La indiferencia es, quizá, la forma más cruel de maltrato hacia nuestros adultos mayores. Y el silencio que la acompaña suele ser su cómplice más leal. Esta vez, una reciente noticia dura e incómoda rompió esa quietud y nos obligó a mirar de frente una realidad que preferimos no ver: la mayoría de los abusos contra personas de edad avanzada no ocurre en instituciones, sino en los espacios que deberían protegerlas —la casa, el vecindario, el entorno íntimo donde la fragilidad pide afecto, no violencia.
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El desafío ético de cuidar a nuestros mayores
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