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Justicia social para erradicar la raíz de la violencia racial

Aplacar la espiral de violencia en que se hallan sumidas cientos de ciudades en Estados Unidos, tras la muerte del afroamericano George Floyd a manos de la Policía, es indispensable para reconocer la magnitud del uso discriminatorio de la fuerza excesiva. Con ello, urge encontrar soluciones honestas y permanentes a la herida abierta de la que sale la rabia ciudadana extendida por las calles.

Es un hecho que el presidente Trump no ha estado a la altura de los acontecimientos. Esta vez, al parecer el mandatario y sus asesores subestimaron la fuerza de la indignación causada por las terribles imágenes de la detención y del fallecimiento de Floyd.

Es muy difícil que un ser humano, sin distinción de raza, educación o filiación política, no se sienta aludido y avergonzado por las escenas que han recorrido el mundo: un hombre esposado, reducido a la indefensión absoluta, que agoniza pidiendo que se le permita respirar. Transeúntes intentan hacer recapacitar a un agente que luce impávido. Y el maltrato que se le sigue infligiendo a la víctima cuando ya posiblemente está muerta.

El nivel de crispación y angustia que se vive a nivel global, especialmente en Estados Unidos, donde la dimensión del COVID-19 está alcanzando los dos millones de contagiados y los fallecimientos suman más de 104,000, se perfila como uno de los detonantes del coraje que ha arrasado las calles. Los incendios y saqueos se producen en medio del avance incontenible de multitudes, entre las que quizás haya elementos ajenos a los reclamos genuinos de justicia.

Las fuerzas del orden, con la imagen mancillada por el protagonismo de algunos de sus miembros en incidentes cuestionables que han resultado en la pérdida de vida de afroamericanos y otras minorías, no dan abasto para resguardar ni vida ni propiedad. El saldo incluye daños a cadenas comerciales, pero también a pequeños negocios de las comunidades afroamericanas y latinas. En una situación así, todos sufren, más aún en ausencia de una figura que pueda encauzar la indudable magnitud del dolor.

El fragor del levantamiento improvisado colisiona con los peligros de un rebrote del coronavirus en lugares donde empezaba a verse la luz. En las manifestaciones y los encuentros con la Policía, sobre todo en aquellas instancias en que se disparan gases lacrimógenos o balas de goma, es imposible mantener la distancia requerida para evitar contagios, aparte de que muchos pierden las mascarillas o se las quitan en las reyertas. Aun cuando marchan al aire libre, el hacinamiento es tal que las autoridades sanitarias han expresado su alarma.

Los señalados por la muerte de Floyd deben ser juzgados y responder por sus actos con todo el peso de la ley. Pero, más allá de la desgracia puntual de Minneapolis, la nación estadounidense merece que su liderato político y de la sociedad civil tome acciones precisas para poner fin a la ligereza con que las fuerzas de ley y orden menosprecian las vidas de las minorías.

Urge resolver el retroceso ético que vive una de las naciones más poderosas, en caída libre hacia un abismo de exabruptos, amenazas y falta de compasión que son caldo de cultivo de la peligrosa guerra que se libra en las calles.

Nuestro sentir, asimismo, debe estar con las comunidades puertorriqueñas en los estados afectados. Hermanos que han vivido el azote del racismo y que de distintas maneras expresan su solidaridad. Ahora deben agregar, a las vicisitudes de la pandemia, esta prueba de fuego que afecta sus aspiraciones y, en muchos casos, ha arrasado con lo que han ido construyendo.

El pueblo estadounidense escribe un capítulo crítico en su historia. No hay que recrudecerlo con los llamados a la represión. El momento necesita, no de severas respuestas militares, sino de una importante movilización de acciones y diálogo de comprensión y buena fe. La voluntad de justicia social es tarea del liderato político y de la sociedad civil de Estados Unidos.