La escalada militar entre Irán, Israel y Estados Unidos nos ubica ante un trágico escenario en el que el fantasma de una guerra ampliada comienza a sembrar una nueva inestabilidad global. La comunidad internacional se ve obligada a poner en juego la mejor diplomacia, mientras Puerto Rico se prepara para posibles impactos económicos, incluyendo los de repercusiones energéticas.
Desgraciadamente, los conflictos bélicos suelen tener dos efectos previsibles: el profundo dolor humano que desatan y la imposibilidad de fijar una fecha para alcanzar el ansiado alto al fuego. Esta vez no ha sido la excepción. Los ataques que se han desarrollado desde el pasado 28 de febrero han intensificado las hostilidades y provocan numerosas pérdidas humanas.
La geopolítica adquiere aquí un protagonismo más que inquietante, pues el conflicto se desarrolla en torno al estrecho de Ormuz, uno de los puntos neurálgicos del sistema energético mundial. Esta franja marítima de apenas 39 kilómetros, en su área más angosta, conecta el Golfo Pérsico con el Golfo de Omán y el océano Índico. Por esa vía circula aproximadamente una quinta parte del petróleo que se consume diariamente en el planeta —entre 20 y 21 millones de barriles al día—, además de cerca de un tercio del comercio mundial de gas natural licuado, principalmente desde Qatar hacia Europa y Asia. Es, sin duda, el principal cuello de botella energético del mundo.
La tensión adquirió un nuevo nivel de gravedad esta semana tras registrarse explosiones en dos buques petroleros que transitaban por el estrecho de Ormuz, un incidente que vuelve a encender las alarmas sobre la seguridad de la principal arteria energética del planeta. Queda al desnudo la fragilidad de este corredor marítimo, donde cualquier acción de sabotaje o escalada militar puede desencadenar efectos devastadores en el mercado mundial del petróleo.
Y como ocurre con el estallido de una granada, las esquirlas políticas amenazan cada vez más a Washington. Si el conflicto se prolonga y el precio del petróleo se dispara, la guerra podría terminar golpeando la economía estadounidense y erosionando el respaldo interno a la Casa Blanca. En ese escenario, una operación militar que Donald Trump aseguró sería rápida y efectiva podría convertirse en un problema mayor cuando su administración se encamina hacia las elecciones de medio término de 2026.
A ello se suma un factor adicional de inestabilidad: la muerte del máximo líder iraní, el ayatolá Ali Khamenei, así como la de otros dirigentes clave del régimen en Teherán, lo que podría añadir una nueva cuota de incertidumbre sobre el destino de este conflicto. La ofensiva impulsada por los gobiernos de Estados Unidos e Israel parece perseguir un doble objetivo estratégico: debilitar al extremo a la élite gobernante iraní con la expectativa de provocar un levantamiento popular contra la agotada dictadura teocrática y, al mismo tiempo, forzar la capitulación de un régimen que durante décadas ha sido señalado por su agobiante castigo a los opositores, su temido programa nuclear y su permanente confrontación con Occidente.
No es la primera vez en años recientes que el mundo observa con inquietud un conflicto de consecuencias imprevisibles. Tras la invasión rusa de Ucrania, este periódico advirtió sobre los efectos devastadores de la guerra, no solo en términos humanos, sino también en su impacto en el comercio internacional, el suministro de energía y el precio de las materias primas.
Como economía altamente dependiente de las importaciones y particularmente sensible a los costos energéticos, Puerto Rico queda expuesto a cualquier alteración significativa en el mercado global del petróleo. Un escenario bélico, lo sabemos, termina siempre en aumentos del costo de la vida y, en nuestro caso, golpea donde más nos duele: el precio de la energía eléctrica.
La guerra, en cualquiera de sus expresiones, conlleva dramas económicos, sociales y humanitarios. Es deseable que se impongan el derecho internacional y la solidaridad.
Insistir en los caminos diplomáticos y en la protección de la vida es una obligación moral y política ante un mundo que no resiste otro conflicto bélico.

