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Puerto Rico necesita un sistema de agua que funcione

Que más de una tercera parte de los abonados de la Autoridad de Acueductos y Alcantarillados (AAA) permanezca sin suministro de agua potable a casi una semana desde que el fenómeno Fiona empezó a manifestarse en Puerto Rico, es una experiencia desoladora que de ninguna manera debe repetirse. Las acciones de la corporación para prevenirlo tienen que acelerarse.

Sabemos que el huracán ha dejado alrededor de la isla circunstancias particulares que impiden el libre flujo de agua potable hasta muchos abonados: roturas imprevistas de tuberías ocasionadas por derrumbes, inundaciones de tomas y plantas de filtro, escombros que obstruyeron los canales de riego, entre otros. No obstante, una parte sustancial de las situaciones de emergencia apunta a la falta de generadores suficientes en la mayoría de las instalaciones que hacen posible que el agua llegue a los hogares. La caída energética ha incidido significativamente en la interrupción del sistema de acueductos.

Este desfase debe resolverse en lo inmediato y a largo plazo antes que asome otra emergencia por lluvias, de cara a la temporada invernal de diciembre a febrero cuando la isla recibe el impacto de los frentes de frío. Ninguna gestión crítica debería tomar cinco años para atenderse, si tomamos como referente la crisis desatada por los golpes ciclónicos de 2017.

De acuerdo con la AAA, 890,000 abonados -equivalentes al 67% de los clientes- habían recuperado el servicio para el mediodía del jueves. De estos, 400,000 tenían agua por generadores eléctricos. El 33% -352,000 clientes- seguían sin agua por falta de electricidad. Un total de 676 instalaciones de la AAA seguía sin funcionar por falta de energía. Alrededor de 40,000 tenían las tomas de agua tapadas o turbidez.

La primera respuesta es asegurar que a ninguna persona le falte agua para satisfacer sus necesidades básicas durante la emergencia. A mediano plazo, es preciso sumar diligencia a una corporación pública cuyo servicio es vital. La falta de agua hace a la población vulnerable a enfermedades graves.

Una vez pase esta emergencia, es necesario que la corporación explique por qué tantas instalaciones esenciales carecían de sistemas de generación de energía alternos a cinco años después del enorme desastre ocasionado por el huracán María y con la disponibilidad de fondos federales asignados.

Las experiencias con los ciclones Irma y María, y ahora con Fiona, han marcado el nuevo territorio sobre el que la AAA y el resto del país tendrán que moverse para prevenir que eventos naturales de gran intensidad se conviertan en catástrofes. Puerto Rico debería estar habituado, preparado y listo para superar rápidamente estas emergencias, conociéndose su posición geográfica en plena ruta de sistemas tropicales en el Caribe. Así lo ha hecho, por ejemplo, Japón, habituado a los tifones sin que cada vez que uno los golpea el país tenga que paralizarse por semanas.

Se esperan fondos adicionales tras el azote de Fiona, que vuelve a dejar a Puerto Rico sin energía eléctrica y sin suministro de agua potable por días, lo que también provoca pérdidas sustantivas en la actividad productiva.

Habrá que considerar reubicar plantas de agua y acueductos de la AAA que quedaron averiadas por las inundaciones y que se exponen al aumento del nivel del mar. La corporación tendrá que reformular cómo y dónde construyen las nuevas plantas de última tecnología, con sistemas propios de energía alterna y respaldo, y a niveles que eviten que queden destruidas en un evento de lluvia o el mar.

Científicos locales e internacionales han advertido que la crisis climática conllevará más periodos extremos de sequía y lluvias torrenciales. Es hora de que el gobierno de Puerto Rico trabaje en ese objetivo.

Es imprescindible dejar atrás la infraestructura del siglo pasado, modernizando el sistema de agua como se ha debido hacer a cinco años del desastre de los huracanes Irma y María.

Hay que moverse rápidamente hacia la ruta de la prevención y mitigación mediante la edificación de infraestructura sólida y moderna y, de la mano de la ciencia, aplicar las lecciones derivadas de los procesos naturales. La naturaleza nos enseña cómo integrarla, en vez de destruirla junto con nuestras posibilidades de evitar otras catástrofes que nos vuelvan a dejar sin agua.

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