Edgardo Rodríguez Juliá

Puertorro Blues

Por Edgardo Rodríguez Juliá
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Soy el hombre invisible

La primera vez que oí de la compulsión hacia la invisibilidad fue a mediados de los setenta. Me visitó un poeta puertorriqueño con residencia en “el Village” de Nueva York. Me aseguró que deseaba ser invisible. No quería que lo consideraran un ghetto poet, un escritor de minorías culicagadas. Eso me indignó; en aquel entonces era pipiolo, interlocutor de Don Juan Antonio Corretjer y aún no había descubierto la ironía. Tuve que contenerme; aquella confesión me la había hecho en la sala de mi casa; era necesario que me tragara semejante sapo de la autonegación y me acomodara a los modales que aprendí en Aguas Buenas para comportarme ante mi tía de Caguas.

Luego, a principios de los ochenta, fue el mismísimo Vate quien me aseguró que, justo, entre los designios suyos estaba la invisibilidad nuestra: Con voz pastosa y afásica me aseguró, en una loca interlocución que tuvimos, que ya después de una segunda generación los puertorriqueños desapareceríamos en el melting pot americano. Eso también me indignó. Aquello equivalía a la crónica de un genocidio anunciado. Ya había descubierto la ironía y también la sátira; mi venganza fue escribir el libro “Las tribulaciones de Jonás”.

Hace unos años comencé a reconsiderar la indignación; eso me sabe a Unamuno, a gente que sufre la patria y les duele el país. Necesito una dosis de Jet Blue. Me presento a uno de esos vuelos sobrevendidos de boricuas, compatriotas del Norte. Me fijo en el más pintoresco: calza tenis Adidas y medias deportivas blancas; los pantalones cortos son irresolutos, como la Libre Asociación; le llegan hasta las pantorrillas, pero no llegan a taparle las medias deportivas. Para viajar en avión usa camisilla y tres vueltas de cadenas de oro, luce sombrerito de ala corta y tiene las cejas acicaladas; su panza es de cerveza Presidente que aprendió a tomar con su pana dominicano. La mujer obesa usa metededos flip flops y la panza le cuelga sobre los pantalones cortos in your face; es la doña con adicción a las ofertas del McDonald's; también usa sombrerito de ala corta, esta vez con una plumita. Hablan en un Spanglish South Bronx; lo reconozco porque dicen “¿vites?, ¿vites?” en vez de “¿viste?, ¿viste?”, mientras se enseñan algún vídeo turístico selfie de ellos tomado en Orocovis. Me salen los prejuicios pequeño burgueses de mi tía de Caguas. Entonces quiero volverme invisible ante esos compatriotas. La vergüenza ajena no basta; quiero borrarme del todo.

Una vez se debilita el ego nacional, a causa de la autonegación, debemos fortalecerlo con los ejercicios espirituales del deporte. Carlos Arroyo ventea la camiseta de Puerto Rico al vencer a Estados Unidos y recuerdo que en los años setenta se me hacía difícil creer que un baloncelista con el nombre de Butch Lee fuera puertorriqueño. Nunca estuve muy convencido. Más recientemente Carmelo Anthony también vino a La Perla a reclamar puertorriqueñidad y jugar cocina con los muchachos que venden las bolsitas con la carita feliz. Carmelo también es ¡de la raza invisible! Su parentesco con nosotros es el mismo de Sammy Davis Jr., es decir, bastante disimulado, morenos afroamericanos de ¿supuestas madres puertorriqueñas, como el físico Neil de Grasse Tyson? Pero entonces Nelson Arenado, el jonronero de los Rockies, también me lo quieren endilgar como boricua, lo mismo que Giancarlo Stanton y el lanzador Jake Arrieta. Mientras tanto, en El País, el jazzista flamenco Jerry González proclama en entrevista que su ascendencia es española y jamás consumió bolsitas con la cara feliz cerca de Fort Apache en el Bronx. Basta un cintillo de ADN puertorriqueño para proclamar la boricuada o avergonzarnos de ella. La invisibilidad es acomodaticia, pragmática, oportunista.

Ya estamos listos para alguna premisa irreductible. La mayoría de los puertorriqueños viven en el Norte, ergo, o tienen visibilidad excesiva —como las parejas recurrentes de Jet Blue— o simplemente, tarde o temprano, les llegará la hora del genocidio muñocista. Noción interesante esta última, porque he descubierto que la puertorriqueñidad —mejor boricuidad, porque la puertorriqueñidad tiene connotaciones dramáticas— es, en última instancia, un reclamo que uno hace ante la Historia.

Cuando nos enfrentamos a la nacionalidad así, meramente como reclamo, también debemos preguntarnos: ¿qué diantres es un puertorriqueño? Por ejemplo, alguien que reclame serlo en segunda o tercera generación de la diáspora, con qué requisitos debe cumplir. Según el prestigioso Centro de Estudios Puertorriqueños de Hunter College bastaría con que uno de los padres fuera puertorriqueño. Con eso basta. No se exige haber leído “La llamarada”. Basta con que su padre o madre sea puertorriqueño. El Spanglish se admite, y aún en su variante más nociva, que es la de Guaynabo City.

Me tranquilizo los nervios cuando miro las fotos de puertorriqueños ilustres de la diáspora: Nydia Velázquez parece haber bailado mucho en el Cheetah, José Serrano tiene el mostachón de macharrán de barriada, Luis Gutiérrez es lo que llamaba una amiga de Guaynabo City Puerto Rican cute y tiene cara de poder sostener una Palmolive y janguear en la placita, evocar El Naranjal de Isla Verde. La Jueza Sotomayor, con su linda sonrisa, que brilla en los ojos, parece una de esas tías jamonas puertorriqueñas que les da buenos consejos a los sobrinos sobre cómo evitar los emojis de La Perla. Rita Moreno sería mi favorita. Tiene ese acento que a veces se desliza hacia el Spanglish, es “pizpireta”; siempre parece dispuesta a convencernos de que no ha dejado de soñar con comerse un arroz y habichuelas en Juncos.

Gente nada invisible, ¡por Dios!, todavía con la mancha de plátano, la tache de plantane. Comparemos estos patriotas con Ted Cruz y Marco Rubio. Ted Cruz se ve gringo, piensa como nuevo converso, ya no es exiliado ni pertenece a diáspora alguna, parece haber sido reclutado por la maestra de octavo grado para ser la bruja de Hansel y Gretel. Para ser descendiente de un pueblo nacionalista que creó el bolero, que engendró a Fidel Castro, que inventó el ajedrez moderno, Rubio sí que se ha invisibilizado, borrado de la cubanidad con su pinta de valedictorian de Marista, fatalmente alejado del Metropol y la tertulia de Ramiro Martínez.

En fin, los puertorriqueños isleños y diasporizados no estamos tan pintados en la pared, borrados del mapa por los oscuros designios del Imperio de la Maldad.

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