Ángel Rodríguez Rivera

Punto de Vista

Por Ángel Rodríguez Rivera
💬 0

Nos queda Universidad por defender

Recuerdo el verano de 2002. Estaba en mi apartamento de estudiante en la Universidad de Purdue, Indiana. En ese momento ya estaba trabajando en las últimas correcciones de mi tesis doctoral en Sociología. Las preocupaciones sobre el proceso solitario de trabajar en la disertación ya se estaban gastando. 

El fin de eso no implicaba tranquilidad. Acabar la tesis era el comienzo de otras preocupaciones. ¿Dónde voy a trabajar? ¿Me debo quedar en Estados Unidos? ¿Regreso a Puerto Rico? Quería regresar. Me interesaba aportar al país. Quería trabajar en la Universidad de Puerto Rico. 

Le comuniqué a mi consejero de tesis que regresar a Puerto Rico era inevitable. Se sorprendió. Le parecía inconcebible que teniendo la oportunidad de quedarme en los Estados Unidos ganando más dinero, con mejores condiciones de trabajo, mayores recursos para la docencia y la investigación y mayor acceso a espacios de prestigio académico, decidiera regresar. 

Lo pensé y le contesté con gran facilidad. Decidí regresar a Puerto Rico porque, aunque las expectativas de desarrollo en mi carrera no fueran las mejores, había cosas que lo subsanaban. La Universidad de Puerto Rico es mi alma máter y como tal me unen unos lazos de afectividad que me permiten pasar por alto algunas cosas. Además, le dije, la UPR es accesible, democrática y de calidad. El costo para los estudiantes es bajo y hay posibilidad para estudiantes de bajos recursos. 

Le dije que la importancia de la universidad del Estado en Puerto Rico es tal que el gobierno separa el 9.6% de su presupuesto para asegurarse de que esta pueda competir con cualquier institución. Le dejé saber que la Universidad de Puerto Rico tiene otros recursos para balancear la ausencia de mejores salarios. La posibilidad de tener un plan médico de calidad es parte de eso. La posibilidad de que mi hija estudie sin costo alguno a través de exención de matrícula. Más importante aún, la universidad me provee un plan de retiro que me permite, luego de treinta años de servicio, retirarme dignamente y permitir la renovación del proceso académico a través de nuevos reclutamientos. El consejero me entendió perfectamente.

Dieciocho años después, todo cambió. El costo de estudios incrementó exponencialmente. El presupuesto de la UPR se ha reducido de tal manera que es cuasi-imposible su funcionamiento.  El plan médico que cobija a los/as empleados/as está altamente diezmado. Como puntillazo a todo esto, la Junta de Gobierno de la UPR quiere desmantelar el plan de retiro de los empleados de la Universidad. Tan siquiera nos queda un retiro digno.

Ante esto, ¿qué nos queda de la UPR? Solo una estructura que se llama igual pero no cumple con los propósitos para los que se fundó. Queda una Universidad necesitada de defensa. Quedan unos empleados a merced de administraciones mezquinas e insensibles. Mi contestación al consejero cambió. Ahora la razón para estar en la UPR es luchar por recuperarla. El primer paso es que los legisladores reten el veto a la RC 655 y defiendan la Universidad y su retiro.

Otras columnas de Ángel Rodríguez Rivera

domingo, 17 de mayo de 2020

¡Se graduaron!

A pesar de duros escollos, los graduados de la UPR en 2020 “cumplieron su cometido político, social y estudiantil”, afirma el profesor Ángel Rodríguez Rivera

💬Ver 0 comentarios