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Protegiéndonos del COVID salvamos a los demás

La información difundida ayer miércoles sobre la manera en que se ha elevado la incidencia de COVID en Puerto Rico, en especial el número de hospitalizaciones, pone sobre los hombros de los ciudadanos, así como de la comunidad salubrista, la responsabilidad de evitar una nueva ola de contagios, atizada por las variantes del virus, que podría provocar la vuelta a los confinamientos.

A pesar de los exitosos esfuerzos de vacunación, con más de un millón de personas vacunadas, que incluye al personal sanitario, los ciudadanos de 60 años o más, y los que padecen ciertas condiciones de salud, queda una franja de edades que componen los adultos entre los 20 y los 60 años que no han recibido la vacuna. Son dos generaciones que están completamente expuestas si no toman en serio las medidas de prevención. El panorama se complica con aquellas personas que consideran que el COVID no representa mayor amenaza a sus vidas.

A la mayoría de los jóvenes contagiados el virus pudiera causarles un malestar leve, y a veces ningún síntoma. Pero esta particularidad es un arma de doble filo porque pudieran contagiar a sus padres y otras personas de su círculo cercano que tienen una edad en la que su salud podría complicarse.

Por otro lado, no existe la seguridad absoluta de que los jóvenes salen siempre adelante, como lo demuestra que en la isla se hayan reportado varios casos de adolescentes o jóvenes adultos que han pasado por salas de intensivo. También se han reportado desenlaces fatales.

Los favorecidos en las campañas de vacunación de esta semana, como ya han advertido los científicos, tardarán varios días o semanas en desarrollar la inmunidad. No es que se pongan la vacuna un día, y al siguiente puedan aglomerarse o compartir sin mascarilla o sin seguir las demás medidas preventivas. Aun a las personas que están vacunadas se les aconseja que sigan la acostumbrada rutina de protección, toda vez que pueden transportar el virus con ellas.

Además, todavía hay mucho desconocimiento sobre la severidad con que pueden atacar las nuevas variantes del COVID, entre ellas la brasileña, que lamentablemente ya se ha detectado entre nosotros.

Las autoridades sanitarias, las organizaciones privadas de salud y las fuerzas de seguridad se han esforzado por llevar a cabo una campaña informativa para reforzar la prevención entre la ciudadanía.

Por otro lado, las condiciones marítimas para esta semana se anticipan peligrosas en la costa norte. La cautela mayor debe imponerse ante las reiteradas advertencias difundidas a través de medios de comunicación, incluso mediante las redes sociales, sobre el peligro que corren los bañistas y las embarcaciones menores en esas y otras aguas.

La sabiduría y serenidad deberán guiar nuestras decisiones mientras compartimos en familia y con amistades. El compartir y la confraternización debe propiciarse en espacios abiertos, como ya es tradición en la Semana Santa. Guardar la distancia y observar medidas de la mayor higiene son imperativos. Los líquidos desinfectantes y las mascarillas son acompañantes obligados de cualquier tipo de actividad.

Como individuos y comunidades que atesoramos la fe o el respeto incondicional a la humanidad de todos los seres, este es el momento de dimensionar, en la espiritualidad y la solidaridad, la tragedia salubrista que por más de un año ha sobrecogido a la humanidad. Muchos han sufrido pérdidas y todos hemos vivido en la soledad y hasta el miedo. Pero se impone una gran lección de humildad con la que no contábamos y que nos ha vuelto más perseverantes y valientes.

Salvar a los demás, algo que en este caso logramos protegiéndonos a nosotros mismos, es el omnipresente mensaje de humanidad.

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