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Honremos el supremo sacrificio de policías caídos

La sociedad puertorriqueña está justamente consternada por el asesinato de tres policías, perpetrado el lunes, mientras cumplían con su deber en Carolina.

Los agentes Luis Marrero Díaz, agente estatal, y Luis Salamán Conde y Eliezer Hernández Cartagena, de la Policía Municipal de Carolina, son auténticos héroes cuyos tristes decesos, además de estremecernos en nuestra fibra más profunda y requerir la más rigurosa investigación, nos obligan a reflexionar sobre las razones por las cuales Puerto Rico sigue siendo, trágicamente y después de tanta discusión, una jurisdicción tan violenta.

Es urgente encontrar soluciones sostenibles a este mal que desgarra a nuestras familias.

Los agentes Marrero Díaz, Salamán Conde y Hernández Cartagena perdieron la vida durante una intervención en Carolina con un sujeto que, por razones que se desconocían ayer, disparó contra dos agentes que fueron a investigar un choque y después huyó cometiendo otros crímenes en el trayecto.

El martes en la madrugada fue hallado un cadáver junto a un letrero en cartón que señalaba a este occiso como el responsable de las muertes de los agentes. Las autoridades buscaban corroborar si, en efecto, esa fue la persona responsable del crimen contra los agentes del orden público.

Urgimos a las autoridades a conducir esta pesquisa con el más alto grado de rigurosidad, profesionalismo, prudencia y pericia, de manera que no ocurra lo que lamentablemente es tan común en Puerto Rico: no se logra fijar responsabilidad por la inmensa mayoría de los crímenes.

Esa cultura de impunidad, de paso, es una causa importantísima en esta epidemia de violencia que nos ahoga hace décadas y nos enfrenta demasiado a menudo con desgracias como las de los agentes muertos en Carolina.

El gobierno celebró que el 2020 fue el año con menos asesinatos en la isla desde 1989. Al celebrar la cifra, sin embargo, pasó de largo que, no obstante, 529 personas perdieron la vida de manera violenta en la isla y que, aun con la baja, seguimos siendo una jurisdicción muy violenta.

Para entenderlo, conviene comparar esa cifra con países de mucha más población, pero sin nuestro grave problema de violencia. En 2019, en Canadá, que tiene 37 millones de habitantes, hubo 678 asesinatos. En el Reino Unido, con 66 millones de habitantes, hubo de marzo de 2019 a marzo de 2020, 769 asesinatos. En el 2020, Puerto Rico tuvo 17 asesinatos por cada 100,000 habitantes, tomando como base una población de 3.2 millones. En el caso de Canadá y Reino Unido, fueron 1.9 y 1.1 por cada 100,000 habitantes, respectivamente.

Las causas de que tengamos este espantoso problema de violencia las hemos discutido a la saciedad. Desigualdad social, altos niveles de pobreza, un sistema de educación pública muy deficiente, difícil acceso a servicios de salud mental, políticas anticuadas en el manejo de la drogodependencia y un sistema de justicia criminal implacable incluso con crímenes menores, que encarcela a mucha más gente de la que merecería ir presa.

Cuando la letal carga de ese coctel de violencia y crimen que resulta de esas fallas sistémicas se lo dejamos prácticamente solo a una policía deficientemente entrenada, mal paga, desmoralizada y sin los equipos adecuados, ocurren con demasiada frecuencia tragedias del tipo de las que hoy nos tiene consternados.

Llevamos demasiado tiempo empantanados en este problema del crimen, dando vueltas siempre en torno a los mismos enfoques punitivos y legalistas que han probado que no son la solución. Con un nuevo gobierno en funciones, y motivados por el horror que todos hemos sentido ante el deceso de los tres valerosos agentes que dieron su vida por Puerto Rico, es un buen momento para, por fin, tratar de emprender nuevas rutas que ayuden a quitarnos de encima este viejo problema.

Sería la mejor manera de honrar el supremo sacrificio hecho por los policías caídos en Carolina.

 

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