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Cumplir con la gran misión de educar a todos con éxito

Del éxito de la educación de las nuevas generaciones depende un porvenir justo e igualitario. Por lo tanto, el año escolar que está por empezar es uno de los más grandes retos que enfrentamos como sociedad, y al que tienen que entregarse con el mismo afán el Departamento de Educación y los adultos de hogares con niños.

De lo contrario, dentro de un año podrían ahondarse las diferencias entre los que pudieron asimilar las clases, y los que no pudieron seguirlas. Hace unos meses, cuando empezó la pandemia, era difícil prever que llegaríamos a agosto, no solo usando mascarillas y limitando nuestras actividades regulares, sino viendo los contagios aumentar y temiendo que el COVID-19 desborde los hospitales.

El secretario de Educación, Eligio Hernández, ha anunciado que las clases comenzarán a distancia el 17 de agosto. Las escuelas serán desinfectadas el 10 de agosto, tras la contienda primarista, y los maestros podrán volver a los salones el 11 agosto. Es de esperar que, tomando todas las medidas de distanciamiento y protección, se preparen para impartir sus clases procurando la mejor y más saludable comunicación posible dentro de las circunstancias.

Es bueno para los estudiantes ver que los maestros están en sus puestos de trabajo, rodeados de una “normalidad” a la que pertenecen, aunque las clases las reciban de manera virtual en sus hogares. Ese sentido de pertenencia es uno de los elementos base en el éxito de la educación a distancia.

Otro elemento complementario es que el estudiante cuente con las condiciones mínimas para concentrarse en las lecciones. El Departamento de Educación debe asegurarse de que los niños —también sus padres o tutores— cuenten con el equipo y el entrenamiento básico para conectarse de manera efectiva y puntual. Preocupa que los equipos tecnológicos no estén del todo disponibles para el inicio del curso. Además, muchos estudiantes conviven con personas de edad avanzada que no dominan las técnicas de comunicación virtual. Los niños entienden rápido, más habituados al uso de celulares y tabletas, pero no pueden quedar rezagados aquellos a los que se les hará cuesta arriba, sin que nadie en casa pueda ayudarlos.

La colaboración televisiva, anunciada por el secretario y que transmitiría a través de WIPR, ha dado excelentes resultados en otros países donde los recursos tecnológicos no están al alcance de todos. En Puerto Rico, por televisión se ofrecerían herramientas emocionales y de apoyo técnico a los estudiantes con dificultades para adaptarse a la nueva modalidad.

De este apoyo televisivo también pueden aprovecharse los adultos, a quienes les toca un período de importantes cambios. Muchos padres, poco a poco, tendrán que reintegrarse a la actividad laboral, y hacer ajustes adicionales con los menores que tomen clases virtuales. En ocasiones, tienen dos o tres estudiantes en distintos grados.

Si antes descansaban en la confianza de que el maestro imponía la disciplina y la atención en el salón de clases, ahora los progenitores tendrán que supervisar, creando un ambiente sosegado y sin distracciones para el estudiante. No se puede soslayar la importancia de que los adultos tomen conciencia de que el éxito o fracaso escolar de sus hijos depende también de ellos.

El Departamento de Educación, con sus grandes recursos estatales y federales, tiene la indelegable responsabilidad de procurar que cada niño, incluidos los de educación especial, reciba la educación a la que tiene derecho.

El restablecimiento de la actividad escolar será una gran prueba para Puerto Rico, ante los desafíos salubristas, tecnológicos y académicos que encara. Superarlos, en lo inmediato y a largo plazo, requiere la colaboración proactiva de la comunidad de padres, respaldada por un proceso gubernamental organizado que deje atrás las prácticas deficientes que echaron a perder buena parte del tiempo lectivo del diverso cuerpo estudiantil. La agencia tiene el deber de viabilizar los logros académicos de una generación de la que depende el futuro del país.