Ibrahim Pérez

Tribuna Invitada

Por Ibrahim Pérez
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Obamacare sigue vivo sin el Trumpcare

Tras la aprobación de Obamacare en 2010, los republicanos iniciaron su exitosa cantaleta de revocar y reemplazar —“repeal and replace Obamacare”. Donald Trump añadió leña al fuego durante la campaña presidencial con otro pegajoso estribillo: “Obamacare es un desastre, créanme”. La baja aprobación de Obamacare de 41% en agosto 2016 hacía prácticamente indetenible su revocación.

Pero tres días después de ganar la presidencia, Trump empezó a modificar y suavizar su posición sobre Obamacare, señalando que podría mantener algunas de sus disposiciones más populares. Comenzaron a surgir dudas sobre el entonces, y todavía hoy, desconocido Trumpcare. Sus beneficiarios iniciaron masivas manifestaciones públicas expresando temor por todo lo que pudiesen perder si la opción republicana no era mejor. Para enero 2017, Obamacare ya alcanzaba 50% de aprobación, el mayor apoyo en casi siete años.

La sorpresiva virazón de Obamacare tiene a Trump y sus congresistas confundidos en medio de un caos parcialmente auto-infligido. Se concentraron demasiado en simplemente revocar Obamacare y olvidaron que tenían que presentar al país un reemplazo aceptable que estuviese bien definido desde el primer día, que fuese entendible. Un sustituto que garantizara la continuidad de los beneficios ganados por millones de estadounidenses. Uno que corrigiera las fallas que los republicanos identificaron y efectivamente utilizaron para convencer a los electores que votaran por ellos porque ofrecerían un plan mejor.

Ahora que están en el poder, Trump y sus congresistas necesitan cuidarse de no aprobar una revocación que desestabilice el mercado de seguros de salud mientras dure Obamacare, o que cause un daño irreparable hacia otro futuro mercado bajo Trumpcare. Sin embargo, Trump emitió una orden ejecutiva el día de su inauguración instruyendo a sus agencias que hicieran lo posible para aliviar la carga fiscal que Obamacare representaba para la gente y las empresas. El presidente fue prontamente advertido que esa acción podía desestabilizar aun más el mercado de seguros de salud y dificultar cualquier reemplazo.

Paul Ryan propuso que la revocación fuera inmediata, pero que no entrara en vigor hasta que no hubiese un claro reemplazo establecido. Trump respondió que ambas acciones tendrían que ocurrir simultáneamente y lo más pronto posible. Pero en una entrevista televisiva con Bill O’Reilly antes del “Super Bowl”, Trump sorprendió diciendo que cualquier esperanza de reemplazo rápido se había desvanecido, que el asunto era muy complejo, que él esperaba “tener algo para fines de este año o el próximo” que fuese mejor y más barato que Obamacare.

Es evidente en febrero 2017 que Trump y sus congresistas todavía no tienen un plan coherente y concreto para sustituir a Obamacare. Que están titubeantes sobre cómo resolver el problema y minimizar sus consecuencias políticas. Solo imaginen una revocación que le quite el plan médico ya adquirido a sobre 20 millones de estadounidenses, especialmente a personas pobres de las regiones más rurales de Estados Unidos que mayoritariamente votaron por Trump, que se han beneficiado y que se podrían seguir beneficiando de la expansión del programa Medicaid garantizado por Obamacare a los 50 estados.

Obamacare sigue ganando apoyo y popularidad, como ocurrió con su precursor Romneycare en Massachusetts, como la mejor (aunque muy costosa) opción que es posible dentro del fragmentado sistema de salud estadounidense. Sin embargo, los salubristas creemos que el único sustituto que eliminaría las múltiples disposiciones ambiguas que están en controversia entre Obamacare y Trumpcare sería un sistema universal, aunque sepamos que esa alternativa sería totalmente inaceptable para los republicanos.

Todo parece indicar, que tras siete años criticando sin presentar alternativas reales, los republicanos tendrán que tranzar por un Obamacare mejorado, o pagarán un caro precio político en las urnas.

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