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Hagamos frente al horror de la trata humana

La conmemoración, este pasado 30 de julio, del Día Internacional Contra la Trata de Personas ofrece un buen momento para reflexionar y aprender sobre este grave problema que afecta a millones de desdichados seres en el mundo y del cual en Puerto Rico, para sorpresa de muchos, no estamos exentos.

Se encuentra entre los crímenes más abominables, pues se trata del tráfico de seres humanos como si fueran mercancía para forzarlos a participar en regímenes que en casi nada se distinguen de la esclavitud que creíamos enterrada en el pasado, en trabajos forzosos o en explotación sexual. Es un horrendo destino del que sufren hoy unos 20 millones de personas, según cálculo de diversas organizaciones de derechos humanos.

Esa es una cifra seguramente subestimada, pues se trata de una actividad siniestra que por lo general ocurre bajo la superficie, aunque puede estar, como dice el refrán, oculta a simple vista. Según la organización Human Rights First, el 64% de las víctimas de trata de personas está sometida a trabajos forzados; el 19% es víctima de explotación sexual y el 17% es obligado a trabajar sin paga por gobiernos.

En el único estudio formal sobre este problema en Puerto Rico, publicado en 2010 por el sociólogo César Rey bajo el auspicio de la Fundación Ricky Martin, se identificaron tres modalidades principales de trata de personas aquí: prostitución forzada de inmigrantes indocumentadas, diversos esquemas de explotación sexual de menores, incluyendo aquellos bajo la custodia del Estado y explotación laboral de menores, especialmente en el mundo del narcotráfico.

La manera en que se ha continuado deteriorando la vida social e institucional en Puerto Rico durante los pasados diez años, más la ausencia de acción contra las denuncias hechas en ese informe, no permite albergar la esperanza de que en el tiempo transcurrido desde 2010 hayan desaparecido por arte de magia dichos problemas.

En nuestro vecindario, igualmente, se han detectado instancias aterradoras de este problema. Por ejemplo, la UNICEF, el organismo de Naciones Unidas sobre la niñez, estima que el 10% del total de niños en Haití trabaja forzosamente en labores domésticas. En Estados Unidos, el propio gobierno federal reconoce que la trata de personas es un problema notable dentro de sus propias fronteras, sobre todo con mujeres que, sin permiso para residir en el país, quedan atrapadas en patrones de explotación sexual.

Es muy importante, para comprender la magnitud más profunda de este problema, trascender las cifras. Cada una de las 20 millones de personas presa en estos esquemas es una vida que tiene sus derechos y sus sueños, tan humanas y dignas como cualquiera de nosotros. Se trata de mujeres, niños, hombres, ancianos, despojados de los atributos más elementales de la vida, como lo son la libertad, el libre albedrío, la recompensa por lo trabajado, el control sobre sus propios cuerpos y el derecho a educarse y procurarse una mejor vida.

En fin, que no son solo números, que son vidas.

Las cifras sí nos revelan que se trata de un problema monumental, una tragedia global que se ensaña contra los más vulnerables, personas que, a menudo obligadas a dejar sus propios países por hambre, inestabilidad política o guerra, caen en manos de seres desalmados y de organizaciones criminales transnacionales que les convierten sus vidas en infiernos en la tierra.

¿Qué podemos hacer nosotros, los ciudadanos, para enfrentar un problema de esta enorme magnitud? Una catedral se levanta bloque a bloque y, por lo tanto, si cada ciudadano del mundo pone su propio bloque, con el tiempo se le podrá hacer frente a este infernal flagelo. Podemos educarnos, denunciar, propagar información que ayude a identificar y combatir estos crímenes.

En pocas palabras, hagamos todo lo que esté a nuestro alcance, desde nuestras circunstancias de vida particulares, para erradicar este horrendo mal social.