “grandes” que nos separan del resto del mundo

No lo sabíamos, pero descubrimos quiénes, en realidad, somos.

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