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La gran tarea de unir a la sociedad estadounidense

El Congreso de los Estados Unidos ha certificado la decisión de la mayoría del electorado estadounidense de escoger a Joe Biden como el próximo presidente de la nación. Este paso trascendental pone coto los infundados, soberbios y peligrosos intentos procesales, judiciales y violentos de Donald Trump, y de sus seguidores, de mantener por la fuerza en la Casa Blanca al presidente derrotado.

Al certificar la voluntad sufragista, el Congreso ha defendido la Constitución y la democracia diseñadas para servir a todo el pueblo estadounidense. Superadas las amenazas de un grupo de legisladores republicanos, al final, el Congreso actuó en sabiduría. Especial mención merecen aquellos senadores y representantes de ambos partidos que en ningún momento flaquearon ante la presión proveniente de las fuerzas legales y populistas del inquilino de la Casa Blanca, ni ante el violento intento de insurrección ocurrido durante la jornada del miércoles, que se extendió hasta la mañana de ayer en el Capitolio.

Mientras las imágenes insólitas de la toma violenta del Capitolio circulaban alrededor del globo, el Congreso ha demostrado que acata su responsabilidad constitucional de avalar las decisiones del pueblo frente a cualquier acto que persiga desestabilizar su democracia. La Rama Judicial ya había hecho lo propio al frenar las alegaciones frívolas de Trump sobre irregularidades o fraude en los comicios presidenciales.

Trump tendrá una salida vergonzosa de la Casa Blanca porque no respetó los cimientos institucionales y boicoteó hasta el final la esencia de la ética republicana. Al destrozar toda intención de diálogo entre las distintas realidades sociales del país, ha dejado en manos de Biden la gigantesca tarea de curar las heridas que dividen a la sociedad estadounidense.

El próximo 20 de enero, el demócrata Biden juramentará defender la Constitución de un país que sufre una enorme polarización social, económica y política. El nuevo mandatario, y las demás ramas de gobierno, tienen ante sí una agenda de reconstrucción social impostergable que obliga a la búsqueda de justicia, respeto y equidad para todos. La mayoría en ambas cámaras legislativas, asegurada con la victoria demócrata en las elecciones senatoriales de Georgia, debe asistir en esa misión.

Termina la era de Trump con un caótico y penoso espectáculo doméstico e internacional, dejando a su propio Partido Republicano dividido, sentimientos de culpa en aquellos que lo apoyaron, y una mancha histórica sobre la que el pueblo americano deberá reflexionar.

Muchos países se han desmarcado del saliente presidente. Políticos y analistas han expresado que Trump es demasiado peligroso para que permanezca siquiera un minuto más en la Casa Blanca y que debe ser destituido mediante la aplicación de la Enmienda 25 de la Constitución.

En estos momentos en que nos despedimos de un período de oscurantismo, es preciso, igualmente, profundizar en lo que fue, desde sus inicios, la actitud de Trump hacia los medios de comunicación. El hilo conductor que va desde su gestualidad totalitaria, mediante el insulto y la expulsión de reporteros de sus conferencias de prensa, y que incluyó, el miércoles, ataques verbales a algunos de sus seguidores, delata una vocación discriminatoria que rechazó el papel de la prensa libre en la sociedad democrática.

En Puerto Rico hemos asistido con particular inquietud a los acontecimientos de las pasadas horas. No solo porque en demasiadas ocasiones Trump nos hizo objeto de sus despóticos comentarios y su actitud racista, y ha retrasado nuestra reconstrucción, sino porque hallándonos pendientes de la vacunación contra el COVID-19 y de la recuperación fiscal y económica, la estabilidad del gobierno federal incide sobre la nuestra.

No somos simples espectadores de los acontecimientos que tienen lugar en los Estados Unidos. Nuestra solidaridad debe estar también con la diáspora, esos cientos de miles de puertorriqueños que han sentido en carne propia los eventos en el Capitolio y un cuatrienio de inestabilidad e intranquilidad.

Confiemos en que pasaremos la página del infame episodio en el Capitolio que revela la agudización de conflictos graves en la sociedad estadounidense. Superar esas actitudes debe ser central en la gestión del nuevo presidente Biden, y de su vicepresidenta, Kamala Harris.

Estamos ante lecciones imprescindibles para la democracia, para el sistema de justicia, y para un pueblo que, dando sus libertades por sentadas, ahora sabe que debe protegerlas.

 

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