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Toda precaución contra la pandemia salva vidas

Las nuevas restricciones en la actividad socioeconómica de hoy domingo se perfilan como una importante prueba en el esfuerzo por detener el alza de contagios, hospitalizaciones y muertes en Puerto Rico debido al COVID-19, mientras se evita agudizar los efectos económicos y psicológicos de un retroceso mayor de la economía.

El resultado del sacrificio dependerá del nivel de responsabilidad individual y colectiva mostrado en estas 24 horas en que se evaluará la conducta ciudadana. También es preciso que las autoridades salubristas eleven la eficiencia de su gestión.

Corresponde al gobierno cumplir con su parte, haciendo más eficientes los sistemas de rastreo y aislamiento, aspecto que hasta el momento ha quedado rezagado, sobre todo respecto al cernimiento y rastreo de viajeros que entran a la isla por el aeropuerto.

No menos importante es exigir a la gente cautela mayor en sus hogares, vecindarios, centros de trabajo y comercios, para que el COVID-19 no se salga de control.

Al presente, hay demasiados indicios de que nos dirigimos a un aumento importante de casos, por lo que las nuevas restricciones de este día deben llevarnos a asumir la prudencia como parte esencial de nuestras rutinas.

Desde el principio hemos sostenido que, dada nuestra frágil estructura de servicios de salud, no nos podemos permitir un golpe masivo con cientos o miles de enfermos.

No lo soportarían los hospitales, red sistémica que debe preparar adecuadamente instalaciones especiales. Tampoco el personal médico, que se enfrenta a tensiones y situaciones nuevas, ni el personal de enfermería, que sabemos es escaso y tampoco se las ha visto anteriormente con las exigencias propias del uso de habitaciones de presión negativa y respiradores.

El alza en la curva de contagios en Puerto Rico coincide con la reducción del tiempo de toque de queda y la reapertura de actividades que, por su naturaleza de consumo y socialización, provocan que las personas se aglutinen y se desprendan de las mascarillas.

Estaba contemplada la probabilidad de que hubiera un ligero repunte de casos cuando se empezara a abrir el país. Pero ya que el aumento no es menor y preocupa a la comunidad científica, urge volver sobre nuestros pasos e identificar dónde hemos fallado.

La actitud de ciertos jóvenes pudiera ser un factor. A nivel mundial se ha disparado el número de personas de menos de 40 años que se están contagiando. Como explicó el doctor Anthony Fauci, epidemiólogo en jefe de los Estados Unidos, muchos jóvenes tienen la errada percepción de que el virus no les hará ningún daño.

Por otro lado, quienes corren mayor riesgo de sufrir los fuertes embates de la enfermedad son los mayores que conviven o socializan con jóvenes que no usan mascarillas ni practican distanciamiento social.

Eso indica que los padres o responsables de adolescentes y jóvenes adultos deben ser enérgicos en exigir lo que sabemos que es un reto en pleno verano: que se mantengan a distancia cuando salen de la residencia o acuden a fiestas. Eviten contagiarse, por ellos y por sus seres queridos.

Se trata de un desafío en el que debe imponerse la madurez, pero además la vigilancia de los adultos que permiten que en sus hogares se celebren encuentros juveniles.

A Puerto Rico, que ya estaba en una situación social y económica difícil antes de la pandemia, le va la vida como pueblo en la batalla contra el virus. Es tarea de todos, de los ciudadanos y del gobierno, cumplir con su parte para que no desencadene en nuestra isla una gran ola de contagios que nos empuje a una tragedia social.