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Nuevo mundo surgido de las ruinas de la Zona Cero

Junto con las Torres Gemelas, hace hoy veinte años, se derrumbaron certezas que creíamos imbatibles, como que el territorio estadounidense estaba a salvo de la barbarie terrorista. La comprobación de que no era así transformó la realidad de millones de ciudadanos alrededor del mundo y marcó a varias generaciones.

Sobrecoge pensar que los niños que nacieron en el otoño de 2001, no solo en Estados Unidos, sino en muchos países europeos y asiáticos, donde luego han tenido lugar cruentos atentados, han llegado a ser hombres y mujeres con la percepción de que su entorno puede venirse abajo en cualquier momento.

Pocos de ellos pueden acordarse de los momentos de angustia que se vivieron aquella trágica mañana, cuando costaba creer que las imágenes que llegaban desde la Ciudad de Nueva York eran reales. Sin embargo, ese día marcaría la forma en que habrían de crecer y, en algunos casos, el de los héroes que cayeron combatiendo a los terroristas, marcaría su forma de morir.

La semana pasada culminó oficialmente la guerra que se originó a partir de los ataques del 11 de septiembre. Mucho antes, en mayo de 2011, efectivos estadounidenses habían ajusticiado al autor intelectual de la masacre, Osama Bin Laden, que se ocultaba en un remoto pueblo de Pakistán.

El trauma que siguió a la tragedia fue detonante para que se promulgaran recias leyes, no solo contra el terrorismo, sino contra toda actividad que involucrara la seguridad y la propiedad del Estado. Los aeropuertos se convirtieron en espacios rigurosamente vigilados, donde imperaba la desconfianza, sobre todo hacia aquellos que no respondían al prototipo del occidental.

Se denunció la existencia de vuelos secretos que transportaban a sospechosos aprehendidos sin el menor rigor de ley, encerrados luego en cárceles donde nunca se supo a ciencia cierta cuántos derechos se vulneraron. Guantánamo es un baldón todavía pendiente.

Septiembre 11 nos hizo a todos mejores, pero no ante toda circunstancia. Mejores al darnos la oportunidad de cerrar filas contra la violencia, y hacernos apreciar todo lo bueno que teníamos como ciudadanos libres, sin dar por sentado que estaría ahí para siempre. Pero también nos rodean sentimientos nacidos del dolor y la sorpresa, y del miedo a que volviera a ocurrir otro ataque similar. De ese miedo se aprovecharon ciertos sectores políticos que durante años han incitado al odio y al racismo, y cuya huella, aunque disminuida, sigue latente en la sociedad americana.

Este XX Aniversario de los atentados contra las Torres Gemelas y el Pentágono, nos sorprende, paradójicamente, en medio de otra difícil coyuntura marcada por el derrocamiento del gobierno afgano y el sonado triunfo de los talibanes.

El futuro de ese país mantiene en vilo a la comunidad internacional, toda vez que Afganistán y sus fronteras siguen siendo asentamiento de sanguinarios grupos terroristas. El difuso liderato que ahora ha copado el poder está compuesto por hombres que también eran niños cuando Bin Laden ordenó los ataques, y que han crecido al calor de las mismas consignas y fanatismos. Solo la presión internacional podría lograr que las fuerzas talibanas moderen su proverbial crueldad contra las mujeres y las ejecuciones arbitrarias.

La conmemoración del 11 de septiembre en Puerto Rico tiene dos vertientes: la de la reflexión democrática, tan oportuna también en tiempos de pandemia, y la del respeto eterno por los que perdieron la vida y por aquellos que, sin pararse a pensar en que podían ocurrir otros ataques, no vacilaron en correr a la Zona Cero.

Cabe destacar a los 35 integrantes del equipo de Búsqueda y Rescate Urbano de Puerto Rico, más los 15 bomberos que salieron hacia Nueva York al día siguiente. A ellos nuestra gratitud y recuerdo.

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