Luce López Baralt

Con Acento Propio

Por Luce López Baralt
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¿Qué será de mi Borinquen?

El huracán San Felipe asoló Puerto Rico en 1928. Justo un año después, el desplome de la Bolsa en Estados Unidos vino a agravar la situación de nuestro lastimado país. No nos extrañe que en ese aciago 1929 el jibarito emblemático de Rafael Hernández entonara su “Lamento borincano”. La vida en la isla se había tornado cada vez más amarga: la indiferencia de la metrópoli, unida al decaimiento de la industria de la caña, con su trágico "tiempo muerto", trajeron hambre, descalcez, parásitos, desempleo. La denuncia musicalizada del bardo aguadillano medía nuestra desdicha con exactitud: El pueblo está muerto de necesidad....

Hace muchos años nos parecía que nuestra modernidad había logrado superar la estampa costumbrista de aquel jíbaro que intentaba mercadear víveres y esperanzas en una ciudad arruinada, digna de la pluma oscura de Zeno Gandía y propia de una etapa previa a la industrialización. Duele reconocer, sin embargo, que cada vez estamos más hermanados con el lamento hernandiano. A la desgracia de nuestro desplome fiscal, manufacturado por la torpeza corrupta de varios gobiernos con la “oportuna” ayuda de los buitres de Wall Street, se ha unido otro crash, esta vez moral, por el que hoy atraviesa Estados Unidos. Como si estuviese en medio de la Depresión de antaño, el gobierno regatea la ayuda para desastres que por ley federal ya era nuestra. ...El tirano te trat[a] con negra maldad...: los versos de Rafael Hernández han mantenido una vigencia perturbadora. Washington ha dado un dramático giro político en su actitud para con su “territorio" y, por decisión unilateral, ya no somos un Commonwealth o Estado Libre Asociado, ni mucho menos la vitrina del Caribe, ni tampoco candidatos a la integración como estado o a la dignidad de la soberanía, sino una posesión territorial desprestigiada que parecería resultarle cada vez más incómoda a la administración de Donald Trump.

A estas desgracias de manufactura humana se han unido, con extraña precisión cronológica, tres fenómenos naturales que, en su ominoso conjunto, parecerían superar el cataclismo de San Felipe: Irma, María y la serie de terremotos que recibimos como irónico regalo de Reyes. Estos trastornos geológicos, que aun persisten, confunden al país: ¿son réplicas del terremoto de la madrugada del 7 de enero, o son temblores independientes? ¿Cuánto durarán? ¿Es casual que tiemblen Cuba, Jamaica y el canal de la Mona precisamente ahora?

Observó atinadamente el economista José Caraballo Cueto que los fenómenos naturales no tienen por qué convertirse en desastres. Se convierten en desastres por las decisiones desacertadas de unos pocos. México, California y Chile se recuperan de sus sismos: María, en cambio, nos viene durando años. ¿Cuánto durarán ahora los efectos de esta danza sísmica interminable?

Resulta penoso que nuestra primera reacción a esta nueva realidad fiscal, política y natural haya sido dividirnos. El detonante más reciente fue el hallazgo de los almacenes de NMEAD, repletos de artículos de primera necesidad, muchos de ellos expirados. La indignación colectiva no tardó en explotar y ante su furor, el gobierno que precariamente habíamos formado tras la abrupta salida de Ricardo Rosselló entró en pugna consigo mismo. A house divided against itself cannot stand. Es el peor momento para las luchas políticas intestinas, que retrasan la acción conjunta y la concentración que se requieren para sacar al país de su infortunio. La sensación de soledad y abandono del pueblo se agigantan, máxime ante la indiferencia despectiva de Washington.

El pueblo se tiró a las calles para denunciar tanta calamidad mal manejada. Intentamos revivir el verano del 19, pero fue en vano. Las marchas multitudinarias veraniegas, con su mesurada dignidad y su mar ondulante de banderas monoestrelladas, serán recordadas siempre como una instancia sorprendente de unión puertorriqueña. De súbito el pueblo le dio la razón al Topo: por unos momentos tuvimos libre tu cielo, sola tu estrella. La unión como país fue instintiva y espontánea, no partidista, como cumple cuando se trata de una vivencia colectiva auténtica. Aquellas marchas, como la de Vieques, fueron, por más, exitosas y lograron su cometido: sacamos del escenario a políticos corruptos y acabamos con los bombardeos militares de la Isla Nena.

Lamentablemente, estas nuevas marchas, poco concurridas, no lograron su cometido. Acaso había demasiado desgaste, demasiado escepticismo en el país. Lo que sí consta es que la violencia que se desplegó durante las manifestaciones dio pie a una polémica pública que nos dividió aun más. ¿Se justificaba la violencia del encapuchado ondeando su martillo para destruir adoquines sanjuaneros y para convertir la capital en escenario de caos? Algunos entendieron que el estallido de cólera social era comprensible y otros censuraron sus excesos. Salta a la vista, sin embargo, que estas marchas no gozaron del apoyo que tuvieron las del verano pasado, cuya ejemplaridad y éxito nadie puso en duda. Vale aprender de lo vivido: en Puerto Rico las manifestaciones populares funcionan cuando cuentan con un clima de unidad y de moderación, el único que atrae multitudes variopintas: personas en sillas de ruedas y ciudadanos sin filiaciones partidistas. Por puro pragmatismo, y para que los desahogos públicos nos resulten mejor en el futuro, importa recordar que, para bien o para mal, en la mentalidad puertorriqueña, un ciudadano caminando precariamente en andador y un martillo en alto no conviven bien. Tampoco nos suele gustar que la capucha, que siempre genera graves dudas identitarias, represente nuestro rostro colectivo. Difícil imaginar a Gandhi destruyendo las calles empedradas de Nueva Delhi o disimulando su identidad tras una máscara improvisada. Vale que seamos buenos estrategas y canalicemos nuestra indignación por caminos útiles, no divisorios.

Los pueblos, comolas personas, están abocados a repasar más de una vez las lecciones que nos da la historia. Vale que las examinemos con serenidad y nos miremos con valentía en nuestro propio espejo: hemos dado una respuesta poco satisfactoria a los desastres naturales recientes, y la incompetencia y las luchas de poder han terminado por dividirnos aun más. Es crucial unirnos, porque nos va llegando el momento de tomar el pulso a nuestra presente relación con Estados Unidos: un país mendigo y humillado a perpetuidad no puede tener un futuro alentador. Aprendamos del pasado y apostemos al futuro.

Tendremos muchas más oportunidades históricas de crecer como país y de lograr que esta etapa de desdicha sea transitoria. Aun nos quedan el diálogo y las urnas. Y cuando nos preguntemos ¿qué será de Borinquen, mi Dios querido?, sepamos que todos juntos podríamos convertir nuestro prolongado lamento borincano en todo un himno de alegría...

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sábado, 28 de diciembre de 2019

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