Miguel A. Riestra

Punto de vista

Por Miguel A. Riestra
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Mi gran pena con Puerto Rico

Yo nací en el 1935 en un barrio llamado La Riestra, en Arecibo. A los cinco años me mudé a una pequeña finca en el barrio Arrozal de ese mismo pueblo.

La palabra tercermundismo se queda corta para describir la situación económica y social en la cual yo nací. Las familias de ese barrio y de la gran mayoría de Puerto Rico vivían en casitas construidas de yaguas y su piso era de tierra. Los hombres trabajaban con un salario de hambre durante la zafra y simplemente subsistían durante la llamada “bruja”.

No existían servicios de agua potable, de electricidad ni servicios médicos. La gran mayoría de los niños y adultos estaban afectados por la uncinariasis, ya que se defecaba al aire libre y las personas no tenían zapatos y todos se infectaban fácilmente.

Ya para el 1933, Franklin D. Roosevelt era presidente de Estados Unidos.  Para tratar de resolver el problema de la depresión, Roosevelt creó toda la visión del Nuevo Trato para ayudar a los pobres a salir de tan indigna situación. Esa legislación se extendió a Puerto Rico.

En Puerto Rico tuvimos la suerte de que nombraron a un liberal, Rexford G. Tugwell, como gobernador desde el 1941 al 1946, y que en el 1948 Luis Muñoz Marín, otro gobernante liberal, fuera elegido como gobernador de Puerto Rico. 

Tugwell y Muñoz inspiraron a los gobernantes de Puerto Rico y se creó un magnífico legado donde las personas con poder político se dedicaban a servir al pueblo. Esta tradición sacó a Puerto Rico de la extrema pobreza. Puerto Rico se modernizó y fuimos un ejemplo mundial para el desarrollo de los pueblos del tercer mundo.

En mi caso, fui a escuelas públicas gratuitas donde los maestros eran personas abnegadas en su trabajo, me pagaron los estudios universitarios y me otorgaron una beca para estudiar en Estados Unidos, donde terminé la maestría y el doctorado en Filosofía a los 25 años.  Regresé a Puerto Rico como profesor en la Universidad de Puerto Rico, en Río Piedras.

Mi gran pena y mi gran dolor consiste en el miserable futuro que mi generación y la subsiguiente le estamos dejando a nuestros hijos y nietos; gobiernos corruptos, personal administrativo ineficiente, una deuda ascendiente a 76 billones de dólares y un sistema educativo ineficiente.  

Mi gran pena es que no veo la luz al final del túnel. Nuestra población está constituida por personas dependientes y consumidores extremos sin visión ni compromiso con el futuro.  

“Dios nos coja confesaos”.

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