💬

La prevención puede detener la violencia racista

La orden ejecutiva firmada por Donald Trump, a fin de que se hagan cambios en las tácticas que utiliza la Policía para someter a la obediencia a los sospechosos, pudiera tener efecto a largo plazo. Pero la trágica situación que Estados Unidos vive en estos momentos hace urgente la implantación de medidas mucho más inmediatas.

Entre esas medidas de más rápido impacto está la reevaluación de los agentes del orden público, y sus antecedentes en el cumplimiento del deber. Tanto en el caso de George Floyd, asesinado en Minneapolis el 25 de mayo, como en el de Rayshard Brooks, muerto de varios disparos en Atlanta, el pasado fin de semana, sus victimarios contaban con presuntos antecedentes de abuso y querellas al respecto.

Por lo pronto, es necesario que los jefes policiacos de las distintas jurisdicciones identifiquen a los agentes que ya han dado muestras de impulsividad y que hayan recibido llamadas de atención por su conducta. En tales casos, y en estos momentos en que la indignación de las comunidades y manifestantes está a flor de piel, deben ser sacados preventivamente de la calle.

Si, por ejemplo, se hubieran atendido a tiempo las señales que había dado Derek Chauvin, el expolicía acusado del asesinato de George Floyd, otro tal vez hubiera sido el desenlace. Y si Garrett Rolfe, quien disparó varias veces contra Rayshard Brooks, frente a un restaurante de comida rápida en Atlanta, hubiera sido separado del cuerpo a raíz de un incidente anterior, vinculado también al uso inapropiado de su arma de fuego, no hubiéramos tenido que ver las imágenes de este otro gravísimo atropello contra la vida.

La orden ejecutiva del presidente tampoco ahonda en las causas estructurales del racismo, ni en el proceso educativo en materia de igualdad social, ni en la integración de las comunidades afroamericanas, que hoy como siempre están marginadas y sienten legítimo temor ante la posibilidad de caer en manos de un grupo de policías blancos.

La reacción de los detenidos es la típica reacción de pánico ante una actitud desde el principio hostil, como la que cuentan los vídeos que han salido a la luz pública. Es difícil dudar de que, en las mismas circunstancias, pero frente a una persona blanca que se encontrara ebria, el trato de los uniformados hubiera sido mucho más sosegado y condescendiente que el que Brooks recibió.

El racismo sistémico, de fondo, no se mitiga con cambios en la filosofía y tácticas de orden público, o el entrenamiento de jóvenes aspirantes que hoy se preparan en las academias. Por el contrario, enfocarse exclusivamente en la Policía puede tener el efecto de que se descuiden otras áreas sutiles de la convivencia, donde está el verdadero semillero del prejuicio y el rechazo. En otras palabras, el racismo no es un problema originado en la Policía.

Encadenar una muerte con otra, siguiendo un mismo patrón, en el que los policías actúan sin medir las consecuencias, lo que le cuesta la vidaa personas que han sido reducidas y esposadas o que ni siquiera estaban armadas, muestra un estado de descontrol, o de lo que es peor, de deshumanización de las instituciones. No olvidemos que una de las primeras muertes de esta terrible ola de crímenes ocurrió también en Georgia, a principios de mayo, cuando un expolicía y su hijo dispararon contra el joven Ahmaud Arbery, que solo se ejercitaba en su barrio.

Se impone una reflexión abierta de gobierno y ciudadanos y, sobre todo, un compromiso urgente de las autoridades de impedir a toda costa que estos hechos sigan acaeciendo. Uno solo, como ya hemos visto, es capaz de destrozar, no solo corazones, sino también ciudades.

La democracia vuelve a ser cuestionada.