Mayra Montero
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En el reino dichoso de la coliflor

El nuevo coronavirus ha venido aparejado con una moda, yo no digo que repugnante ni nada de eso —a buen hambre no hay mal pan—, pero sí aparatosa: la coliflor.

Pienso que había una excedencia de coliflor en los mercados mundiales y desde entonces se ha producido una especie de enmascaramiento culinario, consistente en disfrazar la coliflor y convertirla en otras cosas: en arroz, en “crust” para pizza, “crust” para cheesecake, y además en huevo, carne, infusión, leche, ¿quién no ha probado la leche de coliflor?

Ir a la sección de los congelados en el supermercado es enfrentarse a una hemorragia de productos que no son lo que solían ser, sino coliflor.

Hay papas fritas, majados listos para calentar, ensaladas, pastas (lo que es el espagueti de toda la vida), cualquier cosa a base de coliflor.

Basta.

Algo nos están dando con la coliflor. No confío ni un poquito así en esas modas agobiantes, acompañadas por una propaganda arrolladora. Ah, que la coliflor es magnífica. Pues supongo que sí, pero es bastante sospechoso que la vayan infiltrando en los alimentos típicos del mundo (la coliflor como mercenaria cultural), como el casabe, el sorullo y la quinoa.

¿Y si en la coliflor están echando algo que nos vuelve medio zombies, es decir, más zombies de lo que somos?

He visto empanadillas de coliflor rellenas de coliflor. Coliflor con sabor a carne, a queso, a guayaba. Me entran deseos de decirle a la gente que no se deje embaucar. Pasearme con un cartel en los semáforos y prevenir a la gente de que hay un plan oculto.

Se ha convertido en intolerable entrar a un supermercado y tropezarse, por ejemplo, con las típicas galletitas de avena, pero de coliflor. Por eso no mando a buscar nada. Tengo varias amigas que, para protegerse del Covid, hacen sus compras por internet y se las llevan a la casa. A mí me gusta mirar y escoger yo los paquetes, fijarme en la fecha de vencimiento, asegurarme de que no me están dando coliflor por liebre.

Me ha llamado la atención que eso mismo suele hacer el todavía presidente de la Junta de Control Fiscal, José Carrión. En la entrevista que publicó ayer este diario, decía que al principio no podía ir al supermercado porque a lo mejor se le acercaba alguno para increparlo, pero que ahora con gorra y mascarilla, puede ir tranquilamente y nadie lo reconoce. Yo conozco a varios hombres de negocios, y profesionales de distintos gremios que jamás entran a un supermecado, siempre van las esposas o las empleadas domésticas. Así que dice mucho en favor de Carrión que se meta entre las góndolas y se ponga a observar el guacamole de coliflor, los “muffins” de coliflor, y la mezcla para bacalaítos de coliflor.

Visto lo visto, y lo que nos viene para arriba, solo me resta decirles una cosa: éramos felices y no lo sabíamos.

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