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Precedente nefasto contra la democracia estadounidense

El mundo entero ha observado, atónito y consternado, la peligrosa y vergonzosa situación de caos y violencia ocasionada ayer en el Capitolio estadounidense por seguidores de Donald Trump reacios a aceptar la derrota electoral del presidente incumbente, quien es responsable de incitar al rechazo de la decisión sufragista que es fundamento de la democracia estadounidense.

La sesión conjunta en la que el Senado y la Cámara de Representantes debían certificar el voto de los colegios electorales, cuya mayoría favoreció al demócrata Joe Biden como el presidente que juramentará el 20 de enero de 2021, fue interrumpida por hordas trumpistas que intentaron socavar por la fuerza la institucionalidad del gobierno estadounidense.

Al cierre de esta edición, el evento repudiable había cobrado la vida de una persona. Los actos debieron ser frenados desde su primer conato y con verdadera fuerza por el presidente saliente. Se ha tratado de un atentado contra la expresión del voto, los procesos electorales de los estados y los territorios con derecho al voto presidencial, y las decisiones judiciales que no dieron paso a las impugnaciones sin base de los resultados sufragistas.

Estados Unidos, y el mundo entero, necesitan que los disturbios cesen, y que el pueblo estadounidense vuelva a abrazar el respeto a su Constitución como tesoro de su democracia. Las acciones violentas han motivado el reclamo al vicepresidente Pence, presidente del Senado, a que aplique la enmienda 25 de la Constitución para remover a Trump del cargo presidencial de inmediato.

Ni los organismos de inteligencia estadounidenses, ni los propios congresistas que se disponían a certificar el triunfo de Joe Biden en las pasadas elecciones, debieron pasar por alto la posibilidad de que el Capitolio federal fuera objeto de un asalto que ha sido afrenta a toda la nación, y que marca un antes y un después en la historia de la democracia americana.

Dado el tono del discurso del presidente Trump en las pasadas semanas, las autoridades debieron suponer que podía producirse una situación, si no igual, al menos parecida a la que dinamitó uno de los eventos más solemnes de la transición de una administración a otra, tradicional ejemplo de la solidez del sistema.

El espectáculo que observó atónita la mayor parte de los estadounidenses, y que llenó de estupor a la práctica totalidad de los aliados —al igual que a los adversarios de los Estados Unidos—, no fue fraguado de un día para otro. Han sido años de manipulación, desplantes, injurias y falsedades supuradas en los tuits del presidente, y que poco a poco han encontrado eco en sectores de la población que se sienten, con razón o sin ella, descolocados en un mundo distinto.

Se confirma, con los penosos eventos de ayer, que el pueblo americano sufre un colapso social y político desde mucho antes de las elecciones, y que en la actualidad se halla más dividido que nunca.

El propósito de los exaltados era asegurarse de que un proceso que siempre se ha caracterizado por la elegancia del debate y el valor de las ideas, abortara en medio del caos causado por aquellos que han cedido a las teorías conspirativas y a la paranoia inculcadas desde la Casa Blanca.

Desde el principio, faltaron voces que llamaran a la prudencia. No fue hasta última hora y en una alocución ambigua —donde siguió refiriéndose a la patraña del fraude—, que el presidente Trump los conminó a retirarse. Demasiado tarde, puesto que el daño estaba hecho. Los protagonistas de la violencia ni siquiera se retiraron de las calles a pesar del toque de queda decretado en la capital federal.

Comprendemos que, con la llegada de los violentos a los hemiciclos, cundió el pánico y la confusión entre los congresistas, pero es evidente que desde mucho antes, cuando ya empezaron a rodear el Capitolio, los republicanos debieron reaccionar con lo que se esperaba de ellos: haciendo un frente común y mucho más enérgico.

Trump ha desafiado todo. Antes ignoró el diálogo, la amistad cívica, la majestad del cargo, los valores más preciados de la humanidad. Y en el reciente infame año dio un golpe mortal a la historia democrática de Estados Unidos y pasó por alto lo más sagrado: la vida de sus conciudadanos abatidos por la terrible pandemia del COVID-19. Lo de ayer es el corolario de su propia desgracia: una presidencia para el olvido.

La clara actitud provocadora del presidente Trump, no les deja ahora otro camino que el de desconocerlo públicamente como líder de la nación a la que ha infligido una de sus jornadas más amargas y vergonzosas. Queda pendiente ahora, luego del salvaje acto, la tarea de reflexionar en sus consecuencias y plasmar desde el propio Congreso, ultrajado, una respuesta valiente y decisiva.

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