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Cuidar los océanos abona al fortalecimiento del país

En medio de una situación paradójica se celebra hoy, 8 de junio, el Día Mundial de los Océanos. Es que, por la vía desafortunada del confinamiento a causa del COVID-19, las costas y los mares del mundo han experimentado un imprevisto alivio que se hace notar en los fondos marinos y las especies en vía de extinción.

La fecha, instaurada por la Organización de las Naciones Unidas, es más que un recordatorio de la importancia que tienen los mares en nuestra vida presente y en la supervivencia de las próximas generaciones. El cambio climático ha estado golpeando fuerte el equilibrio químico de las aguas, lo que ha tenido gran repercusión en las poblaciones costeras, con énfasis particular en las zonas propicias al desarrollo de tifones o huracanes.

Las “islas” de basura, especialmente de plástico, que se han formado mayormente en el Océano Pacífico y en Mar Mediterráneo, son solo una muestra de la catástrofe que se cierne sobre los océanos, afectados por la erosión que el mismo oleaje provoca en las costas, y que arrastra gran cantidad de escombros.

Coincidiendo con esta celebración mundial de los mares, la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica (NOAA, por sus siglas en inglés), está requiriendo que se limite la pesca del pez espada y algunas especies de tiburón, entre otras medidas de protección a la fauna y flora del mar. No podemos soslayar que la explotación de los océanos, tanto en la pesca comercial como en la deportiva, debe empezar a ser regida por la nueva realidad del cambio climático.

Aquí en Puerto Rico somos un ejemplo urgente de la necesidad de reevaluar el cuidado que reciben las playas, especialmente los arrecifes de coral, todo un emblema natural hostigado por los vertidos ilegales, la navegación indiscriminada, y la gran cantidad de escombros producto de derrumbes costeros.

Probablemente van a coincidir, en los próximos meses, el fin del confinamiento con el período más activo de las actividades playeras y marítimas en general. El hecho de que, en algunas zonas del litoral, ya hayan aparecido mascarillas y guantes usados, es indicio de lo que puede ocurrir cuando finalmente se abran los balnearios, a falta de un mayor grado de conciencia sobre nuestro recurso más preciado.

Hace poco, se investigaba el “hallazgo” de unos fragmentos de coral que, presuntamente, habían sido arrastrados a la orilla y recogidos por una ciudadana. Al mismo tiempo, los científicos presagiaban un posible episodio de “blanqueamiento de corales” debido a las altas temperaturas que se estaban registrando en el Atlántico. Un experto además indicaba que tenían que darse condiciones muy extremas para que el mar arrastrara trozos de coral a la orilla.

República Dominicana y Jamaica son dos de los países que mayor provecho sacan de la biodiversidad de sus mares. Pero Puerto Rico también forma parte del maravilloso conjunto de 26,000 kilómetros de arrecifes de coral, que atraen a turistas de todo el mundo.

Disminuir el nivel de calentamiento en los océanos, que provoca fenómenos catastróficos como el huracán María, es tarea global, que corresponde a todos los países y habitantes del mundo. Proteger las aguas territoriales, hacer obedecer las leyes dirigidas a conservar la biodiversidad marina (que existen, pero no se respetan) es una tarea también comunitaria, que no se les puede dejar exclusivamente a las agencias locales y federales.

Hay que aprovechar la oportunidad que nos ha dado esta pausa, para recomenzar el disfrute del mar desde otra perspectiva.

Cuidar del privilegio de estar rodeados de agua, es otra forma de reconstruir a Puerto Rico.