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Medirnos con la tormenta en resiliencia y solidaridad

La tormenta que se acercaría esta noche debe poner a prueba la situación de Puerto Rico para enfrentarse al primer evento ciclónico luego de María, siendo todavía temprana la temporada de huracanes, y sabiendo que tenemos por delante al menos dos meses de intensa actividad.

La gran cantidad de lluvia que se espera, entre tres a seis pulgadas en la mayoría de los sectores, con máximas de entre ocho y diez pulgadas en zonas puntuales, es uno de los grandes problemas que siempre afectan a las comunidades que viven en lugares vulnerables. Aun después de la catástrofe de septiembre de 2017, muchas de estas familias no han tenido más remedio que permanecer en sus casas, algunas de ellas malamente remendadas.

Las ráfagas de viento preocupan sobremanera porque se ensañan contra los árboles. Un temor mayor de los ciudadanos, después de las amargas experiencias vividas, es que el sistema eléctrico colapse, como suele suceder tan pronto soplan las primeras brisas.

Lo que podríamos llamar un “ensayo” para el resto de la temporada, nos sorprende en medio del alarmante aumento en la incidencia de casos de COVID-19. Mientras algunos profesionales de la salud recomiendan volver a la fase anterior de confinamiento, el gobierno se enfrenta al gran dilema de decretar un cierre que marque un retroceso que afectaría más la economía.

El incremento en la incidencia del virus ha ocurrido en casi todos los países que han reabierto sus establecimientos, tales como centros comerciales, playas y lugares de ocio nocturno. Como hemos destacado anteriormente, aún se desconoce cuán capaz es el virus de transmitirse de una persona a otra a través del agua de mar o de los ríos. Puestos a pensar en los estragos de una tormenta, se desconoce cómo esta afectará la propagación de la enfermedad.

De acuerdo con la intensidad de la lluvia y los vientos, y las zonas afectadas, se determinará el número de refugiados. Tener equipo protector disponible, en circunstancias en las que muchos desconocidos van a juntarse para hacer su vida diaria, ingerir alimentos, dejar jugar a sus hijos y comunicarse en un espacio cerrado, es fundamental para que el fenómeno no provoque focos incontenibles que estallarían enseguida. Por primera vez en la historia, los refugios no serían los lugares distendidos y de socialización que han sido en otras ocasiones.

Asombra que estando todavía a fines de julio, ya estemos pendientes de una tormenta, y estando la isla ubicada en la senda de los huracanes, esto significa que la temporada pudiera abundar en sobresaltos.

Lo que menos imaginaba nadie era que, a tan poquitos días de las primarias, los colegios tuvieran que estar listos para dar abrigo a una cantidad indeterminada de ciudadanos que aún viven bajo un techo provisional. El gobierno debe arreciar el proceso de higienización, y los candidatos políticos, más que en levantar votos, deben volcarse en facilitarle la vida a la gente.

Por último, pero no menos importante, hay que apelar al sentido común de los ciudadanos, que deben asumir esta tormenta como lo que es: serias precipitaciones que pueden desbordar los ríos y causar deslizamientos, y vientos que pueden llegar a ser fuertes. Cada núcleo familiar debe establecer su plan de contingencia y, en la medida de lo posible, si la vivienda es segura, no salir de casa. Si por el contrario presentara algún riesgo, como en el caso de las estructuras que fueron afectadas por los terremotos, es preciso buscar alternativas sin pérdida de tiempo.

No se puede perder una sola vida. Hay muchos ancianos que viven en soledad y condiciones precarias. El gobierno y la población deben crecerse en lo que esperamos que ojalá sea un simulacro de cara a situaciones de mayor envergadura.

Demostremos resiliencia y solidaridad.